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BASÍLIDES Un hispano de estirpe aragonesa

Sergio Pascual, Basílides, zaragozano de nacimiento, es un escritor cosmopolita: en realidad, un trotamundos que a veces se arraiga por largas temporadas en un lugar. De casta le viene al galgo, porque su padre, José, fue el que inició los vastos periplos familiares por Suramérica. Basílides tiene sólo dos años cuando llega a la Argentina y en ella vive su niñez hasta que su padre decide trasladarse al Perú, donde el hijo hará su secundaria y sus estudios universitarios. Uno es de donde hace el bachillerato, ha dicho alguien, y creo que tiene razón. Por eso, Sergio-Basílides, cuyos ancestros son todos aragoneses, es culturalmente hablando, un hispano, es decir, alguien que tiene algo de todos los países que llevan a España en el corazón, aunque –a veces- sea a regañadientes. Pero hay que añadir que ese hispanismo general no le impide sentir sus peculiares genes aragoneses, esos que han producido excelencias humanas como Marcial, Gracián, Goya y Buñuel. Todos ellos con la misma carga de autenticidad, lucidez, sarcasmo y rebeldía.

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El primer libro de Basílides se titula La visita[1] y agrupa en sus páginas un conjunto de poemas y relatos. En esta publicación se advierten ya las líneas maestras de lo que ha de ser el resto de su obra. Dios asoma su oreja metafísica en algunos textos y el poeta le manifiesta su inconformidad por haberle puesto en la tierra sin su autorización. Todas las religiones le parecen aceptables, pero la iglesia católica, en particular, recibe en varias ocasiones satíricos flechazos.

Le preocupa distinguir la profundidad de los seres debajo de la apariencia, y la farsa social se satiriza en un poema sobre una fiesta de disfraces, en la que el poeta lo único que ve con interés son los pechos de una divorciada vestida de Cleopatra a quien espera encontrar en alguna otra fiesta disfrazada de dama cretense, es decir, con los pechos que obsesionan al poeta, rebosándole del escote. El sexo aparece en esta poesía en forma descarnada y satírica, como cuando escribe sobre una Mesalina incansable, de cuya “vagina humeante” el poeta se hastía. También se encuentra el tema del despecho amoroso o del encuentro con algún antiguo amor con quien nada se tiene ya en común. El tono de humor ácido impregna muchos textos, como en el titulado “Masturbatis”, en que un confesor pregunta a un penitente cuántos niños había asesinado desde la última confesión y el penitente le responde que veinte porque veinte habían sido las veces que se había masturbado. Por cierto que el penitente se admira de que siempre se le perdonen los pecados con tanta facilidad. Recuerdo que asombrada por esto mismo, una joven budista china me dijo una vez en Taiwán que el catolicismo le parecía una religión muy cómoda.

El tema del exilio aparece en dos poemas dedicados a dos emigrantes, uno a Victoriano, gran amigo muerto en un accidente de automóvil, y otro a José, su padre, quien modeló “su ruta en postguerra del siglo XX y de la muerte hizo su danza y su amiga”. Este poema escrito a base de frases cortas, supresión de verbos y escuetos epítetos, logra un tono de dolor contenido y sobria solemnidad. En Estáticos amagos[2], su último poemario, vuelve Basílides al tema del padre, lamentando su muerte y recordando otra vez sus enseñanzas agnósticas. En este mismo poemario, incluye el poeta a su madre Victoria, una mujer de carácter que sostuvo el suelo de la familia cuando éste parecía derrumbarse, una mujer con la que pasea una tarde recordando al Ausente (el padre recientemente fallecido) como si de un momento a otro pudiera aparecer.

El hastío, el taedium vitae, empapa muchas veces los textos de Basílides, sobre todo, en siestas tropicales de sol calcinante donde la modorra produce cansancio de todo, de sí mismo e incluso de Dios. En esta línea hay que situar el notable poema “Tiempos confusos”, en que el poeta se dirige a las personas más allegadas – ausentes o presentes –recordándoles sus respectivas confusiones o carencias: a los padres, su exilio y su nostalgia; al hermano, la mediocridad cultural del país; a los hijos, su comprensible falta de interés y de entusiasmo por su entorno; a su compañera, la rutina diaria de una vida sin problemas pero sin alicientes; al amigo, la desazón compartida de anhelar un morir que no llega..

Tanto en los poemas como en los relatos de Basílides, nos encontramos en muchas ocasiones con que los hablantes de sus textos no son el yo del autor sino otros por él inventados, aunque, desde luego, bien pudiera ser que representasen tendencias inconscientes del mismo, ya que, según sabemos, en toda persona coexisten muchos yos. Como en algunos románticos, en Basílides se da no una exaltación del yo, sino su disociación y su disolución en la multiplicidad del mundo. Eso ocurre en “Créeme”[3] donde el que habla es un amante violento y sádico que después de cortar las cabezas a las muñecas de su amada y de “quemar sus mutilados cuerpos, ante el espanto de la mujer, le pide hacer el amor”. O cuando el poeta, transfigurado en psicoanalista, escucha y analiza cuanto le dice la dama de turno “con tal de abrir sus piernas”. Créeme es el poemario donde intensifican su presencia esos yos malevos, chulos, drogotas, psicodélicos, que a veces ponen el tocadiscos a todo volumen y con el alba se asoman desnudos al balcón exhibiendo su erecta virilidad
En los poemas de La visita, el aspecto gráfico de la página forma parte del significante, en la línea de lo que fuera el creacionismo y el ultraísmo. En cambio, en los textos de los poemarios que siguen, el procedimiento ha desaparecido casi por completo. Basílides suele usar mucho la anáfora como instrumento para lograr el ritmo del versículo. Uno de los poemas que pueden servir de ejemplo del mencionado procedimiento, es el titulado “A la espera”: Los primeros versos empiezan con la preposición ‘hacia’ (Hacia el viento… Hacia el sol…Hacia la tierra). Le siguen otras líneas que comienzan con la preposición ‘en’ (En mis hombros…En mi alma…). El período siguiente contiene tres anáforas con la expresión ‘sin más’ (Sin más religión…sin más amor…sin más sonrisa) y termina con la repetición del verbo ‘arrío’ (Arrío el tiempo. Arrío el viento.). Por otra parte, el poema está construido casi en su totalidad a base de frases nominales. En toda la composición, sólo encontramos 6 verbos. Este procedimiento lingüístico aparece con frecuencia en la poesía de Basílides. Otro poema que ejemplifica lo que hemos dicho es el titulado “Bolero” que comienza con tres anáforas (Amé a distancia…Amé de cuepo…Amé de alma…) y termina con una serie de cláusulas nominales (Copa de húmeda noche…Ronroneo de secretos…Madrugada de ebrio…)
En cuanto al tipo de poesía que hace Basílides, algunos de sus estudiosos la han tildado de surrealista. Esto es verdad si por surrealismo entendemos la presencia frecuente de la imagen irracionalista, pero no lo es si por poesía surrealista entendemos el automatismo de la expresión. Creo que Basílides es un poeta que no renuncia a la vigilancia de la conciencia y que en todos sus poemas hay una planificación de la estructura.

Aparte de su producción poética, Basílides incorpora a La visita unos cuantos textos narrativos. Sorprende al lector que el tono de los cuentos es fundamentalmente humorístico, lo cual sucede con menos frecuencia en los poemas. Los primeros relatos son “breves estampas de la vida de don Álvaro Velilla”, un personaje marginal de conducta casi siempre reprobable pero que él justifica con una buena dosis de cinismo. Las historias están narradas en primera persona por el propio don Álvaro, como hacían los antihéroes de la novela picaresca española. Basílides presenta al personaje en cuatro momentos de su vida: en la infancia, en la adolescencia, en el matrimonio y en el divorcio. El primer episodio trata de una trompeta que le presta un amigo suyo y que prueba por la noche en la alcoba paterna mientras sus progenitores se encuentran en plena acción conyugal. El padre pisotea furioso el instrumento y poco después el amigo lo recibe en estado calamitoso. Con este episodio, ya se le ve venir al futuro don Álvaro. La segunda historia es interesante desde el punto de vista estructural, pues comienza con un relato tremendista protagonizado por dos marginales llamados “Martillo” y “Motica”. La amistad de éstos se basa en su dedicación a la delincuencia, pues cultivan con alegría el robo y la violación. La mujer y la hija de “Motica” le habían abandonado y vivían con un tendero árabe. Un buen día los dos compadres se enteran de que el semita las había descuartizado y luego se había pegado un tiro. Cuando el lector se encuentra metido en esta historia truculenta, el narrador nos dice que acaba de leerlo en una fiesta de fin de curso a los alumnos y a sus padres, quienes, como es natural, esperaban una historia edificante. Lógicamente, los frailes lo expulsan del colegio. Pero, en vez de escarmentar con el castigo, el incorregible personaje decide enmarcar la nota de expulsión como advertencia frente a futuras incomprensiones eclesiásticas.

Tan imposible carácter, no presagiaba un buen marido y así lo corroboramos con la lectura de “El viaje”, un relato en que nos encontramos a don Álvaro metido en un matrimonio conflictivo y tan escaso de recursos que le lleva a comprar ropa de invierno usada a una mujer que recibe su mercancía de unos tipos que la obtienen desenterrando muertos bien vestidos recientemente sepultados.

El relato más interesante es, sin duda, el titulado “De la lechuza, las osas y el anillo”. El narrador – don Álvaro divorciado – nos presenta varias historias como si fueran reales, pero pronto nos desengaña diciéndonos que son sueños, de tal forma que el lector ya no sabe qué terreno pisa cuando se adentra en la lectura de otro episodio.

Entre los cuentos que no tratan de don Álvaro, el más logrado es La visita, que da título al libro. El discurso narrativo consiste en una confesión a la policía del protagonista, circunstancia de la que no se entera el lector hasta las últimas líneas. La atmósfera es morbosamente enrarecida y el tema dominante, la homosexualidad.

[1] Cf. Basílides, La visita, Épsilon Libros, Caracas, 1999.

[2] Cf. Basílides, Estáticos amagos, Ediciones Pavilo, Caracas, 2004.

[3] Cf. Ibid., Créeme, Ediciones Pavilo, Caracas, 2001, p. 43.

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