Salud y Bienestar

Capítulo XI – La Pareja Irresponsable

Una joven de 24 años de edad concurre a la consulta en estado de ansiedad. Se presenta bien maquillada y usa un vestido de lino, seguramente costoso. Luce vistosas joyas de fantasía.

Es abogada de profesión pero no ejerce. Se dedica a la venta de cosméticos, lo que le permite obtener buenos ingresos, bastante mejores que los de su marido. Se justifica diciendo que, para lograr sus ventas, tiene que vestirse bien.

Vacilante, a veces con lágrimas en los ojos, cuenta la historia de su amor desgraciado.

Su marido es un poco menor que ella. La boda tuvo que realizarse apresuradamente porque ella estaba en estado. Es hoy madre de un niño de dos años de edad.

Pero las cosas marcharon mal desde que se casaron. Su marido, que antes era sexualmente fogoso, se ha vuelto apático. Cuando se reúnen en la casa, después de la jornada de trabajo, se tiende en la cama y se pone a leer una revista deportiva o a mirar televisión. Conversan muy poco. No tienen tema de diálogo. Mientras tanto ella se ocupa de los oficios del hogar. El no la ayuda en nada. Físicamente, ella hace esfuerzos para mantenerse en línea, pero él, en los pocos años de matrimonio, ha aumentado veinte kilos.

No salen a ninguna parte. No van al cine. No tienen amigos. Los fines de semana visitan a los padres, tanto los de él como los de ella.

Ella es hija de un matrimonio desgraciado. El padre es de carácter severo, y nunca dió cariño a sus hijos, aunque les costeó su carrera y todos son profesionales.

Siempre le fué infiel a su mujer, y tiene un hijo fuera del matrimonio.

La familia de él es sumamente modesta; el padre es obrero y bebe demasiado alcohol. La madre hacía limpiezas.

En un chispazo de intuición el médico comprende que el relato está destinado a que la paciente se justifique a sí misma. Obedece a la fórmula

“La culpa la tienen los demás.”

Repentinamente la paciente le dice al médico que tiene miedo. Y la muestra, en su cuello dos cardenales, huellas de besos profundos. Recién entonces el médico advierte que tiene un pañuelo anudado al cuello, que no hace juego con el resto de su ropa.

Confiesa que esa misma tarde pasó varias horas con su amante que, para peor, es su primo segundo. No está enamorada de él, pero pasan juntos muy buenos momentos.

En realidad su vida sexual es demasiado diversa. Comenzó apenas llegada a la pubertad. Y la prosiguió durante su matrimonio, poco tiempo después de tener su hijo.

A su solicitud expresa, recibe una medicación sedante. Se le recomienda, y se la orienta, para que consulte una cosmetóloga para disimular las huellas en su cuello. Se va mejor y más aliviada.

Viene a una segunda consulta. Solicita que se le haga una terapia de pareja porque, a pesar de que no es feliz en su matrimonio, dado que tienen un hijo, quisiera continuarlo. No deja de reconocer que a pesar de su indiferencia, su negligencia y su descuido físico, su esposo no tiene mayores defectos positivos y aporta todo el dinero que gana a la casa.

Se conviene en una nueva entrevista, pero la paciente no concurre. No se tienen más noticias de ella.

El análisis de este caso sugiere el título de “Pareja Irresponsable”. La paciente se entregó a una sexualidad que podría denominarse promiscua desde su pubertad, sin tomar cuidados para evitar su embarazo. Seguramente gastaba demasiado dinero en su atuendo personal. La consulta no fué motivada por un deseo de resolver su situación conyugal, o de conocerse mejor a sí misma, sino para aliviarse del temor de que se descubriera su infidelidad.

Una conducta de esta naturaleza podría ser comprensible en una chica de hasta 18 años de edad, sin instrucción, nacida en la marginalidad, pero no en una profesional universitaria nacida en una familia estable, aunque problematizada.

La descripción que da de su familia, y la de su esposo contiene la clara intención de hacerlos responsables de todas sus desgracias.

Y aunque los médicos no son jueces ni sacerdotes, este caso tiene que ser ubicado dentro de la esfera moral. Se aprecia una falta de responsabilidad frente a su misma, su matrimonio y su pequeño hijo. Una existencia resuelta en función de soluciones apresuradas y emergencias. Inversión desmesurada de dinero en su atuendo personal.

Una paciente, de conducta similar, confiándose al médico, le comentó;

– ¿ Sabe Ud. como me llaman en mi pueblo ?

– ¿…?

– Pura pinta.

Conductas y personalidades de esa naturaleza, se ven con más frecuencia en el sexo masculino. Hombres que necesitan casarse apresuradamente y, enseguida después de su matrimonio, continúan con su vida de solteros. El dinero que ganan prefieren invertirlo en ropa, teléfono celular, autos deportivos, signos de status y sobre todo salidas con sus conquistas. El alcohol, en grados diversos es un integrante constante de este estilo de vida.

Mientras tanto la esposa, desilusionada, se abandona y se consagra con exclusividad a su hijo. Pronto vuelve a vivir a casa de su madre.

Los protagonistas de estos casos no concurren al médico solicitando consejo para la relación de pareja. En el que se ha presentado la determinante de una crisis de angustia situacional, debido al riesgo de que se descubriera el adulterio sin implicar la búsqueda de una solución definitiva para la pareja. Es entre ellos que se ve el elevadísimo número de divorcios entre los matrimonios prematuros por debajo o poco por encima de la veintena.

Psicológicamente lo que se destaca es la inmadurez de las personalidades. Sociológicamente, la frivolidad y el consumismo. El correr detrás de las aventuras y las emociones, las fiestas y los constantes cambios de pareja.

En todas las clase sociales, se presenta el espectáculo permanente de la madre soltera, divorciada o separada, criando a su pequeño hijo, es la consecuencia de esta sexualidad imprevisora e inmadura.

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