Salud y Bienestar

Capítulo XV – La Pareja Marginal

Un modesto obrero, de 24 años de edad, viene a la consulta referido por su patrón, ingeniero de profesión, propietario de una fábrica.

Ha nacido en el llano y ha sido criado por la familia de su empleador, donde fué considerado un hermano de crianza. Vive en uno de los cerros que rodean a la ciudad, de dirección casi inubicable.

El ingeniero se comunica con el médico por teléfono y le solicita que haga todo lo que esté en sus manos, sin reparar en gastos.

Toda la familia del paciente ha sido alcohólica. El abuelo, el padre y la mayoría de los hermanos.

Puede considerarse afectado por la misma enfermedad alcohólica. Desde que comienza con el primer palo, continúa sin detenerse, hasta que se le acaba el dinero, o es herido en alguna riña o cuando, en el mejor de los casos, uno de sus amigos lo deja dormido en el sucio camastro de su casa.

Su sueldo, que es muy modesto, apenas por encima del mínimo se despilfarra cada quince y último en los botiquines y en las tascas.

Vive en concubinato desde hace cuatro años con una mujer de cuarenta y dos de edad, obrera de la limpieza. Ella tiene de varios hijos de parejas anteriores. De esta última unión han nacido dos niños, que cuentan uno y dos años de edad.

El programa de tratamiento plantea varios recursos.

Primero, la parte somática, que es de rutina, aunque es de suponer que a los 24 años no haya todavía afectación orgánica.

La concurrencia a Alcohólicos Anónimos es imprescindible. El médico solicitará a un antiguo paciente suyo, ya recuperado, que lo acompañe.

Finalmente, se cita a la concubina para obtener su imprescindible apoyo en el tratamiento. Como se ha programado suministrarle Antabus, ella debe controlar su ingestión, que requiere ciertos cuidados.

Todo este proyecto asistencial se viene abruptamente al suelo. El paciente no concurre al laboratorio a practicarse sus exámenes, alegando que no dispone de dinero para el transporte, aun que su patrón se haya hecho responsable de los costos.

La mujer tampoco concurrió a la cita. El paciente la acusa de ser una callejera e informa que la relación se ha roto. Vuelve a su casa cuando se le ocurre, sin relación con su trabajo, y sin dar cuentas a nadie. Descuida a sus hijos.

Jamás se sabrá la verdad.

¿ Es la presumible infidelidad ?
¿ O es que se cansó de él y lo arrojó a la calle por borracho ?

Y a la próxima cita, tampoco él concurre y no da más señales de vida. Así termina el programa asistencial, en un absoluto vacío.

En realidad resulta excepcional que un patrón se preste a solventar la asistencia de un obrero.

Toda esta historia es un mosaico de desastres, comenzando por la tradición alcohólica de la familia del obrero. Luego, el concubinato, lamentablemente fecundo, con una mujer que ha tenido varios hijos de parejas anteriores. La vivienda miserable. Los sueldos pobrísimos. Una pareja de edades incompatibles y finalmente una ruptura radical, sin consideración por el cuidado de los niños, y sin posibilidades de recuperación.

Las perspectivas son lamentables. La mujer se juntará con otro hombre y, en la medida que su fecundidad se lo permita seguirá trayendo hijos al mundo. El enfermo seguirá bebiendo alcohol, y tendrá empleo mientras el patrón lo tolere, hasta que se canse de él.

La relación de pareja es uno solo de los elementos de toda esta vida caótica. Meramente se halla explicada por la necesidad sexual en una mujer que ha tenido varios compañeros y que se ha unido a un hombre que tendrá aproximadamente la edad de uno de sus hijos mayores. La relación durará mientras dure el deseo sexual, el acuerdo económico y la nunca previsible afinidad personal.

Estas clases marginales comprenden la mayoría de la sociedad venezolana. Y los hijos que engendren, en número mucho mayor al de las otras clases, será el origen de la población futura del país.

Esta gente no utiliza jamás los recursos de que pudiera disponer la sociedad en cuyo seno viven. No consultan médicos ni psicólogos. La salud es precaria, la mortalidad frecuente y viven en estado de permanente hambre y miseria.

La familia estable apenas existe. Los acoplamientos son pasajeros, y duran meses o pocos años. En muchos, demasiados casos, el embarazo de la mujer resulta de un encuentro pasajero, sin que medie un conocimiento personal.

La vida sexual se reduce a un orgasmo rápido. Apenas existe un cortejo, un deseo cultivado, una erección completa, el juego previo y el cariño y el sueño reparador de los amantes abrazados. La frigidez y la eyaculación prematura son los tristes acompañantes de este acto sexual frustrado.

Nada hay de rescatable en estas relaciones. Están determinados por una cultura de desecho, a lo más pobre de lo que existe en la sociedad.

Son el depósito, el lugar de decantamiento de todos los problemas sexuales, económicos, sexuales, interpersonales y sociales contenidos en nuestra sociedad. Esta forma de relación de pareja es el gran vivero donde brotan la delincuencia, la prostitución, el alcoholismo, la drogadicción y las lamentables formas de vida de demasiados seres humanos.

La mayoría de los venezolanos nace, vive y muere de acuerdo a estas pautas de familia.

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