Salud y Bienestar

Libro ‘Mi Marido Bebe Demasiado’ Capítulo XX II

Las relaciones humanas del alcohólico

Se ven, a menudo, al aire libre por las calles y plazas, sujetos claramente identificables. Son personas de edad madura, por encima de los 25 años. Desgreñados, mal peinados. Vestidos de harapos. Aspecto aparentemente comunicativo, pero más bien resultan pegajosos, empalagosos. Merodean siempre alrededor de los lugares donde se expenden bebidas alcohólicas, en el evidente intento de que alguien que les regale un trago.

Hay algo de enfermizo en su aspecto físico. Aparecen como blanduzcos, temblorosos, y su andar aparece como inseguro. En general se encuentran solos, o acompañados de alguien de su misma calaña. Y gritan, se rien, buscan compañía con recursos sociales muy primitivos. El saludo, la solicitud de un trago, o una excusa falsa para entablar conversación.

En realidad carecen de capacidad para de establecer relaciones humanas. Han llegado al uno de los últimos eslabones de lo que los AA llaman «la carrera alcohólica» Los siguientes son el hospital, si los hay, y la cràpula alcoholica. Crápula es precisamente una palabra de origen griego que describe la última etapa de la degradación alcohólica. Quienes hayan leído el diálogo “El Banquete” de Platón, posiblemente se haya asombrado con que lucidez discuten los comensales sobre la manera de beber v ino para no entorpeces la conversación. La siguiente, definitiva, es el cementerio, demasiado precoz. En todas estas últimas etapas el enfermo carece de antenticas relaciones humanas. Y si como decía aquel pensador «el hombre es un animal social, y el que no lo es es un ángel o una bestia», quien a causa del alcohol deja de ser un animal social pasa al estado de bestia.

Un ser humano normal tiene relaciones sociales también normales. Su familia, sus compañeros de trabajo, su núcleo de amigos, de colegas, de club, de política y de cualquier actividad vocacional que elija. En todos esos campos se puede ingerir alcohol, hasta cierta medida. Una cantidad mínima ayuda a la sociabilidad. Es lo que se brinda en las fiestas, en las celebraciones y en todas las ocasiones de esparcimiento.

Avancemos un paso en el camino de esta enfermedad. Es posible que uno de sus grupos de pertenencia sea el del grupo del bar, o del club, cuyo objetivo principal es el de sociabilizar y también el del beber. A medida que la persona se va haciendo vez más adicto y dependiente, ese núcleo cobra cada vez más importancia en su vida a expensas de todo lo demás. Para disponer de más tiempo para la bebida y los compañeros de la tasca, la persona va disminuyendo, cada vez más, todas sus demás actividades.

Primero, llega tarde a su casa y le dedica menos tiempo a su mujer y a sus hijos.

En la oficina, el ratón matinal le hace rendir menos y después de una francachela, puede también faltar alguna mañana.

En el club, su fama de bebedor se va extendiendo y es finalmente abandonado por los que son sólo bebedores sociales. Todas sus demás actividades, van disminuyendo, desplazadas por la ingestión desmesurada de alcohol.

Las relaciones humanas van siendo sustituidas gradualmente por aquella centrada alrededor de la botella y la alegría estridente y vacía que produce el alcohol.

Hasta que se divorcia, pierde el empleo, se refugia primero en casa de su madre, y termina luego echando a andar por las calles.

En algún momento de este trayecto puede aparecer entre sus relaciones una figura profesional, la del médico.

A veces concurre por su propia iniciativa. rara vez por tomar conciencia de su problema, casi siempre empujado por las circunstancias.

Quizá algún buen amigo, que ha padecido de la misma dolorosa experiencia, lo invite a visitar a un especialista. Con la mayor frecuencia, es llevado por un desastre conyugal y consulta a fin de recuperar a su esposa y a su hogar. Otras veces, una enfermedad física de origen alcohólico, una polineuritis, una enfermedad al corazón o una cirrosis hepática determinan la referencia del médico general.

Esa relación humana tan especial con el psiquiatra aparece al principio como muy positiva. El enfermo pone en manos del médico la recuperación del tesoro de su salud, o el santuario de su hogar, o el enmendar ese destino suyo, que progresa inexorablemente hacia el deterioro final.

Por eso aparece en la consulta con ansiedad, habla sin cesar, transpira, se excita, argumenta, presenta sus alegatos. Da la sensación de que más que un enfermo que describe sus síntomas es un abogado litigante que defiende un caso difícil.

Pero como la asistencia del enfermo alcohólico es larga, no es barata y, sobre todo, no se somete al secreta ansia del paciente de volver a tomar normalmente, su relación con el médico se va deteriorando. El profesional no dispone de la varita mágica que torne a ese organismo lesionado en uno renovado que pueda beber impunemente grandes cantidades de licor, sino que brinda un servicio largo, que exige disciplina y sacrificio.

No pasa por la cabeza del enfermo, que el costo de la asistencia es en realidad una inversión en salud, vida y felicidad. El está dominado por otra necesidad.

Y es así que la relación humana médico-paciente comienza a trastornarse. Se falta a la cita, se le encuentran defectos al profesional, se alega falta de dinero, y la relación terapéutica que pudiera haber salvado su salud se daña inexorablemente.

Por eso la asistencia médica de la enfermedad alcohólica, esa última esperanza de una relación humana eficiente, suele ser tan difícil. La última estación previa a la crápula, el hospital y el cementerio. No habrá, al final, para el enfermo alcohólico más relación que con la botella y el licor que contiene.

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