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Blue Jasmine : Un tranvía llamado Woody Allen

A partir de ahí, comienza una construcción en flashbacks que van dando cuenta de la historia inmediata común y divergente de las hermanas y la forma en que ambas encaran las pérdidas. Pero la historia está centrada en Jasmine (ni siquiera es este su nombre real), una émula de Blanche Dubois, aquel personaje de Tennessee Williams que navegaba por la vida derrota va y derrota viene. En este caso ese periplo sirve para presentar, en el mejor estilo del director, una galería de personajes inefables. Porque en torno a las ensoñaciones de Jasmine, está una hermana divorciada que se niega a dejar de enamorarse, un dentista depredador, un novio grosero y orgulloso de serlo, un ejecutivo corrupto y algunos más.

Lo que salta a la vista es la veteranía del director, que imprime a la película una virtud que solo los maestros dominan: la fluidez. La anécdota se cuela sin que un solo plano sobre, y mejor, sin que escena alguna deje de contarnos algo sobre los personajes, su mundo interior, sus miedos y sus sueños. Porque de eso habla, en última instancia la película. Lo que ocurre es una referencia no de lo que los personajes son, sino de lo que quisieran ser si el mundo no los hubiera dibujado de esa manera. Por eso más que de la mentira ­—todos mienten desde el primero hasta el último, con la salvedad de que ante todo se mienten a sí mismos— la película habla de las ilusiones. Ilusa es Jasmine, que en la primera escena, le cuenta su vida, o lo que ella cree que fue su vida de casada hasta entonces, a una desconocida, pero no menos ilusa es su hermana que cree encontrar un amor verdadero en un romance casual (y carnal). Pero también se ilusiona el político que cree encontrar la pareja que su futuro mediático requiere, o el mago de las finanzas que cree que nunca lo atraparán. Esas ilusiones le dan al personaje principal, su también principal rasgo en común con la Blanche de Tennessee Williams. Jasmine pasea durante toda la película su fragilidad, como contracara de la vida ingenua de la que usó y abusó, aunque al final descubriremos que esta ingenuidad era también una máscara.

Blue Jasmine es una nueva muestra de la inconmesurable capacidad creativa de Allen que, como todo maestro, es capaz de volver sobre sus pasos. Los personajes de ahora son en el fondo, seres bastante comunes, capaces de generar un halo monstruoso en torno suyo, no porque sean malas personas, sino simplemente porque quieren eliminar elementos perversos de sus vidas, o simplemente mejorarlos. Así como el buen hombre Judah Rosenthal de Crímenes y pecados en 1989, mandaba asesinar a su amante por bocafloja, o Diane Keaton y Michael Murphy destruían la vida de novios y amantes en Manhattan en 1979, los personajes de ahora se pierden en un mar de infelicidades en su búsqueda loca de (precisamente) la felicidad.

Y la fragilidad, el patetismo que transmiten deriva de esa característica primordial a la que nos referíamos: la fluidez de la narración. Todo fluye, fácil, al principio imperceptible, luego inexorablemente hacia un descalabro mayor que el espectador percibe desde el primer plano, pero lo hace con tanta elegancia que el ejercicio se torna sobrecogedor.

Porque no parece haber salida para Jasmine, que alcanza a arañar la felicidad para terminar peor de lo que comenzó, y tal vez ese sea el caso más terrible, pero intuimos que a sus acompañantes en la aventura vital, no les ha ido mejor. Los años han puesto más pesimista a Allen, que filma y firma aquí uno de sus títulos más logrados en mucho tiempo, porque este admirador de Bergman, los universos sin Dios y el sinsentido de la aventura humana, apenas ofrece el resquicio de la ensoñación como alivio leve al peso de la culpa. El resto es peso, más peso y silencio. Una obra maestra.

Fuente: talcualdigital.com

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