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Bob Hope, Leyenda centenaria del espectáculo

A escasas semanas de la desaparición de otros dos íconos de Hollywood (Gregory Peck y Katharine Hepburn) y a dos meses de cumplir cien años de edad, murió de neumonía el comediante Bob Hope, muy popular durante las décadas de los 40 al 60 y apodado ‘el Rey de la Comedia’ en EE.UU.

(%=Image(6815717,»L»)%) Aunque no fue un humorista de la talla de Chaplin, Sellers, Brooks, Allen o Williams –estaba más en la categoría de los hermanos Marx y el dúo Abbott-Costello – sus filmes fueron muy taquilleros por su humor fácil y sus situaciones llenas de equívocos, que buscaban entretener por hora y media, sin mayores pretensiones. Quizás su humor fuera poco asequible al público latino, pero en su país Hope fue toda una autoridad de la comedia ligera.

Patriota a todo dar

A pesar de que nació en Londres y su familia emigró a EE.UU. en 1907, se consideraba muy “americano”, hasta tal punto que se ofreció a animar en Navidad a las tropas durante todas las guerras de su nación adoptiva, desde la II Guerra Mundial hasta la del Golfo (tenía 87 años en esta última), pasando por el bloqueo de Berlín, Corea, Vietnam y Kosovo. Pero el actor no fue siempre un “halcón”, pues en sus últimas presentaciones abogaba por la paz. “He visto demasiadas guerras, y no me gustan en nada”, comentaba en sus recientes llamados pacifistas.

Su presencia en los shows que se escenificaban en los cuarteles de los escenarios bélicos eran todo un acontecimiento para las tropas, levantando la moral -como pocos sabían hacerlo- con su simpatía y un aluvión de bailes y chistes cortos de su amplio repertorio, preparado cuidadosamente por un tropel de escritores. Un curioso incidente durante la guerra de Vietnam, fue su torpe intento de hacer liberar a los prisioneros de guerra norteamericanos en el Norte, cuando solicitó en 1971 una visa a Hanoi para ir a ofrecer de su bolsillo a Ho Chi-Minh diez millones de dólares para ablandarlo, algo que fue rechazado por los orgullosos norvietnamitas.

Aunque fue amigo de todos los presidentes -especialmente de su colega y contemporáneo Ronald Reagan- le encantaba criticarlos sutilmente en sus chistes.

Un ejemplo de mediados de los 70: “El otro día tropecé en el pasillo con Gerald Ford y le pedí perdón. Me contestó que él ya no hacía esas cosas”, refiriéndose al criticado perdón presidencial que hizo el sucesor de Nixon al encubridor del escándalo Watergate. El presidente George W. Bush, admirador y amigo de Hope, estableció hace poco el “Premio de patriotismo Bob Hope” que se confiere a los que proveen grandes servicios al país, mientras en la biblioteca del Congreso la sala de los libros humorísticos fue bautizada como “sala Bob Hope”. Y, siendo un militar asimilado, –aunque nunca fue al servicio activo- en el día de su sepelio las banderas estuvieron a media asta en toda instalación norteamericana alrededor del mundo.

El gran chistoso

(%=Image(6265439,»R»)%) En el campo de la comedia, se consideraba a Hope como un gran “cuentista de chistes”, por la forma única como los relataba, un estilo que sentó cátedra y aún hoy día es imitado tanto en el cine como en las numerosas series cómicas de la televisión. Esta cualidad lo convirtió en un solicitado M.C. –o Maestro de Ceremonias- y sirvió para que fuera contratado desde 1953 una veintena de veces para animar la entrega de los Premios Oscar. A Hope le gustaba bromear sobre su fracaso en ganar un Oscar como actor, diciendo en el escenario que le gustaba venir a la ceremonia “para su ejercicio anual de masoquismo”, o “ para ver si al final sobraba para él alguna estatuilla dorada”.

Por su presencia activa en el área mediática –radio, cine, teatro, escenario y tv- su figura fue durante medio siglo más reconocible que la del mismo presidente de turno, según algunas encuestas. Hope era también muy apreciado en toda clase de eventos –sus shows navideños eran los de mayor rating del año- y en comerciales para la televisión, ganando aún más en estas actividades que en su figuración en películas, donde sólo se le pagaba un salario moderado en sus tiempos. En efecto, acumuló millones como publicista y M.C. de especiales televisivos, ingresos que supo invertir inteligentemente en propiedades, negocios petroleros y –particularmente- eventos deportivos, donde era dueño de caballos de carrera, equipos de beisbol y de torneos de golf, sus deportes preferidos. Así, gradualmente reunió una fortuna cercana al millardo de dólares, comparándose hoy día sólo con la de Steven Spielberg.

La pasión por la comedia

Su afición por el espectáculo se manifestó en su temprana juventud, cuando admiraba a los grandes cómicos del cine mudo como Chaplin y Harold Lloyd, a quienes imitaba en funciones teatrales de su colegio. Ya adulto, primero entró en el vodevil como cómico, bailarín y cantante y luego como cuentista de chistes en clubes nocturnos (hoy día sería un fuerte competidor de Seinfeld) antes de participar en comedias teatrales, primero de provincia y luego en Broadway.

La transición al celuloide era de esperarse y desde 1938 participó en varias películas de la Paramount, en papeles pequeños, pero su habilidad de comediante lo llevó pronto a asociarse con Bing Crosby –entonces el actor y cantante más querido del país- en una popular serie de ocho comedias, conocidas como “the road movies”, o sea ‘cintas itinerantes’, ya que se referían a la incursión de una pareja de tramposos en alguna parte del globo (títulos: Camino a Bali, a Marruecos, a Zanzibar, a Singapur, a Rio, al Líbano, a Hong Kong y a Utopia) aunque fueran filmadas en los estudios californianos. En la serie, los dos cómicos eran rivales amistosos que competían por la riqueza fácil o el amor de Dorothy Lamour -una popular actriz de la época- estableciendo un famoso trío de comediantes que duró hasta los años 60.

Otras películas de su currículum fílmico de unas 70 comedias no fueron tan elogiadas, destacándose apenas un puñado (aparte de la serie “Camino a…”)- como El carapálida, El hijo del carapálida, La gran noche de Casanova, Mi rubia favorita, Tomaré Suecia y No con mi esposa. Las demás no tuvieron buenos comentarios de la crítica pero al menos nunca le hicieron perder dinero a los estudios. Quizás sus mejores interpretaciones “serias” fueron como el frívolo alcalde de Nueva York, Jimmy Walker, en el filme Beau James, y como el cómico Eddie Foy en Los siete pequeños Foys, ambos personajes célebres en su tierra, pero a quienes Hope les confirió una dimensión humana.

Acumulando honores y dando el ejemplo

Su exitosa carrera en el mundo del espectáculo fue reconocida con tantos premios y honores –ostenta el record Guinness- que necesitó añadir una “sala honorífica” a su mansión de Hollywood. Sin haber ganado nunca un Oscar por sus actuaciones, se le confirió sin embargo nada menos que cinco Oscares honoríficos por su contribución al arte cinematográfico y sus campañas humanitarias. Pero el mayor honor que pudo haber recibido fue el bautizo de una plaza de Hollywood con su nombre, en la esquina del Boulevard con la Avenida Vine, virtualmente el centro urbano de la meca del cine.

En el plano familiar, Hope fue un padre ejemplar y aunque no tuvo hijos propios adoptó a cuatro huérfanos, rompiendo este año el record de lealtad matrimonial en Hollywood, al permanecer casado con su esposa Dolores durante 69 años, superando con creces incluso a su colega Gregory Peck, quien muriera pocos meses antes de cumplir sus bodas de oro. Y aunque tuvo a sensuales actrices de co-estrella -entre ellas Jane Russell, Ann Margret y Anita Ekberg- no se le conocen aventuras sentimentales fuera del matrimonio…o fue muy discreto acerca de ellas, considerando la dificultad que significa para una celebridad dejarse ver en público con una amante. Al celebrar a fines de mayo un siglo de vida, Hope recibió tantas felicitaciones de todas partes del mundo –incluso de la Reina Isabel I y del papa Juan Pablo II- que se le inundó el disco duro de su PC y tuvo que contratar a dos secretarias para contestar las cartas de simpatía. Ya se temía que sería su último cumpleaños.

Incluso en sus meses finales conservó su buen humor, comentando acerca de sus hemorragias oculares con la frase; “Soy una hemorragia andante”. Y luego, al empeorar su condición y acercarse el final: “No crean que me voy a jubilar. Estoy preparando chistes para animar el cielo… debe ser aburrido allá arriba”. Tal como él mismo lo reconociera en su último aniversario, su sentido del humor luce como el secreto de su longevidad.

No tanto por sus comedias –todas apenas pasables- sino por su ser un incansable profesional y un respetable icono de Hollywood, seguramente se le echará de menos, al menos en el mundo anglosajón. En el mundo latino, sin embargo, no fue tan apreciado artísticamente, y estaba muy por debajo del nivel de admiración de un Chaplin, criticándosele mucho su ausencia de ideología política y su incondicional apoyo a todas las guerras en que se involucró su patria adoptiva durante el siglo XX.

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