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Carlos Germán Rojas Fotografiar la amistad

(%=Image(1636350,»C»)%)En el que se supone fue el primer retrato que Carlos Germán Rojas tomó en la saga fotográfica que más tarde, cuando fue expuesta por primera vez, conoceríamos a secas como La Ceibita, quedó registrado algo parecido a las bases de un programa ético y estético que el fotógrafo, lo sabemos ahora, cumpliría con fidelidad absoluta durante los ocho años que se dedicó a tomar fotografías de las gentes y los espacios del barrio donde por entonces habitaba.

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En esta primera fotografía, realizada en 1976, aparece de cuerpo entero Crisanto quien, según cuenta el propio Carlos Germán, era uno de los personajes más alegres y queridos de aquel barrio ubicado en las inmediaciones de El Valle, en la zona sur de Caracas. De cuerpo entero es un decir, porque a Crisanto, la persona retratada, para entonces ya le habían amputado sus dos piernas con el objeto de impedir que un cáncer maligno continuara su avance y, por lo tanto, lo que vemos en el retrato es la mitad del cuerpo de un hombre, montado sobre una pequeña plataforma móvil, una patineta artesanal, de esas que suelen usar en nuestras ciudades quienes no tienen recursos suficientes para comprar una silla de ruedas.

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Pero no es la condición del mutilado lo que hace a esta fotografía memorable. Lo importante en ella es, paradójicamente, que el personaje fotografiado lo menos que inspira es lástima o piedad. Todo lo contrario. Crisanto, que aparece vestido de domingo, pulcro e impecable –incluso podría decir que elegantemente colocado sobre su plataforma–, exhibe un rostro de satisfacción y plenitud, de equilibrio y bienestar, acompañado de una serena picardía, que nos hace olvidar de inmediato, o mejor, soslayar visual y afectivamente, su condición de minusvalía.

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Quien mira a la cámara parece estar a la vez cómodo y feliz. Cómodo sobre un medio de transporte que obviamente domina a plenitud, y feliz de ser fotografiado por alguien a quien quiere, en quien confía y para quien posa sin pose alguna.

El mismo personaje, la misma escena, en el mismo barrio, obviamente pudo haber sido fotografiado de otra manera. Destacando exactamente algo diferente. Por ejemplo, un hombre sin piernas envuelto en su fatalidad. Una víctima de la pobreza y de la exclusión del capitalismo. Una prueba del sufrimiento al que están expuestos los habitantes de los barrios pobres de la ciudad. Un documento de denuncia social.

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Carlos Germán en cambio estaba fotografiando a un amigo, a un pana, alguien a quien conocía y apreciaba, una figura que algunas veces, los fines de semana, veía a lo lejos flotando en el aire mientras ascendía sobre la escalera del barrio como una marioneta gigante, con una sonrisa generosamente ebria dibujada en su cara, simplemente porque alguno de sus amigotes lo traía montado en los hombros, o sobre su cabeza, seguido por una cofradía de “prendidos”, luego de una tarde de farra en alguno de los bares vecinos. Era a ese hombre feliz a quien Carlos Germán quería retratar. No a otro.

II
Por eso digo, y no lo hago como un desplante, que en esa fotografía, la primera, queda ya registrado un programa que el autor cumpliría con rigurosidad. No hay una sola fotografía del conjunto de La Ceibita que no exhiba el absoluto desparpajo, la plena naturalidad, la agradecida confianza o, repito, la felicidad plena, con la que los fotografiados se exponen al ojo del fotógrafo. Algo que sólo se puede lograr en la fotografía íntima o familiar.

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Sólo que como el fotógrafo es un artista que intenta confundirse con su objeto, las fotos no tienen esa carga de pose, de abracémonos-porque-nos-vamos-a-retratar, que caracteriza a manera de un código universal a la fotografía de amigos, turística o familiar. En el programa de La Ceibita, la mayoría de la gente está en lo que está: jugando dominó, sentada en las esquinas donde el tiempo transcurre como en la sociabilidad de un club, jugando basketball, de visita en la casa de un amigo, o simplemente matando el tiempo en la nada, como se hace generalmente en el espacio irreductible de la amistad.

Pero, como siempre sucede en el oficio fotográfico, quien en última instancia lo decide todo es el ojo que mira, el encuadre elegido, la escena seleccionada como digna de ser fotografiada, el momento justo de activar el obturador. Y, en esta serie, quien fotografía ha elegido abiertamente una sola opción: fotografiar a quienes se conoce y se quiere, y hacerlo desde el punto de vista de su felicidad, sus afectos, sus querencias, su belleza, la que el fotógrafo-amigo cree que tienen.

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III
Cuando vi por primera vez, hace ya 20 años, las fotografías de La Ceibita entré en un estado de entusiasmo en torno a un trabajo fotográfico que no se parecía en nada a lo que se cultivaba por entonces. No había en estas fotos intención pedagógica, ni de denuncia social. No se quería reivindicar, dignificar, edulcorar o mitificar a nadie. Ni generar conciencia social mostrando la vida en los barrios de la ciudad, ni jugar a “lo pobre es hermoso” o “en el barrio la vida es más generosa”, con lo cual algunos populismos de izquierda intentan responder a las discriminaciones y arrogancias con las que ciertas capas medias y altas de la ciudad miran a los habitantes de sus barrios.

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El barrio de Carlos Germán Rojas va a contracorriente con el imaginario del miedo, la amenaza, la promiscuidad, los harapos y la carencia al que habían quedado asociados estos pequeños micromundos urbanos que fueron haciendo por su cuenta y riesgo la ciudad, una vez que el sueño petrolero se hizo promesa tangible en Caracas y esperanza única para millares de habitantes del empobrecido campo venezolano de los años 40 y 50.

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En el barrio de Carlos Germán la gente es, sencillamente, gente, y el barrio, un espacio de la convivencia humana como cualquier otro. Los retratados comen, celebran, beben, bailan, se aman, se besan, juegan, conversan, se quieren, crían a sus hijos y sus madres los amamantan amorosamente como en cualquier otro lugar de la ciudad. Lo novedoso era verlo retratado. O mejor, que los Otros, los que no pertenecían ni se habían aproximado a estas comunidades, lo vieran y de ese modo tuvieran el privilegio de acercarse sin prejuicios ni miedos, guiados por una mirada generosa a la que no le resulta para nada difícil encontrar la belleza en un lugar donde tradicionalmente sólo se había querido encontrar tensiones.

IV
Mirado en el presente, aquel trabajo de Carlos Germán conserva intacta la vitalidad de entonces, sólo que ahora podemos verlo con más serenidad y menos deslumbramiento porque muchas disciplinas artísticas han ido produciendo acercamientos diversos al mundo de los barrios pobres de América Latina, llámense favelas en Brasil, villas miserias en Argentina o cualquier otra denominación.

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La mirada de denuncia o la de frío rigor antropológico fue abriendo paso a otras aproximaciones que apuntaban a revelar la riqueza de vida, que en medio de lo carencial, se encontraba presente en el barrio. El cine documental pasó del período de exhibición de la miseria, brillantemente desmontado en el documental Cazando pueblo, de los caleños Ospina y Maggiolo, a experiencias de nuevas valoraciones como El afinque de Marín, un tratado sobre la riqueza de la creación y la organización cultural en el barrio caraqueño de San Agustín, dirigido por Jacobo Penzo. Además, el acercamiento arquitectónico y urbanístico dejó atrás el obvio discurso del horror frente al caos del barrio, para empezar a indagar en sus hallazgos constructivos, en sus aciertos autogestionarios, así como también en nuevas formas de belleza y apropiación de los espacios que en su seno se habían generado.

En este nuevo contexto el trabajo pionero de Carlos Germán Rojas se dimensiona. A los aportes plásticos y al tipo de aproximación humana ya señalados, debemos agregar su valor etnográfico. En su conjunto, los retratos del barrio –más de cien he vuelto a ver– son un documento privilegiado para indagar en los modos de vida, creencias, modalidades de consumo y hábitos cotidianos de este grupo de pobladores caraqueños y, en general, de los venezolanos de aquel tiempo.

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Tal vez sin proponérselo, Carlos Germán nos ha legado una mirada rigurosa de las modas utilizadas, los cortes de pelo, las camisas de marca, los tipos de bigotes, las formas y volúmenes de los cuerpos, la decoración y los adornos de las casas, los muebles, las características de los equipos de sonido, la ausencia o preeminencia de los televisores, los espacios laberínticos del barrio, la relación visual con los paisajes de las zonas vecinas, las formas variadas e intensas de la cercanía física interpersonal, el valor de la amistad, las ceremonias deportivas, el uso del tiempo de ocio, y por supuesto de los rituales más felices: matrimonios, 15 años, cumpleaños.

Si tuviera que decirlo con el lenguaje de las ciencias sociales, y de modo muy especial del de la antropología –esa disciplina que siempre se ha impuesto la obligación de mirar a otros tratando de que éstos no se sientan observados para que no alteren su comportamiento cotidiano–, podría concluir que nuestro fotógrafo ha logrado el milagro de vencer la ineludible separación entre sujeto que observa y objeto observado. Y lo logró por la vía aparentemente más obvia pero menos visible para alguien que se inicia en el arte fotográfico: la libertad de dejarse atrapar por lo cercano y aprender a mirar en lo inmediato sin el rebuscamiento de lo exótico, lo trascendente o lo monumental.

Desde el punto de vista afectivo, Carlos Germán Rojas no hizo otra cosa que dedicarse a retratar amigos, pero al hacerlo construyó un lenguaje fotográfico que convierte, para repetir un lugar común, lo cotidiano en extraordinario, lo normal en excepcional. Desde el punto de vista documental, además, corre la cortina y por tanto ayuda a desmitificar, o a desprejuiciar, la mirada del barrio. Y desde el punto de vista etnográfico, nos lega un documento excepcional que contribuye a esa tarea pendiente de terminar de comprendernos como pueblo y como nación. Prueba, por último, que la amistad como el amor, a pesar de lo intangibles, sí pueden ser retratados.

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