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Carta a Marìa Cristina Solaech

Señora Dama Profesora, gentil poetisa, le escribo para seguir
ahondando en mis criterios en torno a la poesía; la ocasión se vuelve
propicia ante mi alejamiento definitivo de ésta o cualquier género
literario, como también de los susodichos encuentros culturales,
hasta la vejez; si llego, espero que sí.

No es que yo vaya contracorriente, simple y claro que desde hace
cuatro años creo haber dado el salto definitivo, entendido los límites
del lenguaje y lo quijotesco de andar en búsqueda de las Musas, para
enfriar el desarraigo. Cuando usted me habla de sensibilidad, se debe
tener cuidado con la misma, no vaya a ser la de cierto poeta, quien
ante su supuesto prestigio, el endiosado es incapaz de limpiar su
casa, pues eso afecta su poiesis; o bien el otro que piensa que la
poesía es delirio de grandeza, para quien viene de los arenales.
Tampoco creo en la literatura del reality show, caso de la loca
angustiosa de Jaime Bayle o del negocito de la deprimente Isabel
Allende. Para ser más ácido, me decepcionó de igual modo el difunto
alcohólico de Ludovico Silva con aquello de: Beatriz, pásame la
botella; o del también ido Orlando Araujo con La tristeza es una
enfermedad viajera, para irse matando con Entre cañas y borracheras;
todos angustias nihilistas de enfermizos bardos y literatos.

La literatura es otra cosa. No es que ésta debe estar aséptica en su
momento histórico, como tampoco imbuirse del ser social; pero el
literato, sobre todo el poeta, debe ir contracorriente no por
narcisismo; pienso que la palabra asertiva sería el justo medio
aristotélico. La única función del poeta es cincelar la palabra,
depurarla y hacer con ella estética, una catedral que estremezca desde
el bellaco, el corredor de la bolsa de valores, el narcotraficante y a
quien quiera ser santo, aguijonearlo con una espiritualidad, que le
haga ver a su Dios de otra manera.

Si piensa que hay una sensibilidad diferente, claro que si, pero no
venida del cielo; como creo haberle entendido a lAna Torres, la
novelista y siquiatra caraqueña. No, mi estimada poetisa, esa
sensibilidad es creación de una subjetividad forjada en el devenir
histórico-social, de nada vale el mito del Buda, que bien vendió el
medio loco de Niestche con aquello del Zaratustra. Esto me da pie para
entrar en mi comentario sobre el poeta Elìas David Curiel, sí, pienso
que era un mojigato, un judío con verdaderos conflictos humanos, de
seguro un ser enfermizo en su relación con el otro, que le dio por
esconderse en la literatura como escape para no enfrentar el mundo;
igual digo del José Ramos Sucre, quien sin entrar en su enfermedad de
insomne, prefirió esconderse en su poesía mortuoria, enigmática y de
terror sutil. Ya basta de odas a la poesía del ermitaño poeta con
aquello de alejarse de este aqueste mundo malvado; sigamos en
contrario a estos y tomemos el ideario de un Neruda, quien nos dijo:
Confieso que he vivido.

Lo de hedonista, poeta erótico y demás adjetivos; son pura comedia.
Creo que como poetas viajamos por muchos mundos, no es lo mismo la
poesía al calor del vino, la hembra, el delirio de los sentidos; que
la poesía transida de desarraigo, la perdida; la búsqueda del ritual y
el simple hecho de escribir por impulso de vida, es lo importante. Yo
cambiaría el verso de Neruda, como digo en un poema por: Confieso que
he gozado; en todo caso prefiero el deleite de los sentidos, que
apretarme el cinturón cual monigote cura que busca una santidad de
cuerpo, que siempre será imposible; pues, los sueños húmedos nos
delatan.

Somos hijos del tiempo histórico que nos ha tocado vivir. La
contradicción es la madre de todas las cosas; no piense que estoy
parafraseando per. se Las Cinco tesis filosóficas del extinto Mao, por
cierto, muy buen poeta, al igual que el Chè Guevara; cuando aludo a
esa realidad es a que el poeta, debe entender lo vano de crear molinos
de viento. La locura del Quijote no puede ser la salida ante la
realidad de acero que nos invade; a lo sumo lo que podría hacer el
poeta es danzar con la palabra y entregársela a la polis, aunque le
escupan la cara. Sí, Solaeche, disculpe el tuteo; es terrible la vida
del poeta en todas las realidades; pero hablo de un poeta especifico,
no cualquiera, bien sabemos que los ha habido bellacos, insolentes,
aduladores, no es gratuito que la épica sea un canto al poder. Me
refiero al poeta que toma la palabra como verdadero mundo en que
decide crear transgrediendo mitos, leyendas, convencionalismos y sólo
apunta su pluma a vivir con las Musas en copula casi perfecta.

Así entramos en un tema muy soslayado por quienes hacen cátedra
literaria: Ética y estética en el literato. Por favor, no se me
confunda cuando hablo de ética, no aludo a que el poeta sea un
moralista, jamás por los Dioses que no existen; me refiero a lo
virtuoso en su ejercicio de poeta, su compromiso con la palabra; que
el poeta sea corrupto, indecente en su vida privada, o quiera morir en
un lago de esperma, como nos recitaba una escritora conocida, eso no
es el tema; me refiero al sumo trabajo para transgredir con el
lenguaje la cotidianidad sin dejar de estar en ella; mas allá que nos
lacere. En el caso de la estética, el manejo diestro del lenguaje, la
vida bien vivida, decir que hemos gozado porque realmente hemos
vivido; creo que nos depara el camino a la belleza del texto. No
significa que niegue el lado opuesto de la vida, pero en mi concreto
mundo entendí del escritor norteamericano William Stayron la oración
final de su libro Esa visible oscuridad: Y volví a ver las estrellas;
el literato después de décadas de alcoholismo bajo con bisturí a su
mundo, para comprender que había vivido con coartadas, creo en su
cotidianidad su mundo de mentiras, de autoengaño, donde la bebida era
una excusa; y  al final no le quedò más salida que auto reconocerse.

Por una literatura de altura, de hombres y mujeres verdaderamente
comprometidos con la palabra poética, como pienso es su caso. Yo por
mi parte, como quien se despide; tomo reposo, limpio y limpio lo
creado, algunos textos que en ningún momento llamo poesía, por respeto
a esta palabra. Como le decía en alguna ocasión a cierto Escritor
Loco, trabajo en solitario tratando de crear una catedral de palabras,
sin pretensión de escalar el cielo pero tampoco delirar en el
undergraund de nihilistas. Tal vez, en este trayecto de vida que se
nos acorta, en esa tarea apenas cave unos terrones de esa torre
inalcanzable. El escritor sin página.

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