Entretenimiento

Carta abierta a Gustavo Dudamel (Una aclaratoria).

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Estimados señores:
Esta semana escribí e hice circular una (%=Link(«http://analitica.com/lib/webs/admin/edit.asp?r=4027760 «,»Carta abierta al director de orquesta Gustavo Dudamel»)%) , en la que planteaba algunas interrogantes sobre el
papel que juegan los artistas frente a la sociedad, en circunstancias en las
que las libertades civiles están comprometidas, todo ello a raíz de la
coyuntura que representa la salida del aire de RCTV y la apertura del canal
TVES. Mis palabras (por demás modestas, pues no soy más que un ciudadano y
un amante de la música), han perseguido la simple apertura de un espacio
para la reflexión en torno a un tema sumamente complejo: la responsabilidad
ciudadana del artista, asunto frente al cual, como sugería a partir del
examen de una variedad de ejemplos en mi carta original, no existen
respuestas absolutas.

Con esta segunda comunicación no persigo aclarar lo que, responsablemente y
como resultado de mis más hondas convicciones, le escribí a Gustavo Dudamel.

Las aclaratorias no suelen ser buenas y creo que expresé muy claramente no
sólo mi sentir, sino cuál era el propósito de mis planteamientos. Sin
embargo, teniendo en cuenta que cuando hacemos públicas nuestras ideas a
veces éstas son empleadas o interpretadas en términos radicalmente
diferentes a lo que nos proponíamos en un inicio, me siento comprometido a
decir algo más, pues así como me vi impulsado a escribirle a Gustavo
Dudamel, también me siento con la obligación de criticar una situación que
se ha originado sobrevenidamente a raíz de lo que plasmé en esa carta
abierta.

He tenido noticia –por demás lamentable- que dicha carta está siendo
utilizada para desacreditar al Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y
Juveniles y para desmoralizar a sus integrantes, quienes, como se sabe, son
en su mayoría niños y jóvenes de escasos recursos, cuya incorporación al
sistema no sólo los forma como músicos, sino que les abre nuevos horizontes
de vida, al apartarlos de una inimaginable gama de peligros que los rodean
en las calles. Esta utilización negativa de lo que yo escribí me parece muy
desafortunada, porque no tengo ninguna duda de que dicho sistema es uno de
los proyectos más importantes –¡cuidado si no el más importante!- que se ha
desarrollado en la Venezuela de los últimos años, y esos niños y jóvenes
cuentan con mi admiración y aplauso incondicional.

Así como en mi carta inicial ofrecí ejemplos de grandes figuras musicales
que ilustraban las ideas que deseaba transmitir, ahora les cuento una
anécdota personal. Hace algunos meses quería asistir a un concierto de la
Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y las entradas estaban agotadas. Sin muchas
expectativas me fui solo hasta el Aula Magna, con un cartelito que decía:
«busco una entrada». Pasó un rato y una niña se me acercó diciéndome que a
su familia le sobraba una. Gracias a esa niña conseguí entrar. Me dirigí a
mi asiento, en el balcón del auditorio, y minutos después llegó la niña
acompañada de su familia. Comencé a conversar con una de las señoras que
venían con ella y me comentó que eran parientes de una integrante de la
orquesta. De hecho, todos los que estaban en esa zona del teatro eran
integrantes del sistema o familiares. Personas provenientes de zonas
humildes de Caracas. Y les puedo decir que la conversación que sostuve con
esta señora, quien hablaba con propiedad y precisión de distintas obras
musicales, y el interés que pude apreciar en las caras de los niños,
emocionados por la música que escuchaban, me hizo pensar que estamos ante un
proyecto valiosísimo que hay que seguir apoyando, no sólo por su valor
musical, sino por sus evidentes implicaciones sociales.

Por eso, volviendo al tema de mi carta a Gustavo Dudamel, quiero manifestar
mi más claro repudio a la utilización que pretende hacerse de dicha carta
para propósitos mezquinos. Por el contrario, quisiera que de alguna manera
las palabras que escribí, carentes de grandes pretensiones, fueran una
pequeña contribución para despertar la inquietud positiva de esos jóvenes y
niños en torno al compromiso ético del artista frente a la libertad, así
como alrededor del valor y el sentido de la interpretación musical. Son
preguntas que un artista, que un músico, está obligado a hacerse todos los
días como parte de su formación integral.

Entender el altísimo valor que tiene la libertad de expresión -o cualquier
manifestación de la libertad- con seguridad los hará mejores pianistas,
violonchelistas, clarinetistas, violinistas, coristas o directores de
orquesta, porque les permitirá comprender la significación de las grandes
obras del arte musical, que no son absolutas, que asienten y disienten en un
eterno diálogo. De esta manera, los niños y jóvenes del sistema podrán
emprender su camino a ese «mundo mejor» del que habla Schubert en «An die
Musik» («A la música»), que no debe ser concebido como mundo de fantasía
ultraterrena creado por el mero placer estético de escuchar hermosas notas,
sino como ese mundo que queremos y estamos obligados a edificar aquí, ahora
y siempre, y al que es imposible acercarnos siquiera si no somos libres.

Antonio Planchart Mendoza
C.I. 12.959.205

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