Entretenimiento

Carta Abierta dirigida a Gustavo Dudamel

Señor Dudamel,

Es lamentable tener que dirigirle estas líneas a través de una carta abierta que no sé si llegará a leer. Usted no me conoce y yo no lo he tratado personalmente. Formo parte de esa legión de anónimos amantes de la música que muchas veces le han aplaudido en sus conciertos. Le confieso que nunca he sido un admirador incondicional.

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Tal vez formo parte de ese grupo de melómanos excesivamente quisquillosos que a veces tienen una idea particular de cómo debe interpretarse una determinada sinfonía, concierto u ópera, idea que no siempre coincide con la visión del director. Fenómeno inevitable y hasta afortunado, pues hay muchas formas de hacer y de concebir la música y el arte, y eso lo podemos ver incluso como una valiosa manifestación de libertad. Pero siempre, aún en esos días en los que estoy en franco desacuerdo con su forma de interpretar una obra, he considerado que usted es un talento musical de primer orden.

Por eso no puedo dejar de manifestarle que sentí una profunda decepción cuando supe que dirigiría nuestro Himno Nacional en las celebraciones de la apertura del canal de televisión TVES, las cuales, cómo negarlo, también sirven para festejar la salida del aire de RCTV, acontecimiento que muchos en este país consideramos un triste momento en la historia de nuestras libertades ciudadanas. Para hacerle el cuento corto, muchos venezolanos –incluyendo a quien esto escribe, por no hablar de numerosos organismos internacionales-, consideramos que estamos ante una situación que lesiona gravemente la libertad de expresión.

En consecuencia, usted ha sido partícipe de estas celebraciones, aunque sea a través de lo que presupongo fue un video que consintió en grabar. Lo cual me hace pensar una vez más en un tema que siempre me ha resultado incómodo, porque no tengo una respuesta absoluta sobre el mismo. Que no es otro que preguntarnos sobre la responsabilidad del artista por su colaboración con gobiernos y regímenes de conducta dudosa, y las incidencias que esa colaboración puede revestir en su quehacer artístico.

Hay quienes sostienen que a los genios del arte no se les exige responsabilidad. Si nos circunscribimos solamente al mundo de la música, que es al que usted pertenece, hay muchos casos de artistas de gran talento con reputaciones morales y políticas no precisamente intachables. Para hablar sólo del convulsionado siglo XX, me vienen a la mente figuras legendarias como las de Richard Strauss, Karl Bohm, Herbert von Karajan, la recientemente fallecida Elisabeth Schwarzkopf e incluso mi admiradísimo Wilhelm Furtwangler -para muchos el intérprete beethoveniano por antonomasia- quienes de una u otra manera han sido criticados por sus posturas, que oscilaron entre ser abiertamente colaboracionistas a no ser lo suficientemente enérgicas frente al régimen de la Alemania nacional-socialista.

El caso de Furtwangler es emblemático, porque logró salir relativamente ileso de un proceso de «desnazificación» en el que alegó que había permanecido haciendo música en Alemania en aras de un ideal. Según él, aún en las horas más negras de la historia germana, las obras de los grandes maestros eran una luz para el pueblo alemán. Explicación que no ha convencido a todos –Thomas Mann fue un gran crítico de esta posición- y que todavía arroja algo de sombra sobre la estatura de un intérprete por demás genial. En todo caso, sí parece claro que Furtwangler ayudó a músicos judíos en momentos difíciles y eso lo ayudó a lavar su nombre, aunque de tiempo en tiempo reaparecen las críticas y las acusaciones de que dirigió la Novena de Beethoven en un cumpleaños de Hitler.

Por supuesto, huelga decir que creo que usted todavía está lejos de estos grandes nombres del arte musical, pero supongo que me va entendiendo a dónde quiero llegar con todo esto. ¿Se limita el arte de la dirección orquestal, de la interpretación musical, a mover la batuta para hacer sonar bella o enérgicamente las notas que están en una partitura, ya sea la Cuarta de Brahms, la Quinta de Beethoven, la Patética de Tchaikovsky o la Quinta de Mahler?. ¿O debe haber detrás de todo esto una sustancia, un compromiso ético con la libertad y los valores más elevados del ser humano?.

Le confieso que no tengo una respuesta precisa a estas preguntas, pero posiblemente me decanto por contestar afirmativamente a la segunda interrogante, para entender que la música no es una mera experiencia estética, sino un arte cargado de valores, que debe tener una trascendencia en la sociedad. Y lo que sí le puedo decir con seguridad es que de ahora en adelante me va a costar más que antes aceptarle sus interpretaciones beethovenianas, porque ¿cómo puedo creer yo en su capacidad de plasmar la visión sobre la libertad del genio de Bonn si usted ha consentido en ser parte de un evento que para quien esto escribe es una negación de esa libertad?.

Realmente desconozco los detalles de su participación en este video que fue transmitido como telón de apertura de este nuevo –y muy discutido- canal de televisión. De alguna manera preferiría que usted me respondiera: es que yo soy un convencido de la revolución bolivariana del Presidente Hugo Rafael Chávez Frías. Si no es así, se abre un enorme abanico de posibilidades, entre las cuales puede estar el miedo a perder el financiamiento gubernamental destinado a sostener el sistema de orquestas infantiles y juveniles, que tanto trabajo ha costado levantar. ¿Qué se yo?. El miedo es libre. A lo largo de la historia, muchos artistas han tenido que bajar la cabeza por temor. Shostakovich tuvo que poner su talento a la orden del régimen soviético, y sufrió mucho por ello.

Pero al mismo tiempo, siempre recuerdo a figuras como la del mítico Arturo Toscanini, la del director vienés Erich Kleiber o el violonchelista Pau Casals, quienes fueron y son un ejemplo de dignidad, al haberse negado sistemáticamente a tocar para regímenes de corte totalitario. Porque así como hay gente que quizás comprensiblemente cede ante el temor o ante la presión, han existido, existen y existirán siempre los que saben decir «¡no!», aún con todas las consecuencias que eso pueda tener.

Le insisto: desconozco cuáles fueron los detalles de su participación en este acto, pero su imagen en ese video, empuñando la batuta para dirigir nuestro Himno Nacional con un ímpetu que podríamos llamar casi excesivo, definitivamente está muy lejos de la enorme dignidad exhibida por los trabajadores de RCTV, cuando segundos antes de que la señal del canal fuera sacada del aire, gritaron orgullosos: «¡Seguimos de pie!».

Como venezolano y como amante de la música, me resulta penoso tener que escribir esto. Ojalá que llegue un tiempo en el que podamos reconciliarnos como pueblo. Ojalá que algún día todos los venezolanos podamos verle dirigir el Himno Nacional y sentir, sin ambages, que el Himno nos pertenece a todos, como debe ser. Ojalá que algún día pueda volverle a oír la Sinfonía Eroica de Beethoven y logre creerle su interpretación. Mientras tanto, seguiré esperando y luchando en la medida de mis posibilidades para que vengan tiempos mejores.

Atentamente,
Antonio Planchart Mendoza
C.I. 12.959.205

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