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Cien años y sigue tan campante

(%=Image(8215238,»L»)%) Luis Buñuel hubiera cumplido cien años el próximo martes; tan contento, tan gallardo y tan alborozado por los reconocimientos que se le rinden a lo ancho y largo de un planeta que seguirá sorprendiéndose con sus películas -por los siglos de los siglos, y un poco después, tal vez- y riéndose a carcajadas con las intrigas de los notables de Calanda, su pueblo natal, a quienes la emboscada del almanaque obligó a celebrar el aniversario de un hijo ilustre pero incómodo.

Este domingo se inaugura en Toulouse una vasta exposición de su vida y su obra literaria y fílmica (disponible a través de la Internet), a trasladarse después al Centro Pompidou de París, el Palacio de Exposiciones de Roma y el Museo de Arte Moderno de New York, y la Filmoteca madrileña muestra una retrospectiva con las 32 películas de corto y largometraje realizadas en casi sesenta años de trashumancia física, espiritual y creadora.

Lo que no ha impedido que su aldea de Aragón se convirtiera en escenario del pleito entre ediles del gobierno popular y la oposición socialista, por las pesetas necesarias para el homenaje; en una de esas trapisondas mezquinas que consumen el tiempo de las burocracias del mundo y que al maestro hubiera regocijado tanto o más que los aplausos a su genio.

Un personaje ambiguo es el que emerge de los testimonios de quienes frecuentaron a Buñuel y las confidencias vertidas en sendos volúmenes poco antes de su muerte en 1983; distante años luz del perfil irreverente y escatológico que cualquier espectador le habría atribuido según el tenor de sus películas; silencioso y discreto, como una esfinge que ocultaba una cultura polifacética y exquisita; religioso, en fin, a pesar del ateísmo que, según su frase ya celebérrima, le fue dada por la gracia divina, al punto de consultar con jesuitas amigos el guión original de La Vía Láctea, para purgarlo de cualquier heterodoxia.

Un burgués rutinario, amante de los rituales, a quien fastidiaba conocer lugares nuevos y volvía, siempre a los mismos bares penumbrosos de las mismas ciudades; que a las 7, cada tarde, solía prepararse un dry martini sin una pizca de martini y se iba a la cama a las 8, para levantarse muy temprano, con los gallos; a quien preocupaban los trasnochos de sus hijos, y, según lo recuerda uno de los amigos de toda la vida, pudoroso extremadamente en lo sexual a pesar de su juventud putañera y su afición por los burdeles.

El artista que escandalizó a París en 1928 con El Perro Andaluz, el film mas emblemático del movimiento surrealista, al que luego renunció para afiliarse al partido comunista; el combatiente y propagandista republicano contra el fascismo, con la cámara y en una fugaz pasantía diplomática, y el intelectual autenticamente identificado con las masas obreras, que sin embargo admitía su compromiso con un cine industrial que retribuyera al productor el dinero invertido, y respetase el trabajo de la multitud de gentes que intervienen en todas las fases de su elaboración.

Quien alguna vez resumió así su credo artístico y personal – “Simplemente procuro no traicionar mis convicciones juveniles y hacer el menor daño posible y trato de que mis películas sean moralmente honradas”- se fue sin disipar el misterio del contenido de la cajita del cliente chino de Belle de Jour y del absurdo costal que Fernando Rey se echa al hombro reiteradamente en Ese Extraño Objeto del Deseo; y nos dejó con la curiosidad de saber hasta dónde hubiesen llegado sus ingeniosas provocaciones.

Y es que con los años y la fama alcanzó Buñuel la libertad necesaria para imponerse a los productores y, al devenir el mito que cada día se agiganta (y valga una referencia bolivariana para ganar indulgencias), como crece la sombra mientras el sol declina, se reivindicó de las humillaciones del exilio en México. De cuando su talento luchaba por sobrevivir a la mediocridad de los actores y las exigencias sindicales y, según su propia confesión plena de humor, se le contrataba para rodar sólo unos pocos minutos entre cada aparición de Jorge Negrete…

Todavía en 1970, cuando regresó con Tristana a las pantallas de Madrid, se le ubicaba en España bien detrás de figuras como Bardem, Berlanga y otros de menor entidad; pero entonces inició en Francia la etapa culminante que consolidó su fama y le permitió extravagancias tales como el papel que dos actrices de rasgos totalmente diferentes ocupan alalimón en su último largometraje.

Queda imaginar a qué alturas iba a elevarse todavía el artista ahora centenario pero los sofocos de los funcionarios de Calanda ratifican lque sigue vigente y juvenil su mirada picassiana y amablemente corrosiva.

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