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Codicia

Al ver el ídolo en el fondo de la cueva pensó que por fin había llegado al final de todas sus cuitas. Ya no más miserias ya no más incomodidades ya no más tiempo derretido ni noches interminables de calor y de mosquitos o de frío y de serpientes.
Como dominado por los ritos de esa extraña religión perdida en su memoria sacó a rastras la enorme figura y tomó una barra de hierro para golpearla.
Los sacerdotes alzaron los ojos, alarmados, tristes. Estaban allí para cuidar la integridad de sus sueños y de sus palabras. Y les habían jurado que nadie dañaría los rostros de su dios, que los miraba impotente ante las manos de codicia del hombre que empezaba a transformarse en mono, aunque sin cola.
No pudo contenerse y con la barra aplastó las cabezas de los dos asustados sacerdotes que estaban a punto de violar sus votos para proteger la memoria hasta entonces impoluta de su dios.
Danza demoníaca, ancestral, plena, la que puso su cuerpo a girar, a descargar toda su furia en la figura dorada que brillaba sin alegría en el centro de su mundo.
Pero no era de oro sino de barro, pintada, finamente pintada para engañar incautos. Y el contenido no era otra cosa que semillas desecadas, disecadas con paciencia para que se conservaran en el tiempo.
Meses después, en su celda, creyó entender que aquella figura dorada no había sido el final, sino el comienzo de todas sus desgracias.

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