Entretenimiento

Cogiendo mínimo

Foto: Ana luisa Figueredo

(%=Image(9172637,»L»)%) Simón Bolívar tuvo hábitos sobrios y decorosos; la administración «cachaca» para desprestigiarlo sólo le encontró el gasto en agua de colonia, por lo demás su condición personal de mantuano acaudalado y los regalos que recibió en vida justificaban trajes, objetos, joyas y la sencilla pero distinguida etiqueta que gustó llevar cuando las circunstancias lo permitieron. En su entrevista con el general Pablo Morillo en Santa Ana (Trujillo), 25 de noviembre de 1820, el contraste entre uno y otro jefe de los bandos en conflicto fue patente a la vista de testigos: Morillo en uniforme de gala con condecoraciones y Bolívar con la majestad de los hombres grandes y libres, llegando en mula cubierto con sombrero de jipijapa y poncho, escoltado por unos cuantos oficiales y soldados en sana circunspección.

Cuentan que Evita Perón, de gira internacional visitó a SS Pío XII. El Papá al verla vestida de negro con mantilla, extendió sus manos diciendo: ¡Cara! (querida, en italiano), a lo que respondió Evita: ¡Cara no, carísima!
El alarde y el boato nuevo rico carísimo del alto gobierno en tiempos que reclaman sencillez y sobriedad, mucho más el descontrol administrativo y saqueo de las arcas ¿son ejemplo para pedir la renuncia a los tres golpes?, de la comida. La Biblia dice: «el que guarda su boca, guarda su alma», otro proverbio oriental dice: uno es amo de lo que calla y esclavo de lo que habla.

Toda vez que los medios de comunicación pueden comparar y contrastar un suceso se aduce a un «montaje». ¿Acaso no será el eco mismo de los orígenes de la humanidad?
En la hemiplejia moral que vive Venezuela, como diría Ortega y Gasset en La Rebelión de las Masas, los vicios y exabruptos del pasado no pueden ser endosados a un gobierno novato, pero cargado de buenas intenciones. Toda cabeza debe tener piojos, pulgas o ambos, no es posible que este limpia de sucio y mácula.

Los golpes y las caídas como en el organismo tarde o temprano salen en el cuerpo. Reaparece en el horizonte la palabra evolución, luego de haber experimentado Venezuela por décadas distintas formas de populismo y demagogia. Evolución fue la palabra clave del decenio democrático inconcluso hasta el golpe de 1945.

En esos años y posteriores las personalidades del gobierno daban majestad a los cargos que ocupaban; «para saber cuánto vale una empresa sólo hay que echarle un ojo a su gente», escribió Aurora Blyde («Decir sobre lo que no se puede medir», El Universal).

Cuánto vale este «proceso», basta con echarle una mirada a sus recursos humanos y dignatarios, pareciera que están allí por haberse sacado una rifa, tómbola o piñata. Con esa cara de asombro y agradecimiento, asienten a cuanto les ordenen en resguardo del puesto: Caballo Viejo no puede perder la flor que le dan.

En países desarrollados como en los EE UU, personalidades del alto gobierno como el general Colin Powell o Condoleezza Rice fueron escogidos por preparados, competentes y líderes en su campo específico, no por prietos y cofrades de un combo. En el mundo desarrollado Tagore y Tabares no son lo «mesmo».

Finalmente, Friedrich von Schiller, el autor del Himno a la Alegría consagrado en la Novena Sinfonía de Beethoven, dijo: «para llegar a una solución, incluso de los problemas políticos, debe seguirse el camino de la estética y de la ética, porque es a través de la verdad que llegamos a la libertad».

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