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Conspiraciones pantalleras a granel

El tema de la conspiración siempre ha sido siempre muy atractivo para Hollywood, ya que disfruta de un público bastante amplio y consecuente. De hecho, la mayoría de los ‘thrillers’ contiene alguna forma de conspiración en su trama, pues al espectador le gusta involucrarse en ingeniosos planes secretos y a veces apoyar de manera inconsciente a los protagonistas del complot. Esto se demuestra nuevamente con la receptividad que ha tenido la cinta El candidato de Manchuria en las pantallas mundiales, más allá que la que merecería un filme intrascendente de ficción política, generalmente basadas en novelas efectistas de Grisham, Ludlum, Clancy o Le Carré.

Para los cinéfilos, es bastante explicable el éxito de taquilla que disfruta esta película, ya que la dirección estuvo a cargo del laureado Jonathan Demme (el autor del recordado Silencio de los inocentes, que arrasó con los oscares de 1991) y el reparto incluye a dos luminarias como Denzel Washington y Meryl Streep. El primero tiene dos Oscares en su haber (por Glory y Training day) y numerosas postulaciones y premios, especialmente por sus memorables papeles en Malcolm X, Filadelfia y Grito de libertad, además de considerarse como el digno sucesor de Sidney Poitier. Por su parte, Meryl Streep no necesita presentación, siendo la gran dama del cine de las tres última décadas –y merecida sucesora de Bette Davis- , con numerosos honores en su currículo, que incluyen un trío de Oscares y un premio honorífico de la Cinemateca norteamericana o AFI. En este filme hace un papel de una ambiciosa parlamentaria, personaje que muchos equiparan –en el mundo real- a la actual senadora Hillary Clinton. Los acompaña esta vez un novato, Liev Schreiber, en el ingrato rol protagónico del oficial hipnotizado y artífice de un asesinato político.

Aparte de la presencia de estas luminarias, el interés del filme se centra en su trama de candente actualidad, ya que todavía en EE.UU. hay mucho resentimiento por el controversial resultado de los comicios del 2000, y se ventilan acusaciones de favoritismo comercial en los negocios que se hacen después de la invasión de Iraq, gracias a las anteriores relaciones de altos funcionarios con empresas de servicios en el área petrolera. Precisamente, el título proviene del la empresa ficticia “Manchurian Global”, que en el filme es la responsable de manipular la conducta de un veterano de la primera Guerra del Golfo, supuestamente víctima de un “lavado de cerebro” como parte del complot para que llegue a la Casa Blanca un candidato favorable a esa empresa.

Es interesante notar cómo se ha actualizado la trama desde aquella película del mismo título hecha por John Frankenheimer en 1962, basada en una novela de Richard Condon e interpretada por Frank Sinatra, Lawrence Harvey, Janet Leigh y Angela Lansbury, considerada hoy como todo un clásico de la ficción política. En su época la cinta fue también un éxito de taquilla, ya que existía cierta paranoia nacional por la guerra fría –con las amenazas soviética y china- y la nación apenas se recuperaba de las persecuciones del comité senatorial de Joseph McCarthy, que veía comunistas por doquier, así que el tema era bastante delicado en ese contexto. El guión de la original trata de una conspiración comunista para eliminar un candidato republicano para que otro más manejable, asumiera la candidatura y llegara a la presidencia. El instrumento para el asesinato sería un militar, capturado durante la guerra de Corea y cuyo cerebro fue lavado por los chinos en Manchuria, para que volviera a su país y asumiera roles de liderazgo político bajo la ciega obediencia a los controladores de su mente.

En cambio, el remake de Demme pone como ámbito la primera Guerra del Golfo, y el nuevo protagonista fue condicionado psicológicamente durante su cautiverio para recibir órdenes de una poderosa transnacional en el momento oportuno y así realizar el conveniente asesinato político de un candidato a la presidencia. Así, la nueva cinta se ubica en un contexto de gran actualidad y, al igual que los documentales “Fahrenheit 9-11”, y “Celsius 41.11: la temperatura en la que muere la mente”, está atrayendo mucho público interesado en la contienda política que discurre ahora en la superpotencia del norte. Por esto, la fecha de su estreno no podía ser más oportuna y tendenciosa, por la controversia que existe sobre el tema tratado, o sea de la manipulación gubernamental por las grandes corporaciones, que ahora –junto con los terroristas islámicos- sustituyen la coalición chino-soviética de antaño como los villanos del mundo globalizado.

Vale la pena mencionar que la cinta original de Frankenheimer suscitó grandes polémicas en 1963 porque justo al año de estrenada fue asesinado el presidente Kennedy, también por un rifle con mira telescópica, como iba a sucederle al candidato en la trama ficticia. Frank Sinatra, muy apegado a Kennedy, se sintió algo responsable por la sugerencia que se hace en su película, así que compró entonces los derechos de la misma y la mantuvo secuestrada hasta 1987, cuando finalmente permitió su reestreno en los cines y la televisión. Los derechos fueron heredados por su hija Tina, quien decidió hacer el remake y ahora funge de productora de la cinta de Demme.

Curiosamente, en 1954 un Sinatra en ascenso actuó en otra cinta de ficción política (titulada Suddenly! o ‘De repente’) donde él mismo encarna a un criminal a sueldo contratado para asesinar al presidente norteamericano cuando su tren hace una escala en un pequeño pueblo de provincia. Sinatra tuvo también –después del asesinado de JFK- un cargo de conciencia por haber participado en ese filme, por lo que también hizo retirarlo de la circulación por muchos años, ya que se supo que Lee Harvey Oswald admitió haberlo visto poco antes de que asesinara al presidente. Cosas del destino, se diría, pero todo contribuye para que El candidato de Manchuria disfrute actualmente de un éxito descomunal de público, mayormente gracias a su guión actualizado ingeniosamente para el actual ambiente político mundial.

Otra curiosidad digna de mención es que el mismo Frankenheimer realizó en 1964 otra cinta con el tema de la conspiración política, titulada Siete días en mayo, donde se muestra un complot militarista para dar un golpe de estado en vista de que el presidente en funciones favorece el desarme y piensa retirar las fuerzas de Vietnam, una obvia referencia al caso de JFK, quien había insinuado que tomaría ambas iniciativas poco antes de su inesperada desaparición de la arena política. El filme en cuestión, interpretado nada menos que por Burt Lancaster, Kirk Douglas, Ava Gardner y Fredric March, también tuvo gran resonancia a la luz del asesinado de Kennedy año anterior, e incluso se dice que tuvo cierta influencia en los movimientos pacifistas de los años 60, que culminaron en el eventual retiro de Vietnam. No hay duda que la obra de ficción política de Frankenheimer reforzó el papel del cine como un poderoso medio formador de opinión pública, y quizás la actual cinta de Demme haga lo mismo en el caldeado clima político del momento, con sus insinuaciones de conflicto de intereses en las altas esferas gubernamentales y la abundancia de actos terroristas que a veces provocan cambios inesperados de gobierno.

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