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Critica de la Novela Transilvania unpludged

Durante mis tiempos de estudiante de los sesenta en París, tuve la suerte de entender y sufrir la filosofía y la antropología del exilado. Los había de diversa talla, laya y saya, los que mejor aceptaba eran los políticos, claro los de verdad, por que los había disfrazados, que tomaban la política como bailoteo de su incapacidad para resolver sus asuntos vitales de forma adulta o la usaban como burladero absurdo de su evasión. Los otros eran exiliados del amor, de la economía, los sartreanos: del ser y la nada que  iban a “encontrarse consigo mismos”; los y las despechadas, los del “resuelve ya”, los aventureros que eran exiliados de si mismos, aquí y donde estuvieran.

La gran mayoría los sellaba una constante, hacer sus dificultosas viviendas museo y santuario de la nostalgia que matizaban con mezcla de agencia de viajes y almacén de motivos de artesanía latinoamericana, libros y sobre todo, el infaltable cuatro, con el cual querían asesinar su nostalgia tropical. Pero creo que casi todos seguían teniendo amor por su país. Extravagante, distorsionado y de difícil afecto por lo que habían dejado y pero casi nunca renegaban de su nacionalidad muy al contrario redimían su identidad. Los miraba como verdaderos venezolanos.

Su contabilidad sumaba pérdidas de capital en la cuenta de los activos de sus recuerdos. Sabían que la vida en estas grandes ciudades, muy poco  podía gratificarlos, por qué, total, como creer que se pueda vivir en ellas cuando no se puede disfrutar o tener siquiera un poco de lo que su encanto y novedad metropolitana ofrecen. En ese sentido era doble el exilio, primero de su país y el segundo lo recibían de la limitada gratificación de cuanto les negaba la ciudad.

Entendí desde antes y confirme con sobradas experiencias: el exilio, voluntario o no, es uno de los viajes mas dolorosos que el ser humano emprende. Lo miro como una prueba a la entereza y condena dura a la dignidad, de quien se mira separado de lo que quiere, de donde nació y se es y fue espacio donde vitalizó afectos y además lugar para vigilar sus arraigos.

Los exiliados caminaban la ciudad pero todo lo asociaban con su mundo, un café o cerveza les rememora otra, un cine los lleva a otra referencia lejana; siempre reconociendo rostros que no le pertenecen para mezclarlos con sus recuerdos y jugar angustiosamente con los parecidos. Drama que en el fondo no es sino la nostalgia que traiciona los sentidos y altera la sensibilidad.

Todo viene al caso por cuanto acabo de terminar la novela Transilvania Unplugged de Eduardo Sánchez Rugeles, que se debe decir, es obra literaria, sobre el exilio. Sin duda obra llena de calidades, que ganó el año pasado la primera edición del premio de novela Arturo Uslar Pietri y su publicación la colocó, inesperadamente, en lugar privilegiado de la escena de la literatura nacional.

Es novela de uno de esos jóvenes del grupo de personas que no acepta ni comparte la idea del cambio tal como el que se está produciendo en el país. Quien – derecho tiene a expresarse como mejor le parezca- suponemos, está bajo los efectos del singular sentido del temor inducido –por vaya Ud. saber que mediática lo arropó- deciden no enfrentar aquí sus fobias y dar batalla, al contrario, muestran incapacidad de resistir y optan por el exilio … ¿del país, o de su incompetencia para adaptarse a la realidad o hasta huir de sí mismos¿. Vaya uno a saber.

La novela lo refleja a través de sus personajes en exilio y convierte las ciudades a las cuales se mudan en espacios invisibles, que  contradictoriamente, y para su horror y contrasentido insalvable solo son espejo traidor de Caracas, su gente y nacionalidad.

Es ficción que se puede tener por policial con tonos de género negro en la que dos desventurados jóvenes, sin destino claro, deciden mostrar su resquemor con el país iniciando un viaje a Rumania. Ellos  tratan de buscar algo que les proponga ideas sobre el futuro, José Antonio Galletti Calinescu, dice: “Vine a Rumanía, en parte, a reinventarme, al olvidar derrotas, a encontrar palabras” Pág. 14;  su amigo, Emilio Porras reconoce: “Vine a Rumanía a dictar un curso de cocina” Pág. 15, ambos de impar procedencia caraqueña van, improvisando propósitos a su inconsistente existencia; uno quiere encontrar explicación sobre sus orígenes familiares y el otro, afirma su esquema neurótico dictando un curso de cocina internacional de comida fría a un grupo de comerciantes inexpertos, empeñados en dar una precario aporte a la que debería confirmar su galardón como, Capital Europea de la Cultura: Sibiu.  Ambos ensayan encontrar identidad, negando su país. Sus antecedentes pertenecían, a algún destino fortuito y artificial, ahora suponen que la magia de la escritura producirá, si no afianzar la memoria, al menos fortalecer su síndrome del olvido con exilio un ostracismo artificial e ingrato en tierras extrañas. Por algo escogen a Rumanía.

Lo mas destacada e inexplicable de la novela es que se asienta en una Transilvania unplugged, desconectada, lejana a nosotros radicada en la distante Rumania, cuna histórica de muchos terrores. Con este incentivo se comienza a narrar una intriga, animada con esencias de una visión política bien orientada en sus propósitos. No otro que retratar la  angustia personal  que se produce  por la gran insatisfacción general de todos los personajes que habitan en la novela, que quieren negar la realidad  o taparla con el auto exilio …. por no saber, ni querer escoger maneras para encararla.

Obvio que se hubiera podido escoger otro país, pero igual que Sánchez Rugeles, ya antes lo habían hecho en esta región, Bram Stocker, con su novela de terror Drácula escrita en 1897 o Julio Verne, con Cárpatos publicada en 1892, quien escribió sobre Rumanía: “ni en Noruega, la patria de los ases, de los elfos, de los silfos y de las valquirias, ni aun en Transilvania, donde el aspecto de los Cárpatos se presta por sí a todas las evocaciones fantásticas y tenebrosas. No obstante, conviene hacer notar que el país transilvano está todavía muy apegado a las supersticiones de los antiguos tiempos”.  Mas terror y miedo imposible.

O sea que evocar Rumania es un “deja vu”, sobre todo, para hermanarse al estímulo del horror, y glorificar el  “fantasma de la inseguridad” -que todo lo justifica y nada explica- y es hoy día en el mundo y en Venezuela un comodín político y activador de la inestabilidad emocional para instalar el miedo, asunto que es porfía evidente y repetida en la historia que nos cuenta el libro.

El clima de terror que respira la novela con su historia repleta de matices sombríos termina por imprimir el afán de todos los personajes por demostrar su desencanto por el lugar donde nacieron: “somos mas o menos veintidós millones de rumanos, once millones viven fuera. Nadie quiere estar acá. Hace tiempo dejé de identificarme con esto. Esto no es un país, esto es…. No se, una chimenea, un estacionamiento abandonado” Pág. 90. Pero la desazón no es solo de los rumanos José Antonio Galletti, denigra de  Caracas, “quiso volver, quiso ahogarse en la podredumbre del Metro, padecer la asfixia del tráfico y el saludo lastimero del Ávila”.

El mismo personaje, al final, regresa a Caracas, no bien llega, lo matraquean en la aduana de Maiquetía, llama  su novia y esta le dice: “ Te dije que no regresaras a esta mierda”. Para terminar la novela con una última frase: “Que horrible es el cielo visto desde América” Pág. 272. Son datos, no opiniones.

Tal como cierra Julio Verne su  novela; Los Cárpatos:  “¿ aún el pueblo creerá que los espíritus del otro mundo habitan en las ruinas del castillo de los Cárpatos”.

Aquí no importa cuan lejos está Rumanía de Caracas para el autor los jóvenes  no sienten el mas mínimo afecto por sus identidades al contrario las maldicen y deciden por el exilo, para ellos, en este Valle de Caracas, no hay luz ni virtudes aunque sobra la censura, la violencia, el atraco y el terror. Como criticar los estados psicológicos de quienes en su realidad personal producen sus trastornadas sensaciones para utilizarlas como ficción literaria. En fin, cada cual tiene derecho y libertad plena para fabricar sus propios monstruos y deleitarse con ellos.

La novela nos distrae con la travesía misteriosa, que nos recuerda el famoso viaje de regreso de Ulises a Ítaca, pleno de aventuras increíbles, superadas por la renombrada inteligencia que  ayudó al héroe a sobrevivir las numerosas dificultades. En este caso es José Antonio Galletti quien viaja y topa lugares llenos de intriga y personajes terroríficos, adonde abunda la miseria; y la traición, es materia privilegiada de la gente que describe. Los personajes principales de la novela, por incipientes y no acabados, sufren nostalgia  y cada suceso está signado por la duda y el fracaso de una búsqueda para reconstruir, en el caso de José Antonio Galletti una drama familiar que comenzó con el suicidio del padre en Caracas, cuando era  Embajador de Rumanía. Otra motivación de su exilio es el afán de encontrarse con su abuelo materno en Bucarest, con quien supone descubrir los secretos familiares que lo agobian.

Misterio e intriga y traición se combinan en esta novela donde el protagonista José Antonio busca cristalizar sueños que terminan en nostalgias y encuentros que devienen en variantes de humor o señalan el fracaso de ese muchacho venezolano perdido en un campo de refugiados en Moldavia, que inesperadamente se presenta en un registro de la prensa que sirve para enhebrar la historia que lo asila en Rumanía.

Es novela adonde el género no esta muy claro, aunque sí el propósito. Se ambiciona apuntalar, con otro recurso al uso, promover el aterrorizante estilo televisivo propio de todas nuestras tardes caraqueñas. Adonde abunda la letra y la palabra que busca demostrar cuan despedazada, etérea, precaria, inservible, y perdida es la realidad venezolana. La obra la convierte en materia de ficción que debe servir como alimento para atizar, con buena letra, el clima político que vivimos y será engranaje y recurso electoral para una de las partes actoras de las próximas votaciones.

La pieza que nos brinda nuestra talentoso joven escritor se dirige a despreciar nuestra ciudad. Me recuerda lo que dicen al comienzo de la ópera los tres fundadores de la ciudad de Mahagonny de Bertold Brecht : -“Construimos Mahagonny porque el mundo está podrido”. Sin duda, que por extremoso es mas que un texto, una caricatura; no es una fogosa descripción sino visión fantasmal de una geografía.  De modo igual H. P. Lovecraft en «The Dunwich Horror« 1928, nos muestra otro horror de ciudad.  Sin dar respiración nos retrata a Arkham  otra villa maldita y pagana, acostumbrada a albergar entre sus habitantes personas dudosas, amantes de antiguos saberes o practicantes de brujería. No para la literatura de contarnos sobre topografías indeseables trio notable de ellas son Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm.

¿Será nuestra inmutable Ávila digno de recibir los descomedidos adjetivos que le endilga la novela y que él no se lo tome a vacilón¿. Bien sabe que él y la ciudad que protege, algunas bondades aunque mínimas posee, cuando, pintores, escritores, músicos, visitantes y poetas, buenos y hasta ramplones de él se han ocupado. Nada bueno deja una visión maniquea de nuestro villorrio.

Sin duda bien escrita, con lenguaje literario muy válido y una notable arquitectura de buena novela que estimo, recomendable, pero alerto, a quienes adquieran la obra para que sepan de antemano lo qué arrincona la trama para que no los sorprendan en su buena fe como lectores.

TRANSILVANIA UNPLUGGED, de Eduardo Sánchez Rugeles. Alfaguara. Editorial Santillana, Caracas, 2011.

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