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Cultura e imaginación

Desde un ademán hasta una conflagración, todo lo que afirmamos, negamos, dudamos, preguntamos, descubrimos o inventamos supone el tejido de las singularidades y generalidades en que se figuran las limitaciones y las posibilidades humanas. 

El curso del llegar a ser puede hacernos percibir este tejido como más o menos acogedor o intrincado, amorfo o hiperestructurado, pero nunca como ajeno a la facultad de sentir ni a las tareas del quehacer y el pensamiento. En su trama, nuestras relaciones y acciones no cesan de incidir en el tránsito que vincula lo actual con lo virtual, y viceversa. Lo que hacemos o dejamos de hacer es inherente a este proceso realizador en sus correspondientes escalas, instancias y dimensiones. Nuestras hechuras son a la vez inconclusas, condicionadas por las alternativas primarias de la realización, y abiertas al arbitrio de las opciones realizadoras que tomamos. En el tejido siempre en devenir de la existencia, nada es exclusivamente activo o pasivo, nada es sólo causa o efecto. 

Nuestro llegar a ser es algo más que los afluentes articulados en su actualización y que las secuencias espaciotemporales de su devenir. 

Así como en el sentimiento y el pensamiento, nuestra aptitud realizadora se pone a prueba cada vez que por medio de nuestros quehaceres optamos entre la actualidad realizada y la virtualidad realizable, cada vez que nos comprometemos con la reiteración, la regresión o la superación de las realizaciones previamente consumadas. Sin embargo, el devenir genérico de nuestra especie, la historia, lo que hasta ahora ha hecho es favorecer una interpenetración inarmónica del trabajo, el poder y el sentido que conlleva el predominio de lo realizado sobre lo realizable, y del trabajo y el poder sobre el sentido. 

El abismo así abierto entre el sentido minusvalorado, y el trabajo y el poder exaltados, auspicia la eficacia de un trabajo degradado y un poder coactivo. Debido a algún motivo no bien determinado por el pensamiento, pero cuyo efecto global no se puede negar sensatamente, hemos abandonado en buena parte el terreno del sentido. 

Día a día sacrificamos la facultad de significar, expresar y comunicar en los altares del trabajo envilecido, del trato instrumentalizado entre los humanos, de la agresión social a la naturaleza, y del ejercicio opresivo del poder. 

En el tránsito entre lo actual y lo virtual, la imaginación, junto con revelarnos la drasticidad de esta disyuntiva, se nos revela como el atributo que mejor armoniza la libertad con la responsabilidad frente a uno mismo, los demás y lo demás. En cuanto tal, la imaginación es refractaria al modelo instrumentalista de la vida que reduce lo real a sólo una parte de su materialidad convirtiéndolo en presa de la exacerbación del poder. También es incompatible con el modelo irracionalista de la vida que disminuye lo humano hasta donde es más ciegamente vulnerable e instaura la demencia como ideal del trato consigo mismo, y con lo demás y los demás. 

E igualmente, repele al espiritualismo que proclama la desencarnación de la vida como vía de escape ante las dificultades del vivir, al tiempo que promueve la disolución de lo humano en el mitema de la omnipotencia divina o el sofisma de la indiferenciación cósmica. 

Tal como ya hemos tenido sobradas oportunidades de comprobar, el destino pautado por el racionalismo ha sido el de la depredación universal; convivimos entre los efectos materiales y las consecuencias subjetivas del exterminio incubado por el irracionalismo; y en aras del misticismo cosmológico tendríamos que acatar una representación de la naturaleza dispuesta a dejarnos en manos de un supuesto poder salvífico carente de sustento vital. 

La hostilidad racionalista hacia una posible relación de armonía existencial entre la humanidad y la naturaleza, tanto como la inconsciencia irracionalista y la claudicación espiritualista, son a un tiempo voliciones insostenibles e ideales indeseables. 

Entonces, ¿qué futuro podría esperarle a la alternativa de valorar la imaginación, no solamente como requisito esencial de la poesía, el arte, y la filosofía sino como la posibilidad suprema de todo sentimiento, pensar, quehacer y pensamiento? Sería igualmente pertinente considerar a la tecnología como un bien regido por solicitaciones que también involucran sustancialmente a la imaginación, pero con la peculiaridad de que su simbiosis con la historia le ha sido servicial, sobre todo, a la acumulación y el ejercicio del poder retrógrado.

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