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Dalí, el genio chapucero

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Salvador Dalí Doménech, conde de Púbol, especie de prima donna de todas las ideas reaccionarias y fascistas de su tiempo, muerto hace 11 años, no fue como se ha llegado a pensar un genio de la pintura; aunque realizó bastantes esfuerzos, más de carácter escénico que pictórico, para publicitarse como tal. Ofrecía conferencias con una larga barra de pan en la cabeza, emergía de una enorme caja de regalos con un gorro de dormir y con unos bigotes de opereta para ofrecer declaraciones a la prensa siempre falaces e inoportunas: “Picasso es pintor, yo también. Picasso es Español, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco”. Explotaba gatos por los aires para tomarse fotos inusitadas y dalilianas. Se convirtió en una industria de la cosmetología y la frivolidad: perfumes, joyas, muebles y otros adminículos decorativos. Supo venderse como loco superstar. Sin vacilación ni el menor recato practicó un descarado exhibicionismo. Asumía actitudes insolentes. Vociferaba frases reaccionarias sin otra finalidad que irritar la sensibilidad de un tiempo histórico pleno de prejuicios necios y mistificaciones superfluas. Manuel Vicent escribe: “Ir de reaccionario brutal cuando todo el mundo toma papillas de izquierda le ha sido muy rentable, inmolarse como un loco o como un payaso diariamente era necesario para que el resplandor de esa hoguera cegara su esterilidad estética de pintor”.

La supuesta locura de Dalí, de rigurosa coherencia intelectual, no era un simple truco para llamar la atención, sino un mecanismo de defensa. Ser un loco extravagante, o una “singularidad de España”, según reza el decreto real que le confiere el título de marqués, le eximió siempre de asumir cualquier compromiso ético-histórico. Esta actitud de «genio», por encima del bien y el mal, le granjeó de inmediato la admiración de la derecha ilustrada, creyendo encontrar en su obra y en su cinismo los ingredientes necesarios para reforzar sus feroces ideologías de gourmets conservadores y militarizado.

Nació en Figueras en 1904. Su actitud de provocador intermitente fue tomando cuerpo desde su infancia. Siempre iba más adelante en todo y de todos. La placidez doméstica le era insoportable. Esta predisposición a romper las reglas, a salirse de la domesticidad familiar y de la normalidad cotidiana le gana su expulsión de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.

Ese carácter iconoclasta de Dalí le trajo muchos inconvenientes. Fue virtualmente expulsado de todas las instituciones y organizaciones por las cuales pasó. No obstante esta inclinación al desacato no fue nunca producto de convicciones revolucionarias. Su rebeldía era más el producto de una crianza sin privaciones convirtiéndolo en un señorito malcriado y decididamente sectario, dispuesto a rechazar los moldes sociales establecidos para ensanchar los horizontes de su espíritu individualista.

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Transcurre el año 1922 y Dalí va a vivir a la residencia de estudiantes. Allí deslumbró, con su talento histriónico, a otros jóvenes como Pepín Bello, Pedro Garfias, Eugenio Montes, Rafael Barradas, Federico García Lorca y Luis Buñuel, con estos dos últimos, uno poeta y el otro un peculiar director de cine, su relación se hace estrecha. Un aire de homosexualidad une al trío. Lorca parece prendarse de Dalí. Juntos hacen travesuras infames. En una oportunidad los tres salen disfrazados de monjas. Fuman, beben y le hacen insinuaciones escatológicas e insinuantes a los transeúntes. Cuando Juan Ramón Jiménez gana el Nóbel los tres le escriben una carta con las peores invectivas.

La relación Lorca-Dalí ha dado mucha tela para cortar. El año pasado Ian Gibson publicó “Dalí-Lorca: la pasión que no pudo ser”. Es famosa la oda del poeta al pintor: “¡Oh Salvador Dalí, de voz aceitunada/ no elogio tu imperfecto pincel adolescente/ ni tu color que ronda el color de tu tiempo,/ pero alabo tus ansias de eterno limitado”. Calvo Serraller ha escrito: “Con Lorca es con quien intima, pero su ansia feroz de ruptura sin concesiones le aproxima ideológicamente más a Luis Buñuel…”

Lorca adquiere notoriedad con su poesía. Buñuel y Dalí le recriminan dicho éxito y se producen los primeros altercados. El rompimiento definitivo se efectuará a raíz de la publicación del “Romancero Gitano”, en 1928. Tras el alcance publicitario del libro, Dalí y Buñuel cuentan entre los podridos exponentes de la literatura oficial y decadente a Lorca. Ese perro con veleidades gitanas. Desligados del poeta, Buñuel y Dalí trabajan al unísono en un proyecto cinematográfico. Dalí se enfrasca en escribir un guión y Buñuel busca el dinero para realizar un cortometraje, “Un perro andaluz”. La película despertó enseguida el repudio. Censurada, rechazada y vituperada se convirtió en un distintivo de la vanguardia y la trasgresión estética. André Bretón, impresionado, recibió a Dalí de la mano de Miró, como un surrealista, además de la película, tomó en consideración su pintura juvenil, vulgar y con imágenes trastornadas como arrancadas de los sueños y el inconsciente.

Como activista surrealista Dalí fue también demasiado lejos. A medida que Bretón asumía derroteros políticos definidos, Dalí se anarquizaba más. Su desmedido apetito por el dinero, la fama a toda costa, su decadente postura política, unida a su desmedida insumisión delirante y fanática, le valieron la expulsión del gremio surrealista, que también había devenido en una caricatura de sus primeros postulados.

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De toda esta etapa con el surrealismo lo más importante en la vida de Dalí fue su encuentro con su eterna musa y amante. Una flemática y enigmática rusa exiliada en París, Helena Deluvina Diakanoff. Mujer de temperamento fuerte, de espíritu árido e inteligencia calculadora. Su aire sofisticado y desprejuiciado sedujo de inmediato a Dalí. Aunque estaba casada con el poeta Paul Eluard, Gala percibió a Dalí como su pasaje a la fama, la fortuna y la estabilidad material que un poeta no estaba en disposición de proporcionar. Se asegura que la relación de Gala y Dalí nunca estuvo sujeta a las convenciones del amor o el sexo. Parecía más bien un contrato empresarial. De este periodo son los mejores cuadros de Dalí: “La persistencia de la memoria”, “El gran masturbador”, “Maniquí Barcelonesa”, “El Enigma de Hitler”, “Premonición de la guerra civil”, “El Enigma sin fin o El cristo Port Lligart”.

Bautizado sardónicamente por Bretón como “Avida Dollars”, Dalí inicia su peregrinaje solitario por el mundo del arte. Su teatro de operación artístico-mercantil, desde 1955 a 1975, tres escenarios claves: París, Nueva York y Port Lligart.

En esta fase el Dalí pesetero e industrioso (su trabajo artístico más que realizado para ensanchar los canones del arte busca ser una industria rentable) da rienda suelta a un místico inescrupuloso, a un católico de fachada bien administrada. Para engranar en la España católica y franquista (y no perder franquicias) Dalí y Gala se apañan a una religiosidad pastosa y de cartón piedra. El regalo que hace Dalí al Papa Pío XII, un boceto de su “Madonna de Port Lligart”, en el cual Gala posa de virgen renacentista, forma parte de toda una estrategia. Sus elogios desmesurados a Franco no son más que otra forma de granjearse adeptos para su causa: la venta de su trabajo artístico.

En 1982 muere Gala. El pintor desconsolado se encierra en el castillo de Púbol, al que tuvo prohibido entrar como una de las condiciones de la propia Gala. En sus días finales Dalí fue una sombra. Espectral y enfermo recorría Port Lligart, recordando a Gala, esa musa perversa y arrivista. El monstruo fue entrando en su ocaso sin remordimientos de ningún tipo. Jamás bajó la guardia. Lo escrito por Antoni Tápies me parece el mejor epitafio: “…aplaudir a Dalí, recuérdese, es aplaudir sólo su ideología, porque en realidad no hay otra cosa que aplaudir”.

El rimbombante vedettismo estético implantado por Dalí inaugura esa era numérica del arte como emporio, como empresa mercantil rentable. Con acierto J.J Navarro Arisa escribió: “La valía artística de la obra de Dalí—y desde luego su comportamiento ético e histórico— pueden ser puestas en tela de juicio, pero sería necio negar al pintor su enorme talento para dos artes que este siglo parecen ser cruciales para éxito de toda empresa, sobre todo las del espectáculo: la publicidad y las relaciones públicas”.

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Además de idolatría y desprecio, en igual proporción, Dalí fue el centro de un horror infantil por parte de cierto público poco enterado y que siempre ha tenido la idea que el arte es lo bello y lo sublime. Piensan que el artista tiene una misión histórica. Julio Cortázar escribió: “La función histórica de Dalí es fundamentalmente socrática, pero como un Sócrates en negativo, despreocupado de todo progreso en cualquier plano. Es el monstruo, es decir, esa excepción aparente que de golpe puede dejar al desnudo la monstruosidad disimulada de los seres normales”.

La pintura de Dalí, la que podría considerarse como la de su primera etapa surrealista, siempre pretendió ser un atentado, un acto terrorista sin más. Un puñetazo violento contra nuestra concha de hombrecitos con sentido común. Fue un bisturí que destajaba nuestros prejuicios y nuestros sueños más recónditos. Su obra posterior se inclinó más hacia el negocio. El erotismo mórbido y de pesadilla desapareció por completo de sus cuadros. Un clasicismo putrefacto se apoderó del ropaje de sus figuras. La atmósfera de sus pinturas quedó reducida a un misticismo amanerado y sospechoso. Sobresaturado de una beatería de muy mal gusto y con algunos toques forzados de surrealismo. Si ya había agotado todo su discurso pictórico, era lógico que recurriese a lo circense. Que apelara a sus cualidades de actor de reparto para venderse como genio. Necesitaba ser un bufón reaccionario y desequilibrado para esconder su esterilidad como pintor.

Todo ese malabarismo publicitario desarrollado por Dalí, en el fondo, sólo intentaba ocultar su prematura decadencia plástica (y que Bretón había profetizado con cruda clarividencia cuando dijo que desde 1936 la pintura de Dalí ya no jugaba ningún papel en la escena de la pintura viva), su profusa mediocridad como pintor; mediocridad ésta que no pudo pintarrajearse con una abundante lluvia de reconocimientos oficiales, elogios principescos, títulos nobiliarios y libros que resaltaban más sus peripecias existenciales que los valores intrínsecos de su pintura.

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La vida teatral de Salvador Dalí, cercana a la leyenda imaginativa, su perverso histrionismo, constituyen en gran medida, y sin mucha metáfora, su verdadera obra. Una última obra pintada por Dalí, “La cola de la golondrina-Serie de catástrofes” es un ejemplo palpable de todo esto. No obstante, el teatro-museo Gala-Salvador Dalí de la ciudad de Figueres es uno de los museos más visitado de España después del Prado. Contiene obras relevantes del pintor como «Muchacha de Figueres» (1926), “Carne de gallina inaugural”(1928) “Guillermo Tell” y “Gradiva” (1930), “Paisaje pagano medio” o “Apoteosis del Dólar”(1965).

El perfume Salvador Dalí, cuyo espléndido envase, una sensual boca coronada por una nariz, es uno de sus legados. Claro también están sus cuadros, su vida de folletín, su casa museo. Fue un genio a su modo. Especie de genio chapucero que más que pintar tenía necesidad de ser un personaje de la nobleza, un saltimbanqui de la banca y el negocio. Muchos artistas en la actualidad deberían tenerlo como modelo, o verse en ese espejo de hojalata bruñida y entender que los genios segundones también tiene su espacio, su centimetraje de letras en la historia de la pintura. Cada cual hace lo que puede con las palabras y con las pinceladas sobre la tela, la cuestión es ubicarse y saber que el genio también se inventa, se construye a fuerza de publicidad.

Quizá Dalí no se merecía un cometario tan desmesurado. Pero para terminar es bueno ampararse bajo la luz verbal de Cioran: “Es el individuo quien hace el arte, no el arte quien hace el individuo, como ya no es la obra lo que cuenta, sino el comentario que la sucede o la precede”.

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