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Dario Basso: Ese penoso lugar

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ESE PENOSO NO-LUGAR.

Rilke, elegías de Duinio. Y de repente en ese penoso no-lugar, de repente El lugar indecible, donde la pura escasez Incompresiblemente se transforma – rebota en aquella abundancia vacía.

Texto: Jesús Fuenmayor

Darío Alvarez Basso nació en Caracas. Sus viajes a Roma, París, la India, a Africa, a la mundana Nueva York, cuentan una historia de impulsos contradictorios, como los que sin duda enfrenta en la pintura. Preguntas cada vez más difíciles de responder como ¿por qué la pintura?, tienen una incidencia cada vez más notoria en el trabajo de este artista quien pronto expondrá otra vez entre nosotros en una muestra de pintores ibéricos entre quienes se ha destacado como uno de los más; consecuentes y adelantados desde mediados de la década pasada.

Esta, su primera individual en Venezuela, muestra el producto de una estadía lo suficientemente larga en esas costas alegres e intensas que suelen ser asociadas al exotismo y que por lo mismo representan un reto al que pocos artistas se atreven a encarar. A la ya intrincada cuestión de la pintura se une entonces está no menos espinosa: ¿puede mantenerse una diferencia tal de la prolongada tradición de pintores viajeros, de miradas impositivas, que nos permita como espectadores estar enfrente de algo distinto al canibalismo cultura¡ que ha caracterizado a esas miradas desde el legendario Teodoro DeBri?

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A la primera instancia, la de la pintura como escogencia de vida, la obra de Alvarez Basso suele responder de muy diversas maneras, a veces con meditadas maneras reflexiones, otras tantas con alaridos no menos contundentes. Achille Bonito Olivo sugiere en su texto Aníbal contra Roma, referido a la obra que el artista realizó y presentó en Roma, que ella, representa el sueño de la historia, más bien la historia que ¡e sueña a sí misma.. Aníbal contra Roma. La posibilidad del arte de poner en entredicho la ineluctibilidad del tiempo vivido y de transmutarlo en una dimensión capaz de cambiar el hecho-, en este caso lo extraordinario consiste en la afirmación de la supremacía de la forma sobre el poder, de la forma de la ética sobre el poder de la estética » Nada más tajante que concebir a la pintura como una reflexión ética. No es de extrañar que corresponda a la obra de Alvarez Basso, entonces, el siguiente comentario del crítico español Antón Castro, quien lo sitúa en el clímax de esta tensión: «Mantenerse firmes en la posición del proyecto que cada uno ha comenzado a fraguar, años antes, puede resultar una ‘antigualla’ un ir contra el tiempo del objeto y un deseo ‘absurdo’ de prolongar la agonía de la agonía de la pintura. Este pensamiento que vertebra -considero que erróneamente – una de las opciones más en vigor del arte español de la actualidad, no sólo sirve para alinearse con los lenguajes de última hora, a los que se quiere inventar una tradición inexistente, sino que falsean el sentido de los grandes proyectos de la imagen singular de su pintura, replanteada como novedad a lo largo de la historia».

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En una de las conversaciones que con él he mantenido, tuvimos un desencuentro semántico que luego ha contribuido a confirmar el acierto de esta frase de Bonito Oliva: me resultaba paradójico que alguien sumergido en el proceso de la pintura (y el dibujo) como él lo está – sumergido hasta el transe de lo performativo – hablara de su obra en términos de la búsqueda de una forma final. Esa forma final no debería ser interpretada como el fracaso del proceso, por el contrario, esa forma apunta hacia la inverosímil pero muy vigente derrota de la representación tal y como es concebida por la estética. Esa derrota que la pintura carga a cuestas se ha convertido el len motiv de la obra de Alvarez Basso y en particular del trabajo que presenta en esta exposición.

He visto a Darío a cualquier hora del día y en cualquier situación hacer una interrupción para engrosar los cuadernos que son el recuento diario del trabajo de taller que ha venido realizando desde su llegada a Venezuela el año pasado. Esos cuadernos de bocetos, como los que ha realizado para otras series de obras, son su contacto más inmediato con la forma. Al igual que algunos de los grandes pintores españoles como Miró y Tapies, esos dibujos no son meramente preparativos: cada, uno busca esa forma final. Y en cada caso (de cada serie), tanto los dibujos como sus pinturas, la búsqueda de esa forma produce un encuentro con el lugar.

 

De la serie de trabajos que aparecen a partir del viaje a la India, por ejemplo, surge un atlas en el que las imágenes de parajes reconocibles se van fundiendo en la forma (de este conjunto de collages, recuerdo en particular el de una pirámide que se confunde con una imagen de la superficie de Marte y el de una fotografía submarina cuya emulsión está exacerbada por la aplicación de colores). De la serie de obras realizadas en Roma, surgen la órbita y la cúpula, una definiendo la trayectoria de la otra a pesar de sus muy opuestas identidades con relación al movimiento.

 

 

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De la serie de obras que Alvarez Basso ha decidido presentar para esta ocasión, puedo inferir que el desgaste que produce la forma a la imagen establece la diferencia que parece tan urgente en la segunda instancia a la que hacíamos referencia al principio de esta introducción. Si algún tipo de antropofagia cultura¡ fuera pertinente invocar en este caso, al único que ahora me parece posible mencionar es al de la forma. Muchas de las piezas que conforman este conjunto han sido realizadas a través de un proceso de grabar la huella de un segmento, un vector vegetal directamente sobre el soporte. Aún cuando en un primer acercamiento las obras pudieran parecer querer sustentarse sobre el icono (en el sentido del que son buenos representantes los artistas Poli), una apariencia constituida en parte por la proyección directa del objeto sobre la bidemesionalidad pictórica, el icono real y lo ficticio (producida por esa misma impresión directa sobre el soporte), o bien por una transfiguración de su referente (la suerte de bandera tropical puesta a navegar por el artista en la selva litoralense no deja de tener un eco en la celebre versión de la bandera norteamericana de David Hammons), o bien por la naturaleza corrosiva del propio lenguaje pictórico del artista. Así mismo los dibujos pueden llegar a proponer en algunos momentos una configuración decorativa a partir de un modelo que en su registro original es a veces una hoja, un fruto, parte de un tronco. Esa configuración está acentuada en la serialidad, en los colores, en las transparencias, hasta crear esa misma tensión que distancia a la pintura de su vocación representativa, una distancia que nunca llega a borrarse por completo porque como ya dijimos es la aspiración a un desenlace de la forma y no el desenlace en sí mismo lo que aquí interesa,

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Son cientos los dibujos producidos por Alvarez Basso en el transcurso de su experiencia, la primera, con este paisaje que si bien no podemos incluir en la topografía de su memoria, de alguna manera viaja con él. Al igual que las imágenes de la India, de Roma, o de Africa, sus impresiones se conjugan en ese no-Iugar de la pintura. Un no-lugar más que de jolgorio de pesadumbres, de extrañamientos, de penas. Un espacio que más que devorar a los otros, se consume a sí mismo. Por algo son siempre los pintores los primeros en llegar. El gesto es la vía más rápida y la más, dura de todas.

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