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Del sueño de la tierra a la ensoñación de lo cotidiano Conversación con Lula Golding

Señora del fuego y la tierra, del agua y el aire; su mirada busca en el infinito la imagen de un unicornio que con sigilo y dulzura se acerca a un corazón turquesa que reposa en una silla.

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Estoy conversando con Lula Golding, quien un día descubrió que sus manos podían no sólo amasar el pan, las arepas o las tortas, sino también la tierra; igualmente, que el fuego no sólo servía para preparar manjares sino también para endurecer y dar vida a las ensoñaciones que sus manos habían modelado.

En su casa-taller Lula convive con sus sueños hechos formas terminadas o en estado de bizcocho, con sus orquídeas, bromelias, obras de arte y la traviesa Lorenza, su muy mimada e inteligente Jack Russell.

_ Lula, eres una ceramista que en los Salones de Artes del Fuego ha participado y obtenido menciones especiales y premios importantes como el Premio Ciudad de Valencia en el XXI Salón Nacional de las Artes del Fuego. Igualmente, tus obras han estado presentes en conocidas galerías de arte, tanto en exposiciones individuales como colectivas, por eso me encantaría si pudieras hablarme de tus inicios en este arte del fuego que es la cerámica.

_ Empecé sin saber en lo que me metía _me dice con sencillez Lula Golding_. Yo trabajaba en la galería de arte “El Muro” y una señora que me conocía me informó que la profesora Belén Parada estaba dictando un curso de cerámica, y que como a mí me gustaba cocinar, no me iba a importar ensuciarme las manos con arcilla.

_ ¿Cuánto tiempo hace de eso, Lula?

_ Eso fue en el año1976. Fui con una amiga al taller de la profesora Belén Parada _una de las mejores ceramistas del país_, donde lo primero que hizo la profesora fue darnos una pelota de arcilla y decirnos: « ¡Hagan con esto lo que quieran!». Nunca había tocado la arcilla y sólo modelé una cara que me quedó muy fea, pero sentí que aquello me iba a gustar… ¡Y me encantó!

_ Ese fue tu primer contacto con la arcilla, con la cerámica, pero no con las artes plásticas porque, además de trabajar en una galería de arte, sé que eres sobrina del pintor Tomás Golding.
_ Cierto, y también había estudiado pintura pero nunca había experimentado lo que sentí con el barro. El barro me atrapó desde ese primer momento pues hasta el olor me fascinó. Me gusta mucho el olor del barro, huele rico a tierra mojada.

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Es muy emocionante cuando los dedos entran en contacto con el barro, la arcilla, y es como un éxtasis cuando van brotando las formas de mis manos _continúa diciéndome Lula mientras enciende un cigarrillo y entrecierra los ojos_. Entre mis piezas y yo existe una comunión, por eso nunca he podido comercializarlas, ya que ellas forman parte de mí misma.

_ Sabes que el entrar en contacto con tus piezas terminadas o sólo quemadas; con la arcilla, el torno, el horno, no hago más que pensar en Cipriano y Martha Algor _padre e hija alfareros_, en Encontrado, su perro, en el trabajo artesanal que la familia Algor había desarrollado a través de tres generaciones en su alfarería, es decir, que todo este ambiente, y lo que sientes, lo recrea José Saramago en su extraordinaria novela La Caverna, ¿la has leído?

_ No. Pero fíjate, cuando entro en mi taller es como entrar a un templo donde me siento en paz conmigo misma. Siento que formo parte del cosmos, pues trabajo no sólo con el fuego y la tierra sino con el aire y el agua. Aquí siento un soplo divino que me lleva a dar forma real a algo que antes soñé, que dibujé.

Por eso le pido a Dios todos los días que en estos momentos tan difíciles que está viviendo Venezuela, me dé fortaleza, paciencia, inspiración, porque sin eso no puedo entrar a mi taller, no puedo crear.

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_ Entonces tu estado de ánimo es también vital para tus piezas.

_ ¡Claro!, s yo estoy de mal humor no puedo crear.

_ ¿A través de qué se hace evidente ese soplo divino que dices te lleva a modelar lo que previamente soñaste y dibujaste?

_ El olor a la tierra para mí es celestial. Soy muy telúrica, por eso me gustan las plantas, el olor de la naturaleza. Cuando entro en contacto con el olor de la arcilla inmediatamente pienso en el momento de la creación cuando Dios creo al hombre. Lo imagino tomando aquella pelota de barro entre las manos y sintiendo eso tan indescriptible que siento yo. Creo _me dice, acercándose con una pelota de arcilla en la mano_ que él también habrá dicho: «Esto es un material divino, dúctil». Por eso, cuando tengo una arcilla húmeda debo inmediatamente trabajarla, y luego la dejo secar y tengo que quemarla, ya que si le cae una gota de agua se desbarata pues está cruda y se rompe de nada. ¿Lo sabías?

_ No, lo que sé de alfarería lo leí en La Caverna de Saramago, como ya te dije.

_ ¡Ah!, entonces escucha _ enciende un cigarrillo y comienza a explicarme_: Cuando hago la primera quema, que llamamos de bizcocho, se hace siempre a baja temperatura. Se hace siempre así, aunque vaya a hacer una quema de leña, como seguro harían los alfareros de la novela que me dijiste. Sin embargo el Rakú, una técnica japonesa, se hace de manera diferente. Luego del bizcocho viene la fase de vestir la pieza con un esmalte, con una tinta, con un engobe, y ésta es la parte más difícil de la cerámica.

_ ¿Cuando le das el color?

Sí, sinceramente para mí es la más difícil. Creo que el estado más bello de la pieza es cuando está en textura de cuero, es decir, cuando está entre húmeda y seca, que la puedes bruñir y te da esa sensación de piel _me muestra una tira de arcilla en estado de cuero, la toco, y luego ella comienza a bruñirla con una cucharilla_. En cambio en estado de bizcocho pierde ese calor, y cuando la esmaltas y te sale bien, entonces te sientas horas a admirar, a disfrutar la pieza.

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_ Lula _le digo, imaginándola frente al horno con la pieza recién quemada_, creo que tú en ese momento padeces la embriaguez del demiurgo de que habla Bachelard, es decir, que experimentas la misma sensación del primer alfarero, del primer ser humano que descubrió en el fuego a un agente de transmutación, pues, gracias a las brasas ardientes pudo endurecer las formas que había modelado en la arcilla, en el barro. Además, por lo que me has dicho sobre la imposibilidad de comerciar tus piezas, creo igualmente que, como todo creador, ves en cada una de ellas al hijo recién parido.

_ ¡Sí! Tengo dos hijos y dos nietos, y es una sensación muy parecida; sólo que, por el contrario, cuando la pieza me salió mal, es terrible y va a la basura. Desde luego que eso no lo hacemos con los hijos, ¿verdad? Pero lo que sí hago es sentarme frente a ella para estudiar dónde fallé, por qué no la logré.

Para mi lo más importante es la forma y no cómo está cubierta _continúa diciéndome_, aunque lo que uno busca es la armonía entre la forma y el color y la textura. Pero, como te dije, me gusta es ese momento primigenio, antes que el viento me la seque.

Ahora, si bien es cierto que trabajo con el fuego, la tierra, el agua, el aire, más cierto todavía es lo que acabas de decir: el fuego es lo más importante en la cerámica. El horno es vital, no importa si es a leña, a gas o eléctrico. No me gusta mucho el horno eléctrico, es muy exigente. El horno a gas es sensacional. El torno también es maravilloso, te libera.

Me hubiera encantado estar en aquel primer momento cuando el hombre y la mujer primitivos descubrieron que si hacían un hueco en la tierra _dice, y sus ojos se agrandan, brillan iluminándole el rostro_, lo llenaban con leña, la encendían y quemaban las piezas, entonces éstas se convertían en vasijas, adornos, ídolos… Esas son las quemas de leña que son hermosísimas, y aún se hacen. Si pudiera quemar como los primeros ceramistas, me sentiría muy, muy feliz.

_ Háblame sobre tu proceso de creación.

_ Mis piezas nacen de mis sueños, es como una inspiración _me dice, y se queda pensando_. La inspiración es como un entusiasmo, una alegría. Cuando siento que debo participar en una confrontación o preparar una exposición, me digo: «¡Ay sí!, voy a empezar a trabajar unas piezas muy bellas». Entonces sueñas y dibujas, dibujo mucho. Pero no puedes perder la continuidad de eso, tienes que trabajar y trabajar, crear y crear. Pero como ya sabemos lo que estamos viviendo, la baja que han tenido los Salones de Artes del Fuego y las galerías de arte, entonces hago utilitarios para no perder la disciplina.

Últimamente casi no sueño porque tengo la cabeza ocupada en otros sueños que tienen que ver con el país.

Eso sí _me dice con firmeza_, aunque no esté creando grandes cosas, si no tengo arcilla en mi casa me siento como si no tuviera agua, gas, electricidad. Es algo vital para mí.

Nunca me puede faltar la arcilla, así como nunca me falta harina, azúcar y huevos para hacer tortas; además, el utilitario es muy bonito, lo tengo ahí, y sirve para regalárselo a alguien que aprecie, que valore todo cuanto hago.

_ Lula _le digo, frente a dos higos sentados en un sofá_, este sofá es realmente mágico y sobre todo, como dice Isidoro Duchase, “bello como el hallazgo fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y de un paraguas”.

_ Sí, mis piezas tienen mucho de surrealistas. Yo trabajaba en la galería de arte “Freites” y estaba indecisa sobre si debía inscribirme en un taller de escultura que dictaba el profesor Michael Mason, un escultor inglés. Entonces Edgar Sánchez, quien siempre me ayudado a tomar decisiones muy importantes en mi vida como ceramista, me dijo: «Inténtalo, ¿cómo sabes si no sirves para la escultura si nunca lo has hecho?». Me fui al taller que fue en la AVAF (Asociación Venezolana de Artistas del Fuego), y fue maravilloso. Creo que mucho de lo que soy se los debo a Mason y a Belén Parada, quien hoy es mi muy querida amiga y mi profesora.

Mason fue como un camino nuevo que se me abrió. Un día dijo: «Hoy me van a hacer una composición de frutos de la tierra». Pensé: «¡Ay Dios mío, ahorita sí es verdad…». Entonces vi frente a la sede de la AVAF un camión de venta de vegetales y me fui a comprar un pimentón, una zanahoria, un tomate, una berenjena, una cebolla. ¡Ay no, fue hermosísimo!
Me llevé todo eso al taller, pues tenía que hacer las piezas haciendo uso de todas las técnicas: torno, placa, modelado a mano.

Empecé a hacerlo y, poco a poco, fui descubriendo la belleza de los vegetales. Descubrí la hermosura de sus formas, su color. Cuando vayas al mercado _me dice emocionada_, fíjate en los vegetales y verás lo hermosísimos que son.

_Sí,también me encantan, pero sigue contándome qué hiciste.

_ Hice una mesa inclinada, que se caía por el peso de todo cuanto le coloqué encima. Yo nunca había hecho nada igual. Entonces, el profesor se quedó impresionado, con la boca abierta, y luego me dijo: «¡Qué belleza de trabajo!, tienes que seguir en esto».

Así que empecé a hacer sillas, muebles, poltronas, escritorios, con decirte que me fui a Penlam, Carolina del Norte, con una beca que me gané gracias a ese trabajo.

Sí, Josefa _ con mucho orgullo, me dice_, me gané una beca de estudiante trabajador. Trabajaba en la cocina 4 horas diarias como contraprestación por mis estudios, pero, como bien sabes, a mí me encanta también la cocina. Eso sí, un día me pasó algo muy bonito pues vino expresamente el profesor de los talleres de madera, se acercó y me dijo: «Qué lindo trabajo! ¿Sabes hacer cosas en madera?». «No profesor _le respondí_, nunca he hecho nada en madera. No trabajo ebanistería ni carpintería». «Es _me dijo_ el trabajo más hermoso que he visto».

La gente se paraba y veía mi trabajo porque es realmente una cosa diferente. No es la fruta ni los vegetales que todos conocemos (bodegones, naturalezas muertas), un tema muy trillado en arte.

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_ Sí, Lula, pero no olvides que el arte, como dice Paul Klee, “no existe para reproducir lo visible, sino para hacer visible lo que está más allá del mundo”, de ahí que tú, al juntar objetos de nuestra cotidianidad en situaciones absolutamente inusuales, logras hacer visible eso que está más allá de nuestra mirada, es decir, lo que está en las ensoñaciones, en las fantasías que pueblan nuestra duermevela.

_ ¡Claro!, es la forma como yo los sentaba en las sillas. Dos higos, que llamo “Los amigos”, están ahí, como conversando. Yo los veo como gente, y quizás estoy un poco loca (ambas nos morimos de risa). Pongo en el sofá una zanahoria reclinada y otra sentada, y las veo como dos amantes que están viendo televisión. La parte humana tiene que estar en todo, sobre todo si son unos vegetales que están sentados, acostados. Por algo están ahí…

_Lula, creo que estás creando escuela pues el otro día vi una exposición de unas esculturas, en bronce y grandes formatos, con temas muy parecidos a los de tus obras, sólo que carecían de la belleza, la textura y el color que sólo puede lograrse en cerámica.

_ No he creado escuela, como me dices, pero sí he visto las esculturas. Ahora, lo importante es que aunque te inspires en lo que sea, le pongas tu toque, tu aliento. Mi toque es lo que se me ocurrió al momento de concebir la pieza. Es ese amor y esa inspiración que tuve al crearla, y es eso lo que nota la gente sensible cuando las ve y dice: «¡Qué belleza!» Es porque están vivas…

_ Lula, hay un tema que no hemos tocado abiertamente pero que ha estado rondando toda nuestra conversación: el papel que desempeña el quehacer cultural dentro del momento histórico que vive nuestro país. ¿Crees que la crisis de gobernabilidad que padece Venezuela influye en el acontecer cultural?

_ Indudablemente. En este momento me siento decaída, como sin ánimo, por causa de todo cuanto estamos viviendo. Creo que es terrible todo lo que estamos viviendo y, desde luego, esto influye enormemente en la parte cultural. Si ves a la gente triste apática, desanimada, pasando hambre, ¿quién tiene ánimo para andar inspirado? Nadie, como tampoco nadie lo tiene para comprar arte.

Estoy muy vinculada al mundo del arte y de los marchantes, pero el país cultural es totalmente diferente al de hace algunos años. Es un retroceso terrible, pues este desfavorable ambiente en el país influye en tu creatividad y en el movimiento cultural. ¡No hay movimiento! Nada nos invita los domingos a salir a la ronda de exposiciones. Todo está como en suspenso… Estamos de capa caída, tristes.

En mi caso particular, no he vuelto a participar en el Salón de las Artes del Fuego porque está muy decaído, hoy tiene muchos errores ese Salón. Asimismo, tuve necesidad de suspender mi exposición “Sueños de la cotidianidad”. Pero todo lo haré nuevamente cuando llegue el momento, cuando la gente se sienta con ánimo para ver mis piezas expuestas.

Mira Josefa _dice, con mucha seguridad_, creo que este gobierno, este presidente y su mal llamada “revolución cultural” han sido muy negativos para el país, la cultura en general, ambiente el arte y sus creadores.

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