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El caso de Wagner, otra vez

PRIMER TEMA: MÚSICA Y ASESINATO

En Stuka, la película de propaganda nazi estrenada en 1941, un melancólico y fatigado piloto de bombardero se cura cuando una adorable enfermera de su sanatorio lo lleva al Festival de Bayreuth a escuchar El Ocaso de los Dioses. El efecto no se hace esperar. radiante de júbilo y caminando con brío, el piloto parte a descargar su explosiva artillería sobre Grecia y los Balcanes. (En tres generaciones, los alemanes han pasado de bombardear Grecia a brindarle rescate financiero para ayudarla a paliar su deuda). El Stuka (Der Sturzkampfbomber) desataba terror sónico entre sus víctimas. Una sirena pesada e inútil desde el punto de vista militar se instalaba en la nariz del avión a fin de intimidar a las tropas en tierra y a los civiles en su rápido descenso para soltar su carga explosiva. En el filme, tanto la música de Wagner como las sirenas desatan la euforia de los bombarderos en las alturas mientras acometen su mortal tarea.

La mala utilización, bajo la égida del Estado, de un legado musical para aupar o intensificar la violencia no es ninguna novedad. Históricamente, el llamado melódico a la oración ha sido de vez en cuando el exhorto estridente para matar. En la década de los noventa, los líderes hutu en Ruanda entonaban cantos mientras asesinaban a sus conciudadanos, los tutsi. Un informe de la Asociación de Médicos por los Derechos Humanos da cuenta de la manera en que esto tuvo lugar: «… los hutus… empleaban el siguiente método para matar: machetes massues (garrotes tachonados con cuchillos), hachas pequeñas, cuchillos… A muchas víctimas les cortaban el talón de Aquiles con machetes cuando huían, para inmovilizarlas y rematarlas… En 1994, en apenas seis meses, fueron masacrados unos 800.000 tutsis». Fue una guerra civil genocida, al ritmo de la música tribal. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas reconoció oficialmente como genocidio esta serie de atrocidades cometidas en 1994.

En el museo Gliptoteca de Munich, hay un gran relieve en un muro que conmemora un momento clave en el torneo de gladiadores auspiciado por el Estado. En el extremo izquierdo del relieve, músicos de pie alzan con la mano derecha a la altura de sus labios grandes instrumentos parecidos a trompetas. Es posible variar la tonalidad de los cuernos de metal por medio de un pasador colocado sobre los agujeros en el tubo central que los intérpretes pueden halar hacia atrás y hacia delante con una cuerda.

El historiador de arte y arqueólogo Raimund Wünsche, describe el momento dramático representado en esta obra inmensa: «Uno de los gladiadores ya no puede luchar más. Se tumba en el suelo y mira hacia el patrocinante o árbitro de la cruenta competencia: de la decisión que ellos tomen depende su vida. El gladiador victorioso también aguarda la señal y mira hacia el mismo sitio, con la espada en alto, en anticipación al golpe de gracia». Los músicos también esperan. Su cadencia adornará e intensificará el momento, sea de redención o aniquilación inmediata.

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