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El desentierro

La nueva pauta museográfica impuesta por el Ministro de Cultura a las instituciones museísticas caraqueñas es, por decir lo menos, una mezcla de lo mejor y lo peor de la dos megaexposiciones programas entre 2004 y 2005. La primera sacó de los depósitos todas las obras de arte venezolano para exhibirlas, según respetables proyectos curatoriales, en los principales museos capitalinos y algunos del interior, pero atropellando sus respectivos perfiles. La segunda, más bien un salón nacional, resultó un exabrupto populista por una decisión del Ministro al desconocer el dictamen de los numerosos jurados, todos funcionarios de museos, y acoger todas las obras sin importar su calidad: se impuso la inclusión demagógica. Esta segunda experiencia se repitió hasta por tres años consecutivos a través de certámenes en que se escogían diez obras por estado para encajárselas sucesivamente a la Galería de Arte Nacional, al Museo de Arte Contemporáneo y al Museo de Bellas Artes; evidentemente, en estos certámenes aunque las obras no calificaran debía cumplirse con la cantidad. Una vez más se imponía la demagogia oficial. La salida del ministro Sesto del cargo, permitió un respiro de alivio a los directivos de los museos, pero fue por poco tiempo pues lo había sucedido el segundo de a bordo, un mediocre de marca mayor; así sería que los subalternos clamaron por el regreso del hijo pródigo y el hombre vino, vio y arrasó.

Se ha querido presentar las nuevas exposiciones de la GAN, el MBA y el MAC como producto de un «desentierro» de obras desconocidas, mantenidas en resguardo por quién sabe qué razones, y se han pisoteado todos los principios de una museografía conquistada por estudios y experiencia. Y para colmo, con la pretensión de ofrecer una «lectura revolucionaria» de nuestro pasado y presente artístico, sin un solo texto que supere el párrafo recontrahecho con slogans inspirados en la propaganda electoral. La orden fue sacar todo del desván, como dicen los buhoneros «todo a cien» o «meta la mano, meta la mano»…

Cuando se trata de artes plásticas, el tratamiento lumínico y espacial varía según se exhiba pintura, obra sobre papel (dibujo, estampa, fotografía) o escultura; también inciden los formatos de cada obra y el espacio disponible. Estos principios elementales –que no es el caso explayar aquí- se han echado por la borda con tal de obedecer la orden ministerial, cuyos ejecutores, los nuevos burócratas -sin mayor experiencia en el trato de colecciones artísticas ni en la investigación del arte-, se han apresurado a cumplir con la modalidad de «curadurías colectivas», donde hasta el gato mete su patica. La premura explica la ausencia de numerosos rótulos de identificación, pero la mezcla sin sentido de obras tendría su causa en la ausencia de criterios sopesados de selección y distribución.

De las tres instituciones, la GAN fue la única en preservar una instalación acorde a su perfil de museo del arte nacional, respetando un esquema periódico y didáctico por lo menos hasta la década del cincuenta del siglo XX, con simple rotación de algunas imágenes. Si antes esta parte de la exposición se desplegaba en planta baja, ahora se trasladó a la segunda, con una cuestionable categorización política, donde se pretende hacer ver el arte colonial como «el arte del invasor», cuando toda nuestra tradición artística –salvo la indígena- es de origen occidental. En un extremo de la sala superior, ocupando un amplio espacio, se colocó la pintura de Quintana Castillo, exhibición anunciada en principio para el MBA. Sus pinturas lucen en penumbra, mientras la iluminación privilegia a las escaleras. Quien merecía el homenaje era Luís Chacón, quien murió ignorado por la GAN.*

En la primera planta, apartando las secciones dedicadas al arte constructivo y cinético, la neofiguración y el informalismo, el resto desde los setenta es una barahúnda que más recuerda una feria que una sala de museo. Bueno, lo que cupo en las paredes, con gran desperdicio de espacio para esculturas. No hay un solo sector de la colección que haya sido estudiado y escogido especialmente para esta ocasión; el lugar ideal habría sido las salas recién inauguradas y lastimosamente cedidas a la rabia, al Museo de Arte Popular con un infame Salón de convocatoria chavista, en el cual se premiaron aquellas obras que mejor se plegaban al discurso oficial.

En el MBA, todo es feria, desde que uno entra hasta el cuarto piso, a excepción de las salas de la antigua sede que si escaparon de caer en manos del Museo de la Arquitectura, no se han salvado de ser ocupadas por el Museo de Historia Nacional las veces que quiere, antes con el centenario de Cipriano Castro y ahora con una exposición entre documentalista, etnográfica y carnavalesca con motivo del Bicentenario, con escasísima presencia de las artes plásticas y abundante discurso político. En la sede moderna, los textos de sala, inexistentes, pero en las rampas uno se topa con citas de intelectuales como Mario Benedetti u Octavio Paz, reutilizables para cualquier circunstancia de momento o lugar. Hasta la inocente sor Juana Inés de la Cruz fue convocada como testigo de este despelote. Como que ya no hay investigadores sino cazadores de citas. Los museógrafos, en caso de existir, han hecho mutis de la escena o se han tragado su orgullo profesional para conservar el cargo convirtiéndose en simples montajistas, pues de otra manera no se podría explicar tanto desatino en la distribución de las obras, al estilo de los salones parisinos del siglo XIX. Sólo en la sala del tercer piso, al abandonarse el exclusivo figurativismo de las dos plantas inferiores para pasar a la abstracción, hay un descanso visual para el espectador, con un normal espaciamiento entre obra y obra, pero se retoma la feria en la última sala. Al parecer nunca hubo una lista definitiva de obras, o a la ya consignada se le fueron añadiendo otras piezas por puro arbitrio de arriba. Lo más grave contra el perfil de este museo ha sido el sacrificio, hasta nuevo aviso, de las colecciones más prestigiosas y únicas: la egipcia, la oriental, y la europea y norteamericana, para convertirse en Museo de Arte Latinoamericano, gracias al endogenismo patológico instalado en los salvadores de la patria.

Finalmente, el MAC, laberíntico y por demás invitante en sus variados espacios, luce su muy rica colección de arte internacional del siglo XX pero pecando igual en el tapuzamiento de paredes y de pisos. Espacios que exhibirían cómodamente tres esculturas monumentales (y casi todas son así), estás obstruidos con cinco o seis. También es bastante cuestionable el haber cegado la visual desde el piso superior hacia la gran sala mediante un tabique que soportaría las obras de Picasso, situadas delante de un gran Soto permanente; un pasillo que debería estar libre. Sólo porque más allacito refulge la estrella del desentierro, una litografía de Cézanne, ya exhibida en el MBA en 2006. Sin embargo, hay que reconocer un punto a favor de este museo: la sección dedicada a una serie de obras inspiradas en íconos del arte occidental, con las respectivas reproducciones del original como ilustración. También, que por lo menos hubo un intento de categorizar las diversas secciones sin pretensiones políticas como lo hicieron en el MBA y en la GAN.

Como la orden ministerial fue exponer todo lo que resistan las salas y más, el resultado no puede ser otro que un arroz con mango, más si no ha habido estudios previos, discusión, confrontación de proyectos y responsabilidades curatoriales, cuya expresión debe quedar traducida, de forma clara y didáctica, en la selección y distribución de obras, respetando sus características técnicas y de formato, y su ubicación en el espacio para su mejor lectura. No queda sino compadecer a los trabajadores de los museos sometidos a un trajín indecoroso, lesivo de todo principio museológico.

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