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El Diablo anda suelto, y nadie lo reconoce

The Ninth Gate (La última puerta)

(%=Image(5978147 ,»L»)%) El diablo anda suelto, y es de la mano de Román Polanski, el reputado cineasta polaco, quien aborda por segunda vez, el tema de lo demoníaco. Ubicando su historia dentro del mundo literario (no por casualidad, está basada en la exitosa novela de Arturo Pérez reverte El Club Dumas), y coloreándola de particulares personajes; La novena puerta tiene como tema, la antigua tentación por el mal y su conocimiento.

Pero lamentablemente, la crítica nacional ha tratado pésimamente mal, a la última obra de Polanski (Alfonso Molina en El Nacional, 30 de abril de 2000 y María Gabriela Colmenares en El Universal: Guía de la Ciudad, 4 de mayo de 2000). Y basan sus reproches, en «elementos», «juicios» y «reflexiones», que la película jamás promete y que por ende, no cumple. Obvio.

El primer reproche, el tratamiento dado al Diablo. Primero, por la simple y fácil asociación de éste con el Mal pedestre. Tanto Boris Balkan (Frank Langella), como la Sra. Telfer (Lena Olin), desean el famoso libro Las nueve puertas del reino de las sombras (escrito en 1666 por Arístides Torchia, en colaboración el mismísimo Lucifer) para acceder el poder que el conocimiento del mal, brinda. Poder que pretenden utilizar para fines terrenales (sexo y dinero). Y segundo, por la personificación femenina de Belcebú: la chica de ojos verdes (Emmanuelle Seigner); que ha sido leída como tentación sexual-pecado.

Pues bien, a mi juicio el Diablo, no es ni lo uno, ni lo otro. No es el Mal, sino más bien la falta total de creencia, de fe. Dean Corso (Johnny Depp), el personaje principal, no busca el mal, ni el poder; su recorrido es un recorrido de pérdida constante de fe, única forma de llegar al reino de las sombras, o de luz, ya que la película no garantiza que la victoria de Corso, sea la entrada en la novena puerta (y la puesta en escena corrobora esto, el final, es una iluminación, en el sentido literal del término). Pero tampoco, la presencia de la chica de ojos verdes, está asociada directamente a la figura del diablo. Ella es más bien, una entidad protectora (como una especia de ángel de la guardia), que protege a Corso de las tentaciones de los malos. De hecho, esta lectura no es gratuita, ya que en el Antiguo Testamento, la presencia del satánico, es descrita como cualquier elemento o dificultad encontrada en el camino hacia Dios. Y en este caso, la chica viene a ser más bien, un ángel de la guarda, que ayuda a Corso a «evitar» las tentaciones diabólicas.

Cabe recordar además, que la primera persona tentada por el Diablo, fue Eva, por lo que la lectura machista y patriarcal del Diablo, no tiene bases históricas certeras. De hecho, al final de recorrido de Corso (quien jamás cree que la chica sea el Diablo), aún cuando ambos personajes tengan un encuentro sexual, es Corso solo, solito, quien encuentra la luz. Es decir, la entrada al reino de las sombras (promesa básica del libro), viene dada por la Luz (¿divina?). Y si de sexo se trata, Corso también superó la prueba de la viuda Telfer.

Segundo reproche. El tratamiento genérico del tema. Al parecer, hay la creencia que el tema del diablo, tan sólo puede ser coto de caza del terror. Y como esta película es todo, menos cine de terror, entonces Polanski parte de un error a priori. Nada más falso. Primero porque en la historia del cine y la literatura, se ha abordado el tema desde múltiples lecturas (véase Las brujas de Salem, o del mismo Polanski, La danza de los vampiros, que es una gran comedia). Y segundo, porque la estructura de la misma novela, le debe todo al género policíaco; y la película le debe más, al cine negro (en cuanto a estructura narrativa) que al mismo terror (por ejemplo Fausto).

Corso es el típico detective, contratado por un agente-cliente, quien le pide iniciar una averiguación sobre determinado objeto. A esta averiguación, se le suman extrañas muertes, y como siempre, una femme fatal, que tienta al investigador, con fines nada elegantes (entonces, cualquier parecido con El halcón Maltés, no es ninguna coincidencia, y el mismo Polanski lo afirma en una entrevista de prensa). El detective va recolectando pistas, y atando cabos, hasta lograr su objetivo primigenio, con el agregado de que, durante el transcurso de su investigación, se implica más de lo que él creía, por lo que la victoria final, es una ganancia, no sólo económica, sino también profesional y personal. Y es por esta semejanza con el detective policial, que Corso debe ser un descreído para llegar a la verdad, porque es trabajo de todo aquel que investiga, no creer en nada, para poder al final, creer en todo. Y esto es lo más interesante, porque las necesidades dramáticas del género policíaco, se vinculan con el discurso temático acerca del mal. No creo en ninguna prueba, tampoco creo en el Diablo.

Otro aspecto interesante de la película, es su toque de comicidad, que hace que «nada sea creíble». En esto colabora con majestuosidad la banda sonora, la presencia de personajes como los hermanos Ceniza (personificados por el productor José López Rodero), o escenas como la fiesta-rito de la Sra. Telfer (que es una reminiscencia de la escena proveniente de Eyes wide shot, de la cual se burla descaradamente Polanski). Este toque de burla, le permite al director, situar al espectador dentro del relato, ¿por qué quien de nosotros -al igual que Corso- cree en la existencia de un libro escrito por el Diablo y que permitirá la adquisición del poder maligno? Nadie, es obvio. Y Polanski lo sabe. Por esto, la insistencia en toque cómico, que alude a lo irreal del caso, y corrobora la verosimilitud del relato.

A todo este engranaje de género y temas, hay que sumarle la estructura de «rompecabezas» propia del filme. Para poder acceder al reino de las sombras, es necesario recolectar los nueve grabados hechos por Lucifer, encontrando en cada una de las ediciones, los tres firmados con el símbolo LCF. Así, a medida que transcurre la narración, se va armando el gran puzzle que permitirá el triunfo. Y como de juegos se trata, no se podía esperar menos que una falsificación. Los hermanos ceniza, jugaron su tanto. Como bien ellos afirman, «hasta el diablo tiene sus héroes». Y de la misma forma que encajamos las piezas en el gran mapa del satanismo, así también debemos descartar a cada uno de los sospechosos, o mejor será falsos creyentes…

En fin, La novena puerta, es una de esas rara avis, a las que Polanski nos tiene acostumbrados. Quizá no sea de fácil lectura, pero el camino de la fe, nunca lo ha sido.

Notas de Producción.

Francia-España, 2000. Distribuida por Artisan (Distribuidora Fox)

Director. Román Polanski (Cuchillos en el agua, Repulsión, El bebé de Rosemary, Macbeth y Chinatow, entre otras)

Guión: Polanski y John Brownjohn (Tess, Piratas, Bitter Moon, todas con Polanski)
Dir. Fotografía: Darius Khondji (Stealing Beauty, Evita, Seven)

Diseño de Producción: Dean Tavoularis (la saga de The Godfather, Apocalypse Now)
Página Oficial: www.ninthgate.com

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