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El idiota

(%=Image(9033268,»R»)%) ¡Que idiota soy! Solemos decir cuando algo sale mal o para asegurarnos que nos vapuleamos públicamente y adelantarnos a nuestro interlocutor para que no haga chistes de lo sucedido.

¡Tù eres un idiota! Demostrará nuestra superioridad intelectual o recalcarle a quien nos espeta con su actitud o con sus verdades que está a punto de invadir nuestro sentimientos más íntimos.

¡Él es un idiota.! Perfectamente sirve para referirse a quien nos amenaza con invadir nuestro territorio amoroso o una buena manera de minimizar a quien nos ha ganado la partida o la pareja. Una excelente manera a su vez de no referirnos al par de pelotas que posee y no pecar de soez.

Pero bueno, y…¿somos idiotas? Nos preguntamos y aprovéchanos de meter en el mismo saco a todos. Que no quede nadie por fuera. Es el mejor momento para sentirnos igualados y así resultará mejor: las culpas compartidas. Veremos por supuesto si existe la posibilidad de que alguno resulte con mayor grado de compromiso y podremos endilgarle la conjugación de la segunda persona del singular.

¡Ellos son idiotas! no existe mejor definición para el grupo contrario sobretodo en tiempos de polarización y definir a aquellos seguidores que van como borregos tras las pistas indicadas por el líder.

(%=Link(«http://www.celarg.org.ve/5eventos.html»,»La cena de los idiotas»)%) refleja ese maremagnum de situaciones en las cuales nos vamos adentrando y buscando en nuestra creatividad cómo salir del paquete. Si encontramos a alguien que trabaje por nosotros sería ideal. El idiota será él y mi reputación quedará tan virgen como al principio.

Venezolanísima su vez. El culpable es el otro. Nos levantamos cada día para descubrir cual fue el pendejo que salió a la calle y sortear entonces quién se lo queda. Perfecta manera de drenar el ladroncillo que llevamos dentro y así joder al de al lado. Sea con dinero, para ser blanco de nuestras burlas o si no, dejarlo en la reserva y vacilarlo en el momento más propicio. Pasará entonces a engrosar nuestra lista de idiotas.

Su etimología, del griego “idiotes” para referirse a quien no se ocupaba de los asuntos públicos y llega hasta nosotros a través del idioma francés como “idiot”; la medicina lo usará entonces para referirse a cierto estado de retraso mental. Si tomamos como punto de partida el griego para hacer referencia sólo al hombre público, particular, me permitirá entender que siempre el otro es el idiota.

Invitar a un idiota a cenar y tener la oportunidad de darle sentido a nuestra vida nos entrepone en un enfrentamiento de nuestras verdades más oscuras, de enfrentar el regodeo de nuestras miserias y demostrarles a nuestros congéneres cuanto nos molestan o que simplemente entorpecen el aburrimiento en nuestras vidas.

¿Eres un argentino? No en la vida real.

¿Eres un detective? No en la vida real.

¿Eres un idiota? No en la vida real. Terminaría siendo la frase ideal para encerrar el paso de lo que se aproxima o como solía decir Neruda de todo cuanto a mi pecho golpea y colocarnos la máscara diaria para negarle al mundo la idiotez que nos embarga.

La sacamos a relucir cuando nos conviene, para escurrirnos ante la realidad y eludiendo responsabilidades se nos enmaraña aún más la existencia, tal como ocurre en esta obra.

Mi intención inicial no era escribir esta cantidad de peroratas. La presente tiene como objetivo hacerte llegar mi invitación a cenar el próximo miércoles. No faltes. Esta vez vamos a hacer una clasificación al estilo Tomás de Aquino: asno, crédulo, fatuo, grosero, idiota, imbécil, vacuo, inexperto, insensato, incipiente, necio, rústico, estúpido, tardío, entre otros. Estarás sentado a mi derecha.

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