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El Nacimiento del Quijote

(%=Image(5488804,»LRCN»)%)Poca gente lo ha sabido. Muy poca gente lo ha dicho. Pero es perfectamente posible que Don Quijote no haya nacido en ningún lugar de La Mancha, sino en Santiago de León de Caracas, una villa ubicada en el norte de la América del sur, en tierras que hasta 1a segunda década del siglo XIX estuvieron vinculadas a Su Muy Católica Majestad, el Rey de España.

Santiago de León de Caracas, aquella pequeña ciudad que nació bajo la sombra de una montaña cinética en 1567, se ganó el puesto de capital de provincia por varias razones: porque a los conquistadores los impresionó la majestuosidad de esa montaña, que además les ofrecía una forma de protección natural contra los piratas, porque el paisaje interno del valle les lució más familiar, más parecido a los que habían dejado allende la mar océana, y porque querían alejarse de Coro que, aunque era un sitio bellísimo, se había llenado de historias que no querían recordar, historias que los llenaban de miedo e inseguridad. Pero al poco tiempo de fundada los hechos vinieron a desmentir esta última aseveración. Corsarios ingleses tomaron la ciudad sin mayores complicaciones gracias a las indicaciones de un traidor de apellido Villapando, cuya muerte, aun cuando no hay de ello seguridad alguna, se habría producido poco después, cuando los asaltantes, en pago por sus servicios, lo colgaron en cualquier árbol recio, según Oviedo y Baños. El tal Villapando aparece en la narración de la «proeza» hecha por uno de los invasores ingleses como un hombre «débil y enfermo» que había sido capturado por los asaltantes en una carabela de la que se apropiaron en Cumaná. De la relación de Robert Davie se desprende que Villapando, luego de indicarles a los ingleses que no debían atravesar la montaña por donde los españoles tenían varios fuertes en los que cien hombres podían atajar a diez mil, no acompañó a los invasores sino se quedó esperando su liberación, que era el precio convenido por su traición. El camino misterioso, que como todos fue practicado inicialmente por los indios, parece haber sido por el Este y desembocar en Anauco. Enrique Bernardo Núñez (La Ciudad de los Techos Rojos) supone que se trata de Juan Sánchez de Villapando, a partir de un expediente levantado por Juan Fernández de León para el Consejo de Indias, cinco años antes del incidente con los ingleses. Sánchez de Villapando, según consta en dicho expediente, tuvo acceso al Registro General hecho por Diego de Losada como alcalde de Caraballeda, en el que se indicaba la existencia de varios caminos entre Caracas y la costa. Esa invasión de corsarios fue a fines de mayo de 1595, y poco menos de tres años antes el cabildo había pedido a uno de los pobladores de la pequeña villa, Hernando Sanz, que a cambio del permiso para importar mercancías en un viaje a España, trajera a Caracas una buena imagen de Santiago el Apóstol, a caballo y con su espada y los debidos ornamentos, que no debe haber sido muy útil ese 29 de mayo, cuando los piratas ingleses al mando de Amyas Preston, secuaz de Walter Raleigh (a quien los españoles, con su eterna incapacidad para pronunciar lenguas extranjeras, llamaban «Milor Guatarral») se hicieron fuertes en el templo (esquina de La Torre) y las casas reales (esquina de Principal), luego de una prequijotesca escaramuza en la que cayó muerto el nobilísimo caballero Alonso Andrea de Ledesma, de cincuenta y ocho años (que en ese tiempo se tenía por la edad de un anciano al borde de la muerte) montado sobre un viejo rocín y cubierto con una armadura oxidada de orines y un bacinete a manera de yelmo. ¿No hay algo demasiado familiar en esa imagen? El villorrio tenía apenas veintiocho años de fundado y teóricamente era segurísimo, pero ya los ingleses daban muestras de una astucia que poco después los colocó a la cabeza del mundo. Don Alonso Andrea, llamado “de Ledesma” por ser de una ilustre familia de la villa de Ledesma, en la provincia de Salamanca, fue uno de los primeros conquistadores y pobladores del valle de Caracas, a donde llegó con Diego de Losada. Había nacido en 1536 ó 1537, y a los 21 ó 22 años, junto con su hermano, Tomé de Ledesma, se embarcó con armas y caballos hacia el Nuevo Mundo. Luego de un período en Santo Domingo, estuvo entre los que acompañaron a Juan de Carvajal (el Conquistador que fundó El Tocuyo y se hizo famoso por colgar a muchos cristianos en una ceiba, que finalmente se convirtió en su propio cadalso cuando lo juzgaron y lo condenaron por sus muchos crímenes) a Coro, y también con Carvajal fue de los primeros pobladores de El Tocuyo, en donde se casó con Francisca Matheos, hija de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. La pareja tuvo muchos hijos, y entre sus descendientes están Cristóbal Mendoza, primer presidente de Venezuela, y Simón Bolívar, el Libertador de Venezuela y otros países del norte de la América del Sur. Acompañó a Diego García de Paredes a fundar la ciudad de Trujillo de Venezuela, en 1557, y también con García de Paredes estuvo entre los que acabaron con la aventura del Tirano Aguirre, célebre aventurero que pobló de muerte y leyendas buena parte del territorio americano. En 1564 viajó con Diego de Losada a ocupar los pagos de los indios Caracas, en donde se estableció definitivamente hasta el día de su muerte, que fue el 29 de mayo de 1595, poco tiempo antes de que la mente de Cervantes crease aquel personaje que tanto se parece a él, excepto en el hecho de que don Alonso, el de la vida real, murió en desigual combate y en defensa de un espacio que no quería en manos de piratas, sino de gente honorable, como él, como sus descendientes. Su muerte impresionó vivamente hasta a los propios piratas que lo mataron de un tiro de arcabuz en la cabeza. El jefe de los asaltantes, Amyas Preston, luego de la heroica muerte de don Alonso, y de sus curiosas exequias (los invasores lo cargaron sobre su escudo y le rindieron honores de héroe), se alojó en la casa de los gobernadores, que acababan de construir en la esquina de Principal para evitar que el Ayuntamiento tuviera que reunirse en la casa particular de uno de sus miembros, o del propio gobernador. Allí fijó un «rescate» de treinta mil ducados, pero los vecinos (Preston no pudo verlos ni hablar con ellos, sino con un representante, pues casi todos huyeron a los montes cercanos con las posesiones más valiosas que podían cargar) eran pobres y avaros, y después de mucho dudarlo, hicieron una contraoferta que el inglés debe haber considerado ofensiva: cuatro mil ducados. La rechazó de plano, y le dio al comisionado una moneda de dos peniques para que los otros tuvieran que creerle que sí se habían visto. El 2 de junio, luego de nuevas y arduas (y, por supuesto, infructuosas) discusiones, los ingleses dieron un ultimátum: si el 3, a mediodía, no tenían los piratas los treinta mil ducados, el 5 no tendrían los habitantes de Santiago de León su ciudad. Ya un indio le había asegurado a Preston que los ladinos españoles, con el regateo, no hacían otra cosa que ganar tiempo, en espera del auxilio que desde el principio pidieron a poblaciones cercanas, por lo que el asaltante, molesto porque el esfuerzo había sido casi en vano, y porque pensaba que los españoles había tratado de jugarle sucio, se retiró luego de destruir todo lo que pudo destruir y quemar todo cuanto pudo quemar. Salieron por donde mismo entraron, y no por el camino fortificado, ese que los caraqueños de hoy llaman «de los Castillitos», que fue en donde los piratas, desde la distancia, encontraron «formidables» las defensas de los caraqueños. Lástima que fueran inútiles ante el asalto de los piratas que como única resistencia encontraron el heroico y personalísimo sacrificio del anciano hidalgo don Alonso Andrea de Ledesma, que murió en la hazaña.

Es posible que no sea mera especulación el relacionar la muerte de Alonso Andrea de Ledesma con el nacimiento de Don Quijote. Los hechos americanos se comentaban entonces a viva voz en Sevilla o en Madrid o en cualquier lugar de España, y una hazaña tan inútil y tan española como la de Ledesma no puede haberse ignorado en su momento, y mucho menos en Sevilla, en donde Cervantes vivió entre 1587 y 1602, y desde donde, cinco años justos antes de la muerte de Ledesma, el 21 de mayo de 1590 se dirigió por escrito al Consejo de Indias en busca de «un oficio» en América, que no consiguió. Es un hecho demostrado que, poco después de la muerte de Ledesma, cuando con toda probabilidad llegó a Sevilla la crónica del hecho narrada por Gaspar de Silva, Miguel de Cervantes estaba en la ciudad. “Se sabe que Cervantes estaba en Toledo -cuenta uno de los mejores biógrafos de don Miguel- el 19 de mayo (de 1595) (…) Probablemente hacia el final del mes llegaron noticias de Sevilla: Freire, se le dijo, había quebrado y se había fugado con 60.000 ducados, incluidos los aproximadamente 670 ducados que le había depositado Cervantes. (…) Las noticias hicieron que Cervantes se apresurara a ir a Sevilla, donde se encontró con que los acreedores de Freire ya habían cerrado filas en torno a la ruina. (…) El regreso a Sevilla forzó a Cervantes a través del pavoroso calor de agosto.” (Byron, William, CERVANTES: A BIOGRAPHY, Doubleday & Company Inc., Garden City, New York, USA, 1978, p. 379) ¡Y en agosto llegaron a las calles sevillanas las noticias de la muerte de Ledesma en Caracas! Dos años después, en 1597 se produjo su primera reclusión en la cárcel de Sevilla, «en donde toda incomodidad tiene su asiento» y «se engendró» el Quijote. Don Miguel, que debe haberse maravillado, como mucha gente en aquellos días, con la noticia narrada por el hijo de Garcí González de Silva, no estaba preso por algún lance de honor o por razones relacionadas con la vida de un hidalgo, sino por haberle confiado fondos públicos a Simón Freire de Lima, el banquero que quebró y lo dejó al descubierto, hecho ocurrido poco después de que en mayo de 1595, es decir, días antes del sacrificio de Ledesma, se le otorgara -a Cervantes, claro- un premio literario (tres cucharas de plata) en una justa poética en honor a San Jacinto, en Zaragoza. Laureado, con deseos de ir a Nueva Granada o a La Paz o a Guatemala, seguramente leía hasta con ansiedad todo cuanto pudiera de aquel mundo al que no pudo ir y del que escribió en 1600, en El celoso extremeño cosas terribles: “Viéndose pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”, son los términos que utiliza Cervantes para describir la América española en El celoso extremeño, escrita posiblemente en 1600, y terminada en 1606, como para justificar ante sí mismo la frustración de haberse quedado de ese lado de la mar océana. Así debe haberse topado con el relato que del extraño suceso hizo Gaspar de Silva, en el que dice en un lenguaje que tiene mucho del tiempo de don Miguel de Cervantes Saavedra «que sabe este testigo y vido cómo el dicho capitán, como tal y siendo, como era, tan gran señor, le embistió al enemigo inglés a caballo, con su lanza y adarga, y andando gran rato escaramuzando entre ellos como tan valiente soldado y servidor de Su Majestad, le dieron un balazo que lo mataron, y cayó muerto de su caballo…”. Hay en la escena demasiado de arremeter contra molinos de viento o contra una tropa de ovejas como para no pensar en claras similitudes. Lo cierto es que los ingleses, admirados por al valor del veterano héroe, premiaron su hazaña colocando el cadáver sobre su escudo y rindiéndole toda clase de honores, a pesar de las circunstancias en que se hallaban en el lugar. ¿Podría haber algo más parecido a lo que pocos años después publicó Cervantes? Además, a don Miguel bien podría haberle llamado la atención el nombre del héroe muerto, pues no debía serle en absoluto desconocido: como todos los poetas de su tiempo, don Miguel tenía que estar enterado de la existencia del poeta segoviano Alonso de Ledesma (1562-1623) iniciador del conceptismo en España. Como puede verse, hay demasiadas coincidencias que avalan esta hipótesis y la hacen definitivamente plausible. Y la hipótesis del origen caraqueño de Don Quijote se hace más atractiva cuando se cae en cuenta de que quienes viajaron a Venezuela no fueron los nobles, sino delincuentes que pagaban penas o desesperados capaces de cualquier cosa, o los descendientes de antiguos caballeros e hidalgos venidos a menos, como el propio Don Quijote de la Mancha (a quien, además, Cervantes llamó don Alonso, que es el mismo nombre de pila de Ledesma), con su escudilla vacía y sus sueños partidos, que en muy poco o nada se diferenciaba de todos, o de casi todos los que fundaron ciudades y recorrieron llanos y montañas en esta Tierra de Gracia. Recuérdese, además, que siempre existió una doble comunicación, de ida y vuelta, entre la España de Cervantes y la América de Ledesma: en América, por ejemplo, no lejos de Caracas, se le cambió el nombre a un sitio para llamarlo La Victoria, en honor a la victoria obtenida entre otros por don Miguel en la batalla de Lepanto. De manera que es mucho más que posible que la idea, el personaje de Don Quijote, le haya llegado a Cervantes desde Santiago de León de Caracas.

En consecuencia, deberíamos empezar a decir que la brevísima gesta de Ledesma no es cervantina, sino la larguísima del Quijote fue ledesmina

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