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El Paraiso Partido: El gobierno de papel

No todo en la Historia de Venezuela ha sido solemne y trascendente, como pretenden algunos historiadores, que más que historiadores suelen ser novelistas sin imaginación. Ha habido más de un capítulo interesante, divertido e intrascendente, que por lo general ha caído en manos de algunos novelistas, que suelen ser historiadores con imaginación. Uno de ellos podría ser, sin duda, el tiempo en que actuó y vivió en Caracas don Juan de Pimentel, fundador de una de las familias más ilustres e ingeniosas de la capital venezolana.

Don Juan de Pimentel, que tal como Diego de Losada era zamorano y caballero de la Orden de Santiago, además de descendiente de los antiguos condes de Benavente, llegó a las costas de Caraballeda el 8 de mayo de 1576. Fue el primer gobernador y capitán general que, en lugar de establecerse en Coro lo hizo en Santiago de León de Caracas, que tenía nueve años de fundada. Se ocupó de enviar a España en 1578 una detallada descripción del sitio, que acompañó con un croquis que se conserva aún en el Archivo de Indias, en Sevilla.

Es de notar que en ese el primer plano que se conoce de Caracas, don Juan de Pimentel ubicó en lo que hoy es la esquina de Principal, dos casas (una en donde está la Casa Amarilla y otra en donde está el Teatro Principal) y el cabildo («Casas Cabildo», dice con toda claridad), además, naturalmente, de la Plaza que es el centro de la aldea. Parecería que al anotar la leyenda “Casas Cabildo», don Juan de Pimentel estaría inaugurando una práctica que ha sido más o menos constante desde entonces y hasta nuestros días en Caracas, o en Venezuela, o en toda nuestra América humana: gobernar para el papel. No importa lo que se haga, sino lo que se dice que se ha hecho. Total, si yo como gobernante digo que he limpiado de maleza el cerro tal, aun cuando no lo he limpiado, los únicos que saben que dije una mentira son los que viven en el cerro tal; todos los demás, incluyendo los que están por encima de mí en jerarquía, tienden a creer, a pie juntillas, que yo limpié de malezas el cerro tal. Aún hoy, cuando los medios de comunicación de masas permiten que todo el mundo pueda ver el cerro tal, tal como está, lleno de maleza, se sigue practicando ese sistema de desgobierno, que entre nosotros queda documentado en el informe (y en el plano) de don Juan de Pimentel.

Pimentel, sin embargo, tiene muchos méritos ciertos. Convirtió a Santiago de León de Caracas en cabeza de provincia, creó los Archivos del Ayuntamiento y los Registros Eclesiásticos y elevó, en general, el nivel político y administrativo de la provincia de Venezuela (Ver: Sucre, Luis Alberto, Op. Cit, pp. 72-78). En realidad, el honor de haber inaugurado el gobierno de papel debe pertenecer con toda propiedad al Almirante Cristóbal Colón, que fantaseó a más y mejor en sus informes a los reyes, al extremo de reseñar que en esta Tierra de Gracia estaba nada menos que el Paraíso Terrenal, el Edén de la Biblia y otros hechos absolutamente dichos en serio aunque parezca otra cosa. Pero lo cierto es que en 1589, diez u once años después de hecho el plano, esas casas no las había. El mismo Juan de Pimentel, que por lo demás era un hombre honorable e hizo cuanto pudo por la ciudad antes de enviudar y abrazar la carrera eclesiástica, en el documento que ilustró con el croquis de referencia, el 23 de diciembre de 1578, al hablar de la pequeña ciudad y sus edificaciones, informaba al rey que
El edificio de las casas de esta ciudad a sido y es de madera, palos hincados y cubiertas de paja las más que ay agora en esta ciudad de Santiago son de tapias sin alto ninguno y cubiertas de cogollos de cañas de dos u tres años a esta parte se a comencado a labrar tres o cuatro casas de piedra y ladrillo y cal y tapería con sus altos cubiertos de teja son rrazonables y están acabadas la Iglesia y tres casas desta manera y los materiales los ay aquí en nuestra señora de Caravalleda todas sus casas pajizas con palos no ay tapería (Citado por Enrique Bernardo Núñez, Op. Cit., Nota 10, p. 28).

Y de muchos otros testimonios se desprende que ni siquiera como viles construcciones “de madera, palos hincados y cubiertas de paja” se había completado edificación alguna en el sitio en que Pimentel ubicó las Casas de Cabildo, que sólo existían en su imaginación. Las reuniones de las autoridades locales, a pesar de la prohibición expresa que en tal sentido estaba vigente, se celebraban en la casa del gobernador por “no aver casas de cabildo” (Núñez, Enrique Bernardo, Op. Cit., p. 29). Unos dieciséis años después, en 1595, sí había casa de los gobernadores: en ella se alojó el pirata Preston, justamente en la esquina de Principal, y la edificación estaba allí todavía el 11 de junio, cuando el devastador terremoto de 1641, puesto que la casa de los gobernadores figuró entre las caídas. Pasados once años se inició, según los informes al rey, su reconstrucción. Falta saber si no se trataba de otra acción de gobierno para el papel, pues la próxima información que se tiene es que, más o menos cien años después, en el sitio lo que había era ruinas. La edificación fue desmantelada del todo en 1763, porque se había convertido en guarida de alimañas. Prácticamente, en lo que sin saberlo ellos podría ser una horrible metáfora: el lugar destinado a gobierno de la ciudad se había convertido en el basurero público, en el que los habitantes, embozados, echaban los desperdicios y lo que ya no les podía ser útil. Tal como ahora, los menesterosos iban al sitio a buscar, entre la basura, algo que si bien a los privilegiados ya les era inútil, a ellos podría servirles todavía. Debe haber sido por eso por lo que las autoridades decidieron limpiar la parcela y sacar los escombros del sitio. Los menesterosos, además de ser un duro golpe a la conciencia de quienes gobiernan y no han podido solucionar el problema de la pobreza, son siempre antiestéticos. Lo único que se conservó fue un espacio, compuesto por tres piezas techadas, que se usaba para guardar ciertos elementos que se sacaban el día de Corpus. También, quién sabe por qué, se ordenó que se preservara el antiguo portón, que a pesar de estar a la intemperie no se había destruido del todo. Hoy en día podría pensarse que se resguardaba para los ojos de los turistas. En aquel momento debe haber tenido su no demolición algo que ver con el gobierno de papel.

Por cierto que don Pimentel, luego de dejar el gobierno, se quedó en Caracas, y algún tiempo después emprendió amores con la hija de su sucesor, y se casó con ella no sólo por amor, sino porque había saltado la tapia de su casa, literalmente. El hecho es que fue sorprendido una noche saliendo subrepticiamente de la residencia del gobernador y obligado a contraer matrimonio. Obligado a pesar de que en realidad quería hacerlo, pero don Luis de Rojas, el padre de la novia, sentía horror por Caracas. Debe haber sido un truco de don Juan, a pesar del nombre, para obligar al padre de la novia a que lo obligara a casarse con su hija, lo cual, de nuevo, bien podría ser el tema de una novela.

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