Entretenimiento

El Preludio de La Alborada

El Paraíso Desperdiciado

Parecería que uno de los objetivos de la “Aclamación” es el de enterrar la cabeza, como los avestruces, ante la realidad del país. Ruptura de relaciones diplomáticas con Colombia, suspensión de servicios a causa de la deuda pública, una imagen horrible fuera de las fronteras. Todo conforma un cuadro nada halagüeño mientras se gastan recursos enormes en aquella absurda y falaz fiesta colectiva, en aquel “plebiscito” que anuncia, agorero, una caricatura que se producirá algo más de medio siglo después. Fiestas, óperas, arcos de triunfo, estreno de valses, toda una explosión de alegrías que no dicen nada. Ni podrán evitar lo que ya está en marcha.

No es sólo la caída política, sino la física de Castro, lo que aquellas falsas fiestas no podrán disimular. El doctor José Rafael Revenga, médico de cabecera del pequeño dictador, se volvió uno de los hombres más poderosos del país. A comienzos de agosto ya no era posible disimular que el hombre tenía los riñones en muy mal estado. Producto de sus excesos y sus locuras. Fue a Macuto a buscar una salud que lo había abandonado. Revenga lo acompañaba, e hizo viajar a Macuto varias veces a los mejores médicos disponibles. La economía de la nación se paralizaba día a día. Dependía en buena parte de la bacinica del señor presidente de la república. La política también. Y empezaron a perfilarse candidaturas, por si acaso. Gracias a la actitud altiva y digna de doña Zoila, Juan Vicente Gómez crecía. Cuando los ambiciosos y serviles se quedaban afuera porque el presidente no atendía a nadie, el compadre estaba adentro conversando con la señora. A Gómez, sin duda, lo había picado ya la extraña ponzoña que riega en las venas la ambición y hace que los hombres cambien, que se conviertan en personas distintas, capaces de traicionar a sus propias madres por alcanzar esa tal “gloria” que los hace verse héroes invencibles.
Había ya una guerra soterrada con múltiples formas de desarrollarse. Los tachirenses, quiérase o no, o son castristas o son gomistas. Y los demás tendrán que seguir a quien gane la guerra.
La fractura andina se hará ya inevitable, y hasta definitiva, con el llamado Movimiento de la Conjura. Porque es entonces cuando extraños hacen quebrar una amistad de años y siembran la desconfianza y hasta el odio entre dos compadres paisanos y coetáneos, que hasta entonces se habían complementado a la perfección. Los “conjurados” se han propuesto conseguir que, en caso de que falle la augusta ciencia de Revenga, no sea Gómez el sucesor de Castro, sino Panchito Alcántara. Los principales alentadores del movimiento, además de Panchito, son el propio Revenga y Román Delgado Chalbaud.
Las cosas se complican más aún con el asesinato del gobernador del Distrito Federal, Luis Mata Illas, margariteño nacido en 1865, que era médico y fue cónsul de Venezuela en Cúcuta cuando Castro estuvo exiliado, ocasión en la que se hicieron amigos. Después de ocupar varios cargos, entre los que llama la atención el que haya sido ministro de Obras Públicas, fue nombrado gobernador de Caracas. Fue uno de los más activos organizadores de la Aclamación de Castro, y quizá por ello lo buscó en un botiquín de Puente hierro Eustoquio Gómez, que gritaba vivas a su primo. Después de matar al gobernador, el primo del Vicepresidente, acompañado por una nutrida escolta de tachirenses armados, se fugó por los lados de El Valle. Poco después fue capturado y condenado a quince años de prisión, pero apenas estuvo en La Rotunda algo más de dos. Fue liberado por su primo hermano en 1909, mediante en viejo y actual recurso de influir en una decisión de la Corte Suprema (que anuló el veredicto de primera instancia) y con el nombre de Evaristo Prato, quedó encargado de una lóbrega prisión del Zulia, el famoso Castillo de San Carlos. Tales fueron sus desafueros, que debió dejar el cargo y refugiarse en Maracaibo. Luego será gobernador del Táchira, la tierra de los Gómez, en donde paralelamente hizo un gobierno de algún progreso material y de la más feroz represión, al extremo de que nuevamente su primo debió separarlo del cargo. En 1929, a raíz del alzamiento del general José Rafael Gabaldón, fue nombrado gobernador de Lara con instrucciones de no dejar títere con gorra. A la muerte de su primo, fue protagonista de uno de los hechos más importantes de aquel momento, del que hablaremos a su debido tiempo. En aquel febrero de 1907, al Gobernador Mata Illas lo sustituyó inmediatamente su segundo, el general Domingo Antonio Carvajal, que murió de un infarto a las pocas horas, en pleno velorio de su antecesor, por lo que el Gobierno designó Gobernador al Doctor Ángel Carnevali Monreal (que moriría preso en La Rotunda muchos años después). Circuló entonces en Caracas una divertida copla de humor negro, que decía: Mataron a Mata Illas / y se murió Carvajal; / y tenemos en capilla / a Carnevali Monreal.
Y quizá haya sido producto de aquel florecimiento de violencia la decisión radical de Castro de hacerse operar. El 9 de febrero de 1907 los doctores Pablo Acosta, José Antonio Baldó, Adolfo Bueno, Eduardo Celis, Lino Antonio Clemente, David Lobo y José Rafael Revenga tomaron en sus asépticas manos la vida de la nación. Con éxito. Pero apenas tres días después el enfermo decreta su propia muerte política cuando ordena, desde su cama el asesinato del general Antonio Paredes, el único enemigo que no le ha pedido cuartel, que ha sido apresado con quince oficiales en El Rosario, cerca de Morichal Largo, por los lados del Orinoco. Un extraño telegrama que dice DECADACTILO, UTERINO, DATA, INMINENCIA, OREBEL, DEBILMENTE, FUSTE, ABADEJO, PARURO, HUSMEO, SUBCLASE, OFRECIMIENTO. Aviseme recibo. HUSMEO CUÑA. D. y F. Cipriano Castro, fechado el 13 de febrero de 1907 se va a convertir poco después en la prueba central de que el presidente ordenó el asesinato. Vertido a lenguaje abierto el telegrama dice: Debe usted dar inmediatamente orden de fusilar a Paredes y su oficialidad. Avíseme recibo. Y cumplimiento. D. y F. Cipriano Castro. Otro telegrama miente al pretender que Paredes y los suyos intentaron escapar y murieron en el intento, como para ratificar que había culpa en quienes los mataron. Héctor Luis Paredes, hermano del general asesinado, no le tiene miedo al que mató a su hermano y se convierte en tenaz acusador del Cabito. En cierta forma se logra un equilibrio ante la historia, porque si valencianos fueron los del triste “Círculo” que encumbraron y desviaron a Castro, valencianos eran los hermanos Paredes, que desde un círculo de valentía lo bajaron de su ridículo pedestal. Y en ese camino, la figura de Juan Vicente Gómez empieza a crecer como el anti-Castro. Poco más de un mes después de su operación, el 18 de marzo, Castro está de nuevo en Miraflores. Pero en verdad no ha recuperado la salud. Ni la física ni la espiritual. Según Picón Salas, “parece un neurótico personaje de Suetonio; un César enfermo de fiebre y hastío.” Quizá lo persigue la maldición de Antonio Paredes. Pronto se formaliza la acusación ante la Corte Federal y de Casación contra Cipriano Castro “por el homicidio intencional ejecutado en la persona del general Antonio Paredes y de varios individuos de tropa en la madrugada del 15 de febrero de 1907.” Manuel Paredes, otro hermano de Antonio, lleva adelante el proceso, en el que se probará más allá de toda duda la culpabilidad de Castro, aunque formalmente no se le haga pagar condena alguna, salvo el terrible fracaso que desde entonces le pesará como un Potosí sobre su exilada y enferma cabeza.
No hay que perder de vista que Castro, lejos de representar un cambio de rumbo de la Venezuela del fin del siglo XIX, es la exacerbación de todos los vicios que tanto daño le habían hecho al país. No sólo no cumplió con aquellos de “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, sino que todo lo que hizo fue ratificar y hasta aumentar lo viejo. El sencillo y centrado Juan Vicente Gómez se fue convirtiendo, poco a poco, en algo así como la antítesis de Castro, y ello explicado mucho de lo que pasó entonces.
Pésimas relaciones con el extranjero, un brote de peste bubónica, la supuración renal de Castro, jalonan el año de 1908. Parecería como si su buena suerte se hubiera alejado para siempre. Doña Zoila insiste en que su marido debe ir a buscar salud a otras latitudes y dejar al compadre, que es andino y no centrano, a cargo de la ponzoñosa silla. Cuidándosela para cuando regrese ya curado. Y el 24 de noviembre de 1908, a bordo del buque francés “Guadaluope”, el Cabito parte rumbo a Europa. A despedirlo baja hasta el “Zig-Zag” de la carretera el compadre Juan Vicente. El Cabito ha dejado públicamente sus instrucciones: “Rodeadlo y prestadle vuestra consideración como si fuera a mí mismo, y habréis cumplido con vuestro deber.” Gómez, de quien se afirmaba que cuando un tachirense iba a quejarse de algo que le habían hecho Castro o los “centranos” le decía: “Esta la ganamos de a pa’trás, ya las ganaremos de a pa’lante”, el 19 de diciembre de 1908, cuando se completó el proceso de desplazamiento de su compadre, las ganó todas de a pa’lante. La excusa, si es que la hubo, fue un telegrama apócrifo que se dijo le había dirigido Castro a Pedro María Cárdenas, gobernador del Distrito Federal, con un texto que, evidentemente, no se parece a los de Castro: La culebra se mata por la cabeza. Todo indica que en ningún momento Castro envió el mensaje, y aun si lo hubiese enviado, ¿por qué ese refrán tan común y campesino tenía que ser una orden para que se asesinara a Gómez? Se ha dicho que quien dirigió aquella conspiración, quien llevó de la mano a Juan Vicente Gómez a la silla, fue su tío José Rosario García Bustamante, cucuteño, hijo legítimo de su abuelo paterno, abogado y sibilino, y tres años menor que su sobrino, puesto que nació en Cúcuta en 1860. Fue buen asesor de Gómez, aunque posiblemente se haya exagerado en cuanto a la influencia que en realidad ejerció. Pero, en cualquier caso, parece ser que sí fue él quien inventó el famoso telegrama ofidio.
Cierto o falso el telegrama, real o imaginaria la amenaza de Castro, Juan Vicente Gómez, compadre, amigo y sucesor de Castro que apartó del camino con muchas dudas, el 19 de diciembre de 1908 a su amigo, compadre y antecesor. Seis días antes, como parte de ese proceso hamletiano y en medio de las presiones que lo conminaban a dar el gran paso, prácticamente fue obligado a salir al balcón de la Casa Amarilla porque en la plaza el pueblo se había concentrado para auparlo y a rechazar al viajero, y que entonces pronunció el discurso más breve que haya dicho un político en Venezuela. La parquedad del discurso (¡Pues cómo le parece a los amigos que el pueblo está callado!, según Pocaterra, o El pueblo está en calma, el pueblo está tranquilo, según otros (Manuel Caballero), puede haberse debido a esas dudas, a ese no decidirse a darle el zarpazo a Castro, no sólo porque era su amigo y su compadre, su pariente espiritual, sino porque no dejaba de tenerle respeto a la habilidad de aquel que sabía capaz de urdir cualquier trama, y todo podía ser una celada. “El pueblo está callado”, o “el pueblo está tranquilo”, aun cuando Leopoldo Baptista y Juan Pietri hacían de Madariagas e incitaban a ese pueblo a manifestar el apoyo que ellos aseguraban tener, bien podría indicar que no veía ese entusiasmo del que le habían hablado los conspiradores. Los testimonios que hay sobre el momento no son muy de confiar y es algo que no podrá saberse jamás, pero que fue, como dice Manuel Caballero “uno de esos momentos decisivos en los que nadie quiere decidirse.” Dado el golpe, ganado todo de a pa’lante, para facilitar el reconocimiento exterior, discretamente hace llegar a la Corte Suprema el material sobre el intento de asesinato dispuesto por Castro y acelera el proceso que se le sigue al viajero de Berlín por el asesinato de Antonio Paredes. La Corte (no será la primera ni la última vez) obedece al jefe del ejecutivo y pronto la destitución de Castro estaría arropada por un manto de legalidad. Y hasta se le dictará auto de detención al hombre de los riñones supurantes, que ya ha sido suspendido del cargo de presidente, por el homicidio del honorable y valiente general asesinado en el Orinoco.
Consumado todo, mucha gente creyó que la luz había vuelto al país, entre ellos Rómulo Gallegos, sus amigos, y el gobierno de los Estados Unidos. En el Superego de los venezolanos había un rechazo al militarismo (Ya Venezuela no quiere guerra / porque esta tierra se va a arruinar…), y a Gómez, a pesar de su título de general, no se le percibía como un militar, sino como una ganadero, una hacendado parco en palabras y fértil en hijos (97, y hasta 100, dicen que tuvo, y llevaba un registro casi contable de todas las mujeres con las que tuvo relaciones, indicando en cada caso los hijos que le habían dado), la contrafigura de Castro, que desde entonces y hasta su muerte, que fue en Santurce, Puerto Rico, el 5 de diciembre de 1924, vagó como un ánima en pena perseguido por la saña de los norteamericanos, los europeos y su compadre y trató por todos los medios de explicarse, de hacerse ver como el que quiso salvar a la América humana sin que lo dejaran.
Y en verdad los primeros días de Gómez fueron de equilibrio y hasta de luz. Por esas extrañas piruetas de la política, en su primer gabinete había viejos castristas, viejos gomistas, liberales amarillos, mochistas, personajes de la “Revolución Libertadora” y hasta integrantes de la célebre “Conjura” (nada menos que Panchito Alcántara). Bien se podía hablar de una auténtica reconciliación nacional que se hacía, además, en medio de un ambiente de libertad de prensa y de tolerancia. Volvían los exilados, salían los presos de las cárceles. Todo era sonrisas. Se conjugaban el deseo de paz (Ya Venezuela no quiere guerra…) y el contraste de personalidades existente entre Gómez y Castro.
Prácticamente todo el mundo estaba convencido de que Venezuela había logrado la perfección: el gobierno de un padre sabio y bondadoso. Pocos, muy pocos, fueron los capaces de prever lo que se les venía encima.
La Alborada, que fue como calificaron Rómulo Gallegos y sus amigos aquella Luna de miel inicial, pronto se convertirá en antesala del infierno, cuando el hacendado, el kulak de La Mulera, haga del país su feudo.
La diosa Caudilla, llamada también Ambición, volvía a triunfar en el Olimpo venezolano.

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