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El soldado Sucre:La Ascención

Segunda Parte:
El soldado Sucre

7. La Ascensión

Cuando apenas tenía veinte años, Antonio José de Sucre ya había saboreado el triunfo, pero también había probado el sabor de la derrota. Y, sobre todo, su camino de ascensión ya había empezado. Como suele ser, había empezado entre las candelas del infierno y en medio de la oscuridad. En 1815 la patria parecía perdida, irremisiblemente perdida, y sus enemigos lucían dueños de la victoria. Sin embargo, Simón Bolívar luchaba a brazo partido contra la adversidad, contra las dificultades. 

El joven Sucre, luego de ver frustrada la libertad de su gente y de su tierra, estuvo entre los que fueron a resistir en Cartagena de Indias, y allí debió vivir días terribles, en aquel estado de sitio con que los españoles aspiraban a matar de hambre cualquier llama de libertad. En el que los patriotas tuvieron que comer caballos, burros y hasta ratas, al más puro y terrible estilo de la Edad Media, y del que sólo unos pocos lograron salir cuando pudieron reventar el bloqueo con unas pocas naves de poco calado en una desesperada salida dirigida por el mozo oriental y atrabiliario José Francisco Bermúdez, a quien algunos historiadores han llamado, por su fortaleza y su tamaño comparables a los del hijo de Telamón mencionado en la “Ilíada” de Homero, el Ajax de Venezuela. Lino de Pombo narró con especial colorido los trabajos que tanto él como Sucre debieron arrostrar en Cartagena, durante el sitio para proteger a los españoles de los insultos y los deseos de venganza de los americanos. ¿Cuánta nobleza puede haber en un ser humano que ha visto diezmar su familia por un enemigo y tiene el valor de protegerlo de los insultos de sus propios amigos? Por cierto que hay en ese fragmento de texto, citado con especial énfasis por Villanueva, una excelente descripción del joven Sucre, en los siguientes términos: “Un joven venezolano de nariz bien perfilada, tez blanca y cabellos negros, ojo observador, talla mediana y pocas carnes, modales finos, taciturno y modesto”; como puede verse, no precisamente un Apolo. Y, a propósito de esa descripción: llama la atención el que los dos hombres más importantes del continente americano, Bolívar y Sucre, no hayan sido favorecidos por la naturaleza en lo físico. Bolívar era pequeño, enteco, cetrino, flaco y hasta feo, aunque se dice que su mirada atravesaba blindajes de acero. Tal como Sucre, no era nada cercano a un Adonis, y jamás hubiese sido seleccionado para un papel de galán en un teatro. Sucre era también menudo, tenía el mentón poco prominente, los labios “finos, pero salientes sin duda por la costumbre de rasura” (según el escritor ecuatoriano Carlos R. Tobar, citado por Ángel Grisanti), el pelo rizado, no muy distinto al de los que llevan genes afroamericanos (razón por la cual más de uno ha afirmado que era zambo) y, por último, no era, como Bolívar, de ojos penetrantes, sino de mirada tímida. Son muy pocos los retratos que de él existen, pues no fue nada dado a posar para que de su imagen quedara una prueba para la posteridad. Hay una miniatura de autor anónimo, hecha en 1820, cuando tenía veinticinco años, era general y se convirtió en el más cercano amigo de Bolívar, y que el propio Bolívar conservó hasta su muerte, cuando pasó a manos de Manuela Sáenz. También hay un óleo pintado por Antonio Salas en Quito, después de la batalla de Pichincha, y otro de 1825, que es, tal como la miniatura, de autor anónimo, y fue hecho en Bolivia. Igualmente existe uno en el que aparece con traje civil, pintado en 1828 por el ecuatoriano Diego Benalcázar para la esposa del Gran Mariscal, Mariana Carcelén y Larrea, marquesa de Solanda. El último que se hizo en vida de Sucre fue realizado por José María Espinosa, en Bogotá, en 1830, poco antes de la muerte del personaje. Espinosa también pintó a Bolívar en sus últimos días. Y después de muerto Sucre, varios artistas reprodujeron su rostro: Carmelo Fernández, en 1840, Antonio Herrera Toro, ya cuando terminaba el siglo XIX. Pero, sin duda, el retrato de Sucre más conocido es el que pintó Arturo Michelena, en el que idealiza al Gran Mariscal de Ayacucho y hasta lo convierte en hombre de equilibradas facciones y cierta hermosura, como nunca fue. También Michelena empezó un óleo de tamaño heroico, cuyo tema es la capitulación de Ayacucho, y que fue terminado por Herrera Toro en 1906 debido a la muerte de Michelena. En definitiva, es imposible saber cómo era Sucre, por eso de que nunca le gustó posar para los pintores. Alfredo Boulton se ha ocupado en detalle de buscar en el tiempo las facciones del hombre Sucre, tarea poco menos que imposible (Ver: Boulton, Alfredo, “Miranda, Bolívar y Sucre: Tres Estudios Iconográficos”, 2ª Edición, Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos, Los Teques, 1980 y “La Iconografía de Sucre”, Universidad de Oriente, Cumaná, Venezuela, 1966). A fines de 1995, poco antes de la muerte de Boulton, su trabajo fue cuestionado por Sergio Sucre Castillo, sobrino del personaje y especialista venezolano en papel moneda a la vez, específicamente con relación a un retrato encontrado en Londres, que Boulton consideró de Sucre y que se usó para los billetes de dos mil bolívares a pesar de que muchos indicios permiten suponer que en realidad no se trata del Gran Mariscal. Sencillamente, se podrá siempre especular acerca de las facciones de Sucre, sobre todo si se quiere indagar acerca de su personalidad y su carácter, que es, en definitiva, lo que interesa. Sobre esta materia lo que hay que resaltar es el hecho de que Antonio José de Sucre, a pesar de haber sido uno de los mayores héroes de la Independencia, Presidente de un país y el más cercano de todos los hombres al Libertador, no fue, como ya hemos visto, nada dado a posar para un retrato, lo cual es un elemento más para la plena demostración de su carácter altruista, totalmente alejado de la vanidad, que lo convierte en único, no solamente en nuestra América, sino en el mundo entero. ¿Qué otro gran héroe que recuerde la historia ha sido renuente a que su imagen quede para la posteridad? En general, puede afirmarse que los hombres que se han dedicado a la política (o a la guerra, que muchas veces se confunde con la política), desde que existe la historia, lo han hecho llevados por vanidades inmensas. Algunos hasta han dejado “Memorias” en las que se habla de su propia trascendencia. Y casi todos, en los tiempos en los que no existía la fotografía instantánea, se sometían a verdaderas torturas posando inmóviles durante horas para que un escultor o un pintor los retratara, de modo de que sus facciones se conocieran por los siglos de los siglos. El mismo Simón Bolívar lo hizo. Sucre no, y eso podría explicar muchos de los rasgos de su nada simple personalidad.

Es evidente que aquel “joven venezolano de nariz bien perfilada, tez blanca y cabellos negros, ojo observador, talla mediana y pocas carnes, modales finos, taciturno y modesto” creció inmensamente en los tiempos de adversidad, o mejor dicho, se creció como casi nadie en aquellos años de luminosa tiniebla, de quemarse en el infierno, comprendidos entre 1814 y 1819. Tal como Simón Bolívar, el hombre de las dificultades, que hizo buena la palabra que, aparentemente, empeñó ante José Domingo Díaz el día del terremoto de 1812, cuando le aseguró que “Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.” Se había opuesto la naturaleza, se había opuesto la mayoría de los venezolanos engañados por Boves, se había opuesto la vida, se había opuesto la realidad, pero Bolívar siguió adelante, empeñado el luchar contra toda la adversas y hacer que obedeciera su voluntad, su enorme voluntad que se crecía con las adversidades.

¡Cómo debe haber recordado Bolívar la figura de Miranda en aquellos días! Le tocaba a él, ahora, soportar las consecuencias del bochinche, que era una de las formas de la adversidad que se le oponían. Tuvo tiempo de sobra para meditar en su exilio jamaiquino, en el que produjo su famosa Carta, que es uno de los documentos más notables de su tiempo. Fue allí en donde intentaron asesinarlo y se salvó por suerte, o por la mala suerte de Félix Amestoy, que lo había sustituido en la hamaca que acuchilló el negro Pío, sicario contratado por los españoles (Hay quien dice que a Bolívar lo salvó, ese 10 de diciembre de 1815, su fogosidad sexual, pues andaba en funciones amorosas y por eso le prestó la hamaca a su desventurado amigo y casi pariente Amestoy; en verdad, se había peleado con la casera y prefirió pasar la noche en otra casa). Luego, a fines de 1815, Bolívar se traslada a Haití para dirigir, con apoyo de Brion y Petión, la expedición de Los Cayos, que será un rotundo fracaso. Sucre, aunque estaba entre los que lograron escapar de Cartagena gracias a la audacia de Bermúdez, no participó en aquella expedición que dejó en Choroní, cerca Ocumare de la Costa (sitio del fracaso de Miranda) un reguero de cadáveres y estuvo a punto de costarle la vida al Libertador en 1816. 

Muy lejos de allí, entre las cuatro torres, del arsenal de La Carraca, en Cádiz, el 14 de julio de 1816, cuando se cumplía otro aniversario de la Toma de la Bastilla, paralizado por una hemiplejia que lo atacó el 25 de marzo, justo cuando estaba a punto de fugarse para ir a Gibraltar, murió el Generalísimo Francisco de Miranda. En verdad no fue más que el fin de su agonía, que empezó el 31 de julio de 1812, a las 3 de la madrugada, cuando Simón Bolívar, acompañado por otros tres, lo arrestó y posibilitó que fuese entregado a los realistas como trofeo de aquella horrible guerra que apenas empezaba.

También en 1816 se produjo un hecho que Ángel Grisanti considera más que suficiente para proponer algo así como la canonización de Antonio José de Sucre. Se trataría de algo que bien podría ser considerado digno de estudio: y es que, a mediados de 1816, el joven Sucre, que no había participado en la frustrada expedición de Los Cayos, decidió “meterse en la propia boca del Dragón». Así se llama el estrecho que separa las costas venezolanas de Trinidad, y sus aguas son peligrosísimas. Allí se encuentran las fuertes corrientes del río Orinoco con las no menos fuertes del Atlántico, empujadas éstas por un viento permanente del Este, y por allí intentó Sucre llegar a costas venezolanas en una simple piragua, que no resistió el viaje. “Entre relámpagos y truenos y remontada por olas, tan altas como montañas –afirma Grisanti–, que la lanzaban a los aires o la batían furiosamente contra el abismo, la piragüita que portaba al Redentor del Nuevo Mundo desapareció en un torbellino de borrascosas y rugientes aguas. Y se repitió el milagro… Sucre flotó sobre las aguas como el Redentor Jesús de Galilea sobre las del mar de Tiberíades. Fué según la tradición, el último sobreviviente de aquel trágico naufragio en que perecieron los mismos marineros de la piragüita. Caso único asimismo en los anales de Venezuela, al parecer, porque todos los náufragos de esas aguas tormentosas, han perecido irremediablemente.” Luego de pasar una noche aferrado a la piragua, que se había volteado, en la madrugada se encontró el baúl de su primo segundo (y hermano de su madrastra), y con un remo que ató con sus pantalones, pudo flotar hasta el momento en que fue rescatado por dos marineros margariteños, Francisco Javier Gómez y Santiago Calderón, y así logró llegar hasta las costas de Chacachacare y regresar a Trinidad. Para más de un propiciador de las religiones bolivarianas o sucrianas habría que intentar que el Vaticano lo aceptara como milagro, aunque es dudoso que se consiga el éxito. El de la flotación no es el único que Grisanti, apasionado sucrista y sucrense, cita para sugerir que Sucre podría convertirse en santo de altares y rezos. En su libro habla de otros dos: Uno relacionado con el obispo de Popayán y otro relacionado con un terrible jefe militar en la región de Pasto. Lo del obispo de Popayán, llamado Salvador de Enciso y Cobos Padilla, “godo recalcitrante», que “había multiplicado las Excomuniones contra los jefes, tropas y partidarios de la causa patriota. Pero llegó el General Sucre, que también se llamaba Francisco (su nombre completo era Antonio José Francisco) y como el de Asís al de Gubia, transformó al lobo feroz en mansa oveja del Señor, con una carta milagrosa por su virtud pacificadora». Y poco después refiere “Otro milagro (que) realiza San Antonio… Sucre, con el endiablado don Basilio García, Comandante Militar de Pasto por 1821″, a quien califica de realista antes que español. Don Basilio, que tenía fama de terrible y de irreductible, y le tocó a Sucre, si bien enfrentarlo en el campo de batalla, conquistar su amistad fuera del campo. Grisanti reproduce una carta muy graciosa de don Basilio, en la que le dice, entre otras cosas, a Sucre: “Cuando yo creía estar con el placer de tenerlo a mano para comunicarnos con mayor estrechez, me veo burlado en mis esperanzas (…) los duendes y brujas que todo lo saben, dicen en Pasto: ‘El General Sucre se ha marchado para Guayaquil’ (…) Yo en esta danza no sé qué hacerme, pues por una parte creo estos anuncios, y por la otra digo: ¿A qué fin mi buen amigo irá a aquel puerto? ¿Se querrá casar, si es soltero, o algún caso de honor lo lleva? Quién sabe, digo a mis solas: Yo no lo creo, pues teniendo una amistad estrecha y papelera con él, era más del caso que atendiendo al armisticio se viniese por esta parte a tomar ruta; le daría mil abrazos y le conocería”. Humor muy español, que revela que Sucre, en efecto, había hecho el milagro de convertir un odio en afecto. Pero, si a ver vamos, posiblemente, más que un milagro, se trata de un caso de simple simpatía personal.

Poco después de su primer milagro (secundum Grisanti) el joven Sucre, de apenas veintiún años de edad, era ascendido al grado de Coronel y designado Jefe del Estado Mayor del Ejército oriental, comandado por Mariño, además de Comandante del Batallón Colombia, lo que implicaba un paso hacia la unidad de las fuerzas independentistas y hacia el logro del sueño mirandino.

Eran tiempos especialmente difíciles para Bolívar, que ya había visto derrumbarse todo en su entorno más de una vez, y no eran tiempos fáciles tampoco para Antonio José de Sucre, que se levantaba en medio de ruinas y muertes y había visto diezmada su familia. Pero es indudable es que entonces Bolívar ya era Bolívar y Sucre empezaba a ser Sucre.

Capítulos publicados de EN LOS DÍAS DE SUCRE:
Zaguán de letras. Primera parte
Zaguán de letras, segunda parte
Zaguán de letras, tercera parte
Zaguán de letras, cuarta parte
Zaguán de letras, quinta parte
Zaguán de letras, parte final
1. Los Sucre de Cumaná
2. El niño Sucre
3. Las primeras luces
4. El soldado niño
5. Los pasos primeros
6. El encuentro
Segunda Parte:
El soldado Sucre

7. La Ascensión

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