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El universo sagrado de Miguel Von Dangel

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Desde que otorgaron, con más vergüenza que admiración, el Premio Nacional de artes Plásticas a la señora Sofía Ímber, éste se ha devaluado bastante. Para darle de nuevo un barniz de importancia el mismo premio se lo otorgan en 1990 a Gerd Leufert y en 1991 hacen lo mismo con Miguel Von Dangel. Dos indiscutibles creadores al margen de ese «vernissage» de clientelismo político que distingue nuestro oficial modo de entender la cultura.

Miguel Von Dangel (1946) nació en Alemania, pero está residenciado en nuestro país desde los dos años de edad. Su primera exposición (año 1965) fue realizada en la Sociedad Maraury en Petare.

El universo estético de Von Dangel no es lento, estático o anecdótico. Mucho menos se limita en exclusiva a la pintura sobre lienzo. Con precisa fluidez ha ensayado la escultura, el collage y los objetos donde concatena, con frenético dinamismo, su afición por la taxidermia, su pasión por lo simbólico y su inequívoca vocación mística/religiosa, la cual oscila entre lo irreverente y lo metafórico.

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La práctica como taxidermista quizá le permitió adquirir cierto rigor cientificista. La pintura en otro contexto le permite, según sus propias palabras, darle expresión a su mundo interior. De alguna manera el arte de disecar animales y la pintura se yuxtaponen en una especie de grito existencial que busca ascender hacia lo luminoso, hacia ese universo de lo sagrado. Ascenso que se aparta de los preceptos religiosos establecidos. Toda esa simbología mística que caracteriza el trabajo plástico de Von Dangel se apoya, como ha escrito con acierto Víctor Guédez, «sobre un repertorio necrofílico, una travesura irreverente y un objetuaslismo extravagante». Sin mencionar que un barroquismo alegórico se hace palpable en todas sus creaciones menos como un recurso estético que como una propuesta espiritual desgarrada. Lo barroco en su obra no es un extenuado cliché, o un trasnochado capricho postmoderno. Es más bien una necesidad que busca acentuar con ferocidad caótica esa dimensión sagrada del mundo. Con su propuesta pictórica trata de aprehender todo ese cúmulo de creencias, prejuicios y fanatismos místicos, pero no lo hace en un sentido acartonado/académico, sino en su vertiente más dolorosa, mágica y ritualista.

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Sus «Sacrifixiones», expuestas en 1968 en la «Galería 22», tuvieron su preámbulo en su escultura «Retrato espiritual de un tiempo». Obra que en su momento fue censurada por parte de ortodoxia eclesiástica, siempre negada a la belleza, siempre intransigente. Francisco Da Antonio describió así el incidente: «Mucho se ha escrito en torno a la acción de Monseñor Augusto Laboren, párroco de Catedral, quien a propósito de la Escultura montada por el INCIBA en el Palacio de las Academias, arremetió contra una de las obras expuestas y luego la arrojó al patio del edificio ya que, según confesó la prensa local, no estaba dispuesto a permitir profanación porque, de hacerlo, perdería el cielo. «Retrato espiritual de un tiempo», la obra cuestionada, representa un perrito crucificado sobre cuya figura se desplaza una segueta metálica que parecía sugerir el espinero de Cristo». Las obras denominadas «Sacrifixiones» buscaban, antes que ser antirreligiosas o sacrílegas, presentar una iconografía menos doméstica. Mostrar a Cristo desde una perspectiva más descarnada, y no desde ese ángulo comercial que lo vende como bisutería dulzona de estampa para beatas a destiempo. Trataba Von Dangel de presentar una visión brutal de una época que todavía hoy sigue crucificando seres débiles e indefensos por decreto o por inspiración militarista (se acuerdan de Pinochet).

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Las exposiciones de Von Dangel no son para estómagos delicados. Sus collages destacan por esa planificación barroca y tremendista donde pieles de animales, plumas, culebras disecadas y un colorido oro, ocre, azul intenso se liberan en una orgía de colorido redundante con ribetes de ritual mágico.

Sus «Mapas» son una acumulación elocuente de materia orgánica y mineral sobre viejos mapas. El resultado: un mapa distinto en el cual el espectador encuentra una cartografía que busca indicar el lugar del espíritu. Ya no hay líneas divisorias en estos mapas, sólo territorios estéticos con mucha carga emotiva.

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Una de sus más destacada exposiciones fue «Sacrofonías». Allí estaban presentes todas sus obsesivos temas, todas sus vivencias al desnudo, pero en una escala aparatosa. En dicha exposición el mal gusto adquirió visos más grotescos. El olor pútrido de los animales disecados, en consonancia con trabajo artístico delirante, demostraba, una vez más, que Von Dangel permanecía fiel a sus postulados, a su ética acorazada en ardor polémico. «Sacrofonía» sirvió para confirmarlo como un creador que estaba por encima del facilísimo estético, por encima de ese afán de mercadería buhoneril en la que algunos artistas jóvenes han convertido el quehacer plástico. Von Dangel declara unos años antes de su premiación lo siguiente: «El problema es que hay artistas que emplean el arte para escalar socialmente, para darse vida de sifrino, para engordar capitales. Hay gente que simplemente son artistas. Suponte que me den el Premio Nacional de Pintura, o que recibiera premios en algún salón o que empezara a vender mi obra a altos precios. Eso me convertiría en perteneciente al otro bando. No, no se trata de eso; se trata de que simplemente mi obra no puede estar en función de esa situación; el artista que trabaja en función de eso ya no es artista o en todo caso es un artista maligno pertenecientes a las fuerzas oscuras».

A Von Dangel le fue concedido el Premio Nacional de Pintura. No obstante pienso que, a pesar de eso, todavía no se ha pasado al otro bando. Tampoco creo que busque colocar su obra con un elevado precio. Hay que decirlo. Un premio obtenido de manos de este medio cultural tan servil es una bagatela delante de un cuadro de Miguel Von Dangel, de su postura crítica, de su sentido comprometedor de asumir el arte.

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