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En torno a Ferdinand Bellermann

El pintor paisajista alemán Ferdinand Konrad Bellermann nació el 14 de marzo de 1814 en Erfurt, una antigua ciudad de gran tradición universitaria y en la que también había estudiado Martín Lutero. Los Bellermann formaban una familia muy ramificada que se había residenciado en Turingia y en el vecino Hessen por varias generaciones. De ella habían surgido varios hombres de letras importantes, en especial teólogos, así como también hábiles comerciantes e industriales. Entre los miembros masculinos de la familia (lamentablemente se sabe poco sobre las mujeres Bellermann) era típica la combinación de intereses intelectuales y artísticos con habilidades prácticas (1), a lo que se sumaba una mentalidad abierta, el gusto por los viajes y un interés imparcial por las culturas extranjeras; características éstas que habrían de determinar también la vida de Ferdinand Bellermann.

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Con la temprana muerte del padre, la vida de Bellermann al principio no parecía color de rosa; su madre quedó sin recursos y con varios niños, de los que Ferdinand era posiblemente el mayor. Ciertamente contaron con la ayuda de los parientes, en especial de un tío, el comerciante Johann Christian Bellermann, en cuya casa al parecer vivieron los huérfanos, pues esta dirección de la calle Schlösser en Erfurt, aparece después en cartas que le fueron dirigidas a Ferdinand. Así pues, es comprensible que el futuro pintor tuviera que contribuir primero al mantenimiento de la familia en forma más profana: pastoreando ovejas. Sin embargo, su talento de dibujante fue descubierto, afortunadamente, a tiempo, y a los catorce años es enviado a la Freie Zeichenschule (Escuela Libre de Dibujo), fundada por Goethe en Weimar, para recibir instrucción como pintor de porcelanas. Es posible que la intención haya sido que una vez terminado el curso, el joven entrara a trabajar en una fábrica de porcelanas propiedad de unos parientes en Volkstedt (Turingia). Sin embargo, esta orientación profesional fue sólo una ilusión, pues la vista del artista en ciernes era demasiado débil para la pintura de porcelanas (2), así que debió interrumpir su aprendizaje (no se sabe exactamente en qué momento) y regresar a Erfurt, en donde permaneció hasta el año 1833, cuando inicia sus estudios en Berlín.

Si bien el tiempo de aprendizaje en Weimar no condujo al resultado anhelado, sí sirvió para estimular el talento artístico de Ferdinand; así lo demuestra claramente un dibujo del pintor quinceañero que se conserva en el Museo de Erfurt. Se trata de una pequeña vista de la catedral de esta ciudad y de la famosa iglesia de San Severino, ambas enmarcadas en un clásico telón de árboles que delata que los maestros de la Escuela de Dibujo utilizaban los modelos de Claude Lorrain y de sus numerosos seguidores para los estudios de composición. La arquitectura de las iglesias está dibujada con algo de rigidez, pero con exactitud; el joven artista se muestra ya como el observador preciso que más tarde atraería la atención de Alejandro de Humboldt. Walther Scheidig, director del Museo de Weimar durante muchos años y uno de los pocos historiadores de arte alemán de nuestro siglo, lo describe como el «científico» dentro del círculo de sus amigos pintores (3).

En Weimar, Bellermann hizo buenas amistades que mantuvo por décadas, y con toda certeza disfrutó del ambiente artístico de la ciudad (en el diario que escribió en Venezuela recuerda una actuación que presenció en una función de teatro en esta ciudad). También su amistad con el pintor Friedrich Preller tiene sus raíces en Weimar. Preller fue, a su vez, amigo de Goethe; fue él quien creó el famoso dibujo que muestra al gran poeta en su lecho de muerte, y en sus brazos falleció, en Italia, el hijo de Goethe. Para el joven pintor, Preller fue un importante iniciador, con quien compartía, además, idénticas ansias de viajar que los llevó a incursionar juntos por los alrededores inmediatos de Turingia, por la isla Rügen en el mar Báltico y finalmente por Noruega, pasando por Bélgica y Holanda, en 1840.

Pero antes de esos viajes habrían de pasar algunos decisivos años de estudio en la Academia de Artes de Berlín. En 1833, Johann Joachim Bellermann, tío abuelo de Ferdinand, hace posible que su joven pariente sin recursos pueda cursar estudios en Berlín. De esta forma Bellermann se convierte en alumno de Karl Blechen, quien dirigía la clase de pintura paisajista. Blechen es considerado precursor alemán del impresionismo, una apreciación justificada aun cuando en su obra se encuentren muchos trabajos de marcado carácter romántico. En Italia, Blechen había conocido las pinturas inundadas de luz de William Turner y había pintado al aire libre algunos esbozos al óleo en los que retomaba las propuestas de Turner sin copiarlas. Como profesor de la Academia, Blechen no se limitaba a transmitir en el atelier lo que había aprendido en Italia, sino que llevaba a sus alumnos a los alrededores de Berlín para enseñarles el trabajo artístico de la naturaleza. La influencia de Blechen en Bellermann se puede apreciar en varios ejemplos: los estudios al óleo de indios, hechos en Caracas, están concebidos de la misma manera que los estudios de muchachos italianos de Blechen; los Baños en San Esteban (4) recuerdan las Bañistas en el Parque de Terni (1829); finalmente, el pequeño estudio al óleo Castillo en Punta Araya (1843), en el que las estructuras de la arquitectura y el paisaje se disuelven aparentemente en raudales de luz, combina influencias de Blechen y Turner, y es evidente que el modelo para la composición proviene de Château de Rinkenberg (1802), un dibujo del segundo (5). También otros esbozos al óleo de Bellermann muestran sorprendentes similitudes con cuadros de Turner en su composición, entre ellos el muy singular Vista de Valencia con la laguna de Tacarigua (1844).

Karl Blechen llevaba registros exactos sobre la asistencia de sus alumnos a clase y sobre su desarrollo artístico. Durante el primer año de estudios estuvo muy complacido con Bellermann, el alumno asistía regularmente a clase y progresaba muy bien en su formación artística. Durante el segundo año, la evaluación contenía ciertas reservas; Blechen anotó que su alumno había tomado parte en todas las excursiones para pintar al aire libre, pero que sólo había aparecido irregularmente en el atelier. La conducta de Bellermann no significaba en absoluto un menosprecio al profesor, más bien habría que atribuirla a que, pese a su juventud, ya era muy independiente en la elección de sus modelos y profesores. Con toda seguridad, la exposición de cuadros de Blechen sobre el invernadero real, que tuvo lugar en 1834, lo impresionó mucho, y consciente o inconscientemente despertó en él el amor por la vegetación tropical; sin embargo, escogió al pintor August Wilhelm Schirmer para tomar lecciones privadas, además de sus estudios en la Academia. Años más tarde se referiría a Schirmer como su verdadero profesor, cuya opinión era la más importante para él y a quien llamaba respetuosamente su «maestro». Schirmer fue además para Bellermann un amigo paternal. Al enfermar Blechen, Schirmer fue designado para sustituirlo en la Academia, Bellermann se convirtió entonces en asistente de Schirmer en la formación de las nuevas generaciones y luego fue también su suplente durante toda su enfermedad. Después de su muerte, Bellermann fue nombrado para sucederlo. Para ese cargo se discutían los nombres de varios candidatos, pero los alumnos de Schirmer se pronunciaron vehementes en favor de Bellermann; la petición que dirigieron al ministro competente contribuyó evidentemente a que fuera nombrado director de la clase de pintura paisajista de la Academia de las Artes en 1866.

La influencia artística de Schirmer sobre su alumno y posterior sucesor no es tan clara como la de Blechen. Schirmer había conocido en Italia el arte de Turner, e incluso al pintor mismo, pero al parecer lo cautivó más profundamente la clásica composición paisajística de Claude Lorrain, con esa estructura según las leyes de las escenografías teatrales, y en ese sentido él mismo influyó sobre Bellermann. En todo caso, así se deduce de los panoramas de puertos tan excelentemente compuestos como, por ejemplo, la Vista de Puerto Cabello (1843).

Si bien es cierto que la influencia de los profesores de la Academia fue la más determinante para Bellermann, no hay que pasar por alto que también tuvo importantes motivaciones de otros pintores: del suizo Alexandre Calame, pintor de los Alpes; del noruego residenciado en Dresde, Christian Clausen Dahl; del arquitecto y pintor berlinés Karl Friedrich Schinkel, para nombrar sólo a los más importantes junto con Caspar David Friedrich, principal figura de la pintura romántica en Alemania. Bellermann, al igual que la mayoría de los pintores de su generación, era en primer lugar un realista, y aunque su obra muestra la influencia de Friedrich, la diferencia con la pintura romántica es evidente en la utilización de los motivos que aparecen en las obras de ambos pintores: naufragios, paisajes a la luz de la luna, paisajes con cavernas, árboles muertos. En la obra de Friedrich estos motivos son símbolos de la vida, la decadencia, la muerte; en el caso de Bellermann son formas normales de la naturaleza que él pinta sin ninguna carga emocional o interpretación filosófica y que tampoco creó para transmitir en imágenes un contenido literario. El punto esencial de contacto entre la pintura de Friedrich y la de Bellermann se encuentra en la reproducción de la atmósfera pura de los paisajes, cuya realización más notable se encuentra en las vistas de puertos a la caída del sol.

Esta exposición de las diversas influencias en el desarrollo artístico de Bellermann no debe crear la impresión de que su pintura es ecléctica, más bien quiere poner en evidencia la estructura de tradición y contexto en el que Bellermann fue madurando como artista independiente y hacer reconocibles todos los elementos que adoptó para elaborar su estilo propio. Ya alcanzada esa madurez, Bellermann emprende en 1839 un viaje de estudio a Rügen, por sugerencia de Friedrich Preller y en compañía de él y otro de sus alumnos. La isla Rügen, con sus rocas cretáceas que descienden escarpadas hacia el mar, era una meta de viaje favorita de pintores con disposición romántica. La vista de esos peñascos marcó tan profundamente a Bellermann que, al contemplar la costa del Canal inglés y más tarde la vista del Ávila, revivió en su memoria esa imagen de Rügen.

En 1840 tuvo lugar el viaje a Noruega que fue decisivo para su vida. Nuevamente Friedrich Preller fue el factor determinante de este viaje y esta vez también llevó a dos de sus alumnos. Fue un viaje peligroso, el tiempo era inclemente, las rutas y hospedaje a menudo primitivos, definitivamente una aventura; pero los artistas eran jóvenes y animosos, les agradó probar sus fuerzas ante todas las dificultades y ni siquiera las circunstancias más adversas los desviaron del fin real de su viaje: ejercitar sus destrezas artísticas. Al regreso, Bellermann pintó un cuadro de gran formato que atrajo la atención sobre su talento para la representación exacta de la naturaleza, incluyendo formaciones geológicas. Este cuadro (cuyo paradero se desconoce actualmente) fue comprado por el rey de Prusia, Federico Guillermo IV, no se sabe si por sugerencia de Humboldt, pero es cierto que el gran sabio se convenció ante él de que difícilmente habría otro artista más adecuado para lograr representaciones con valor artístico y precisión científica de las plantas y paisajes de Sudamérica. No obstante, Humboldt no fue el promotor de este viaje; como tampoco es cierto, como se lee con frecuencia en algunas publicaciones, que fuera una encomienda del rey de Prusia, aunque esta impresión puede surgir de la carta de recomendación de Humboldt para Bellermann. La expresión de Humboldt, «viaja por encargo de Su Majestad», tenía únicamente la intención de allanarle todos los caminos al pintor. Por una nota del escultor berlinés y director de la Academia, Gottfried Schadow se sabe cómo se dio realmente este viaje: «Un comerciante hamburgués, propietario de una oficina comercial en Puerto Cabello, en el Estado de Venezuela, y dueño de un barco de vela, vino hasta aquí para llevar consigo varios artesanos y un pintor paisajista. Bellermann, uno de los alumnos del Profesor Schirmer, se decidió a hacer este viaje» (6).

Este comerciante de Hamburgo era Carl A. Rühs, quien posteriormente fue nombrado cónsul de Prusia en Puerto Cabello. Él y su esposa brindaron al artista su amistad y ayuda durante todo el tiempo de su estancia en Venezuela, y esto, considerando además la escasa beca real de cuatrocientos táleros, fue de gran importancia para el viajero, quien se sintió bien atendido desde el primer día de su llegada. Posteriormente Bellermann hizo muchos amigos, en especial entre los compatriotas alemanes, pero siempre mantuvo lazos de amistad y agradecimiento con el generoso Rühs.

Evidentemente, Bellermann decidió hacer este viaje de un día para otro. Como no poseía ahorros de ningún tipo, se dirigió al rey de Prusia solicitando que le otorgara una beca de viaje. Humboldt intercedió con energía en favor del «algo pelirrojo pero ingenioso pintor paisajista Bellermann», y no sólo apoyó en seguida su solicitud de beca, sino que se preocupó por el pasaporte, escribió una carta de recomendación dirigida «a todos los ciudadanos de Venezuela que recuerden mi nombre» y finalmente dibujó un croquis para que el «pelirrojo» pudiera encontrar sin equivocación la cueva de Caripe. A cambio de la beca real, se exigió que Bellermann enviara todos los dibujos y estudios al óleo que hiciera durante el viaje a los Museos Reales en Berlín.

Los cuatrocientos táleros de la beca del Rey posibilitaban la partida, pero difícilmente eran suficientes para la empresa planteada. Por lo tanto, era preciso encontrar otras «fuentes». Bellermann había pintado un cuadro de Stubbenkammer (Rügen) para el Círculo Artístico de Stettin (Pomerania); en vista del viaje programado solicitó al Director del Círculo el pronto envío de sus honorarios: «Me permito humildemente informar a esa ilustre Dirección, que he terminado el cuadro de Stubbenkammer (7) pintado por su muy honroso encargo, y que lo he enviado a esa ilustre Dirección por intermedio del comerciante en objetos de arte, Sr. Sachse […]. Ahora debo recurrir a su amable indulgencia, pues me he permitido enviar en el mismo paquete un par de pequeños cuadros que desearía mucho vender: uno es el boceto de Stubbenkammer que pinté como estudio previo para el cuadro, el otro, uno de los desfiladeros más agrestes de Noruega ubicado junto a la nueva Bergnerstrasse sobre el Fielefield. Al principio pensaba ejecutar este último cuadro en mayor tamaño, porque me llama poderosamente la atención la parte de las imponentes y singulares formaciones rocosas, pero me detuvo el hecho de que en el mes de mayo emprenderé un largo viaje de estudios, que a la vez es la disculpa para haberme tomado la libertad de enviarles ambos cuadros. Voy a viajar a Sudamérica, esto es, a Caracas, animado por un comerciante de Hamburgo a quien conocí de manera fortuita. Este comerciante viaja en su propio barco y me ha ofrecido un viaje de ida gratuito; pero como todo fue sugerido hace apenas unas semanas, y yo quisiera si es posible viajar por el país de 1 a 1 1/2 años, no cuento, naturalmente, con tantos medios, como habría sido el caso si me hubiera podido preparar con más tiempo. Por esta razón les quedaría muy agradecido si se sintieran inclinados a comprar los dos pequeños cuadros por un valor de 5 friedrichsdor cada uno, o si quizá quisieran convencer a algún comprador privado. Puesto que espero una rica cosecha de este viaje, y ustedes fueron ya una vez tan bondadosos como para honrar mis bocetos con su atención, me atrevo también a solicitar humildemente que a mi futuro regreso me permitan presentarles nuevamente mis estudios y bocetos […]» (8).

Sólo a finales de abril se fijó la fecha del viaje: Bellermann debía estar en Hamburgo el día 11 de mayo de 1842. En seguida el pintor envió a Stettin otra llamada de auxilio; en el margen de esta carta se encuentra el informativo borrador de la respuesta, en la cual se notifica el envío del dinero por los tres cuadros; además dice: «[…] al desearle buena suerte en su próximo viaje, y que éste le traiga abundantes frutos artísticos, nos permitimos pedirle expresamente que a su regreso nos haga partícipes de los bocetos trazados por usted, de los que podrían resultar imponentes paisajes sudamericanos» (9). Es decir que, a pesar de su juventud y más allá de los círculos de Berlín, Bellermann ya era considerado como un artista de quien se esperaban valiosas obras.

El 15 de mayo debía iniciar el gran viaje desde Hamburgo. El 9 de mayo Bellermann toma el coche de posta y ese mismo día comienzan los apuntes en su diario. Como la salida del barco había sido retrasada debido al gran incendio que una semana antes había devastado la ciudad de Hamburgo, Bellermann aprovechó este tiempo para dibujar diligentemente, en incursiones por la ciudad y sus alrededores inmediatos. La partida fue fijada en principio para el 18 de mayo y, pese a las inusitadas circunstancias, Bellermann encontró tiempo para escribirle a su tío abuelo, Johann Joachim Bellermann, en Berlín, una carta de despedida: «No puedo menos que escribirle nuevamente antes de mi partida para ofrecerle mis más expresivas gracias a usted y a su querida esposa, mi bondadosa tía, por todas las amabilidades que han tenido para conmigo; siempre será mi sincera aspiración corresponder a sus esperanzas y estoy seguro de que el cielo ha de ayudarme para volver a verlos a todos algún día. Llegué aquí el 11 de mayo y al entrar a la ciudad pude ver de una ojeada la mayor parte de las ruinas del incendio; aunque el fuego fue extinguido desde el 8, todavía había mucho humo y aquí y allá se podían ver llamas, y aunque algunos rumores exagerados y falsos aumentan la dimensión de la tragedia, sin embargo, uno no se hace idea del aspecto que ofrece la destrucción en los lugares incendiados; siempre vuelve a mí la imagen de la destrucción de Troya o Jerusalén. Sin embargo, creo que la prosperidad de Hamburgo no ha sufrido, pues en las demás partes de la ciudad reina tal actividad como si no hubiera pasado absolutamente nada, y si algunos han sufrido más, también se les ayuda. Aparte de las ruinas de las tres iglesias se ven pocos muros en pie en el lugar del incendio, en el que casi por todas partes se encuentran sólo grandes montones de escombros; nunca había imaginado una destrucción tan radical.

Después de algunas pesquisas encontré también al Sr. Rühs; él no sufrió ninguna pérdida en el incendio y nuestra partida se pospondrá sólo por algunos días; antes estaba fijada para el 15 de mayo, pero ahora será para el 18. El barco se llama Margareth, es un dos mástiles, se ve muy grácil y debe navegar velozmente.

En estos días he andado mucho por los alrededores, en particular me ha gustado la parte hacia Blankenese, también dibujé algunas de las ruinas del incendio. Mañana por la noche debo estar en el barco, me alegra mucho este viaje por mar» (10).

Sin embargo, la partida se demoró todavía unos días más. El 25 de mayo salió el Margareth del puerto de Hamburgo; el 10 de julio, Bellermann pudo anotar en su diario la llegada a La Guaira. La estadía en la ciudad portuaria duró sólo unos pocos días, el artista conoció algunas personas y aprovechó la oportunidad para dibujar el impresionante paisaje costero. Luego siguieron a Puerto Cabello, que era el lugar de destino del Margareth. En el mismo día de su llegada, Bellermann conoce a un comerciante alemán de apellido Glöckler, quien jugaría un importante papel en toda su estadía en el país. Un dibujo de la propiedad de Glöckler en Puerto Cabello pone en evidencia con cuánta rapidez prosperaba la considerable cantidad de comerciantes, fabricantes y navieros alemanes en Venezuela después de la independencia de la colonia española: no tenían tiempo de ampliar sus viviendas y negocios en forma planificada, a toda prisa añadían depósitos, establos, barandas.

Glöckler llevó a Bellermann a su casa de campo en San Esteban, y allí el artista se sumergió en el paisaje tropical y, en poco tiempo, comenzó a amar el país. Durante su estancia siempre volvió a San Esteban y éste fue el último lugar de Venezuela que visitó antes de su regreso a Europa.

El primer gran acontecimiento que puso a Bellermann en contacto directo con las circunstancias políticas de Venezuela fue el solemne regreso de los restos de Simón Bolívar. Aunque el pintor no pudo decidirse a realizar dibujos de esta gran fiesta nacional, en las detalladas descripciones de su diario y en sus cartas a su novia secreta, Friederike Möller, se puede apreciar la profunda impresión que le causó. Friederike vivía en casa del tío abuelo de Bellermann en Berlín, trabajaba en esta casa, pero no como una simple criada. Un cuadro que pintó Bellermann de la casa natal de su novia en Straslsund (11) muestra la casa de una familia burguesa de buena posición, posiblemente una casa parroquial. Puesto que los padres de Friederike nunca son mencionados se puede suponer que era huérfana y quizá por esa razón entró en casa del tío de Ferdinand. En todo caso, el nivel que se observa en sus cartas habla de una sólida educación, por lo que pudo comprender las variadas observaciones y vivencias que el novio lejano le narraba: «[…] me alegró mucho que me hayas hecho una descripción tan detallada de las festividades en honor a Bolívar. En tu carta me describes también la región tan vivamente, que es como si la tuviera ante mis ojos […]. Tú sabes que la naturaleza es mi amiga y que disfruto contigo toda la belleza. Ya había leído en la prensa sobre las festividades y mi primer pensamiento fue, ‘seguramente tu hombrecito también las presenció’. Pero en lo que se refiere a las bellas de Caracas, no las mires demasiado, pues después no te va a gustar más tu muchacha de Berlín o nunca más vas a volver […]» (12).

Hasta mayo de 1843 el artista permaneció en el área de Caracas, Puerto Cabello y Valencia. Vagó por las selvas y las zonas costeras y subió a cada montaña posible para dibujar la vista desde allí. Comenzó el estudio sistemático del paisaje y la vegetación tropical poco después de su estancia en San Esteban. Desde el principio se preocupó por satisfacer el deseo de Humboldt de una representación científicamente exacta de la naturaleza. Sin embargo, sus primeros dibujos dan la impresión de que podrían haber sido hechos también en alguna montaña central de Alemania. Tal cosa no es casual, pues Harz y Turingia fueron algunos de sus lugares de excursión favoritos y su recuerdo se filtraba en sus dibujos.

En sus largas correrías a caballo o mula, Bellermann llevaba siempre consigo una hamaca que colgaba sin recelo en cualquier choza que encontrara para pasar la noche. Se sentía satisfecho con cualquier alojamiento, aun cuando tuviera que compartirlo con los propietarios, más todos sus animales domésticos, pulgas incluidas. Comía todos los alimentos, sobre todo cuando había hermosas hortalizas. Prudentemente no curioseaba en las cocinas. Las diversas cartas de recomendación que había traído de Berlín facilitaron la estadía del artista en Venezuela. Una en particular demostró ser especialmente afortunada, la había expedido un señor de apellido Otto y estaba dirigida a G.J. Vollmer, en Caracas. Vollmer fue un protector bondadoso, quien le encargó pintar su hacienda El Palmar cuando se agotó la bolsa de viaje de Bellermann y, de esta forma, lo ayudó a salir del apuro. Entre los generosos anfitriones del pintor se cuenta también el cónsul hamburgués Blohm, cuya gentil esposa solicitó a Bellermann que dibujara una vista desde la ventana de su casa en Maiquetía. Por esa circunstancia, Bellermann debió faltar a un compromiso con Carl Moritz y Nicolaus Funck para subir juntos la Silla de Caracas. Pero más tarde se alegró de no haber podido tomar parte en esa excursión, porque los naturalistas descuidaron la fogata nocturna que habían encendido en su campamento y causaron un gran incendio forestal en la montaña. Otras expediciones que emprendieron juntos más tarde también fueron azarosas, pero afortunadamente no produjeron catástrofes de ese estilo.

En abril de 1843 llovió tan intensamente durante semanas que no se podía pensar en pintar al aire libre. Pero también en esa situación Bellermann encontró una amistosa ayuda: el pintor retratista inglés Lewis B. Adams le ofreció la oportunidad de pintar sus modelos, indios y llaneros. Para el pintor paisajista fue una oportunidad muy bienvenida para perfeccionar sus habilidades en otra área.

En mayo de 1843, Bellermann decidió emprender la expedición a la cueva del Guácharo, en Caripe, que tan encarecidamente le recomendara Humboldt; Moritz y Funck lo acompañaron. Entre los tres hombres surgió rápidamente una verdadera comunidad de intereses. Los naturalistas podían ayudar al pintor con las inscripciones científicas exactas de sus dibujos de plantas, y él por su parte los ayudaba a atrapar escarabajos y mariposas que muchas veces eran atraídos por su colorida paleta. El 20 de mayo de 1843, en La Guaira, los amigos subieron a bordo del Constitución, una bonita goleta que era en realidad un barco de guerra, pero que en ese momento se usaba para perseguir contrabandistas en el golfo de Cariaco y al mismo tiempo debía llevar algunos congresistas a Cumaná. Bellermann aprovechó el viaje de cinco días para observar a los otros viajeros y hacer varios dibujos, algunos de los cuales, como el de los diputados conversando con el capitán, son especialmente buenos pese a las desfavorables circunstancias en que se hicieron.

En Cumaná, los viajeros fueron recompensados por el incómodo viaje con una recepción particularmente buena. Durante tres semanas estuvieron recibiendo invitaciones para excursiones, bailes y otras diversiones. Cuando se disponían a proseguir su viaje, Funck enfermó. La mejoría de Funck fue lenta, por lo que Bellermann y Moritz cabalgaron solos a Cumanacoa, para esperarlo allí. Sólo a mediados de julio estuvieron en capacidad de seguir el viaje, hasta entonces los dos viajeros que se habían adelantado hicieron varias excursiones por las pintorescas gargantas de las montañas del lugar. Los objetivos de estas correrías se conservan en un cuaderno de dibujo, así como algunas circunstancias profanas y cómicas, por ejemplo, «de cómo un conocido naturalista seca sus medias», leyenda bajo un dibujo que muestra a Moritz realizando ese procedimiento frente al fuego. Pies mojados hubo en casi todos esos viajes.

Una vez que los tres hombres llegaron a Caripe, se dedicaron a estudiar la cueva con gran empeño; Bellermann la pintó y dibujó, y los naturalistas estudiaron sus singulares manifestaciones de flora y fauna. Su afán de saber los llevó a adentrarse cada vez más en la cueva. Finalmente pudieron anunciar con orgullo que habían penetrado más profundamente que Humboldt y Codazzi. Originalmente habían planificado viajar por tierra desde allí hasta Angostura, pero esto resultó irrealizable por la inseguridad y el mal estado de los caminos. Por esta razón, los amigos tuvieron que regresar. En noviembre de 1843, Bellermann parte de Puerto Cabello en barco hacia Angostura. Los penosos meses pasados habían debilitado ostensiblemente su salud, pues en una carta menciona que el médico le había recomendado un viaje por mar para descansar.

Las entradas del diario durante el viaje por barco son sólo cortas anotaciones; evidentemente al viajero le iba cada vez peor, lo que no le impidió captar las imágenes de las estaciones más importantes del viaje en su cuaderno de bocetos. Cuando alcanzaron la entrada del Orinoco, el día 2 de diciembre, estaba ya tan recuperado que pudo disfrutar y observar la vida y el movimiento, en parte alegre, en parte aventurero, en el colosal río de la selva virgen. Para esto sobraba tiempo, pues los barcos de vela sólo pueden remontar el río lentamente y a menudo no pueden avanzar debido al bajo nivel de las aguas o a la falta de un práctico. De esta manera parecía anunciarse un viaje totalmente aburrido, pero pronto encontraron compañía amena, pues uno de los barcos avistados era el Emily, de Hamburgo, con el que navegaron entonces a vela haciendo competencias, anclaron juntos y compartieron la mesa del capitán. Hicieron varias excursiones a la ribera en las que Bellermann vio cómo vivían los criollos e indios. También el singular mundo animal cautivó su atención: le gustaron los perros semi salvajes; los monos gritones, no tanto. El 12 de diciembre entraron finalmente en Angostura y encontraron en el puerto cuatro barcos alemanes, a parte de otros españoles y portugueses. Como el regreso estaba anunciado para el 23 de diciembre, quedaba poco tiempo para conocer Angostura y sus alrededores. Bellermann se sintió particularmente atraído por la colorida vida en el puerto y en los barrios indígenas.

Después del viaje las finanzas de Bellermann estaban agotadas, por lo tanto aceptó gustoso la petición de Vollmer de que pintara su hacienda El Palmar. En el viaje hacia allá conoció una de las regiones más hermosas de Venezuela: «los encantadores valles de Aragua». No tenía prisa, cuando encontraba un sitio que le gustaba abría su tienda de campaña o colgaba su hamaca en una choza. Cuando llegó al lago de Valencia siguió por su ribera norte la ruta de viaje de Alejandro de Humboldt, quien más de cuarenta años antes la había cabalgado a todo lo largo. En El Palmar se encontró de nuevo con su amigo Carl Moritz, quien lo convenció de visitar con él la Colonia Tovar, en la cordillera de la Costa. Dicha Colonia había sido fundada apenas en 1843 por Agostino Codazzi, de manera que los dibujos hechos allí representan los primeros documentos visuales del lugar. En mitad de la selva virgen, en las montañas de La Victoria, se habían construido las primeras casas para los colonos en medio de tocones de árboles. Naturalmente, todavía no era muy confortable; además una parte de los colonos mantenía una amarga lucha contra Codazzi, pero los ojos del pintor quedaron fascinados desde su llegada con la belleza de la selva virgen que rodea el lugar.

El 15 de julio de 1844, Bellermann abandona la Colonia. Permanece entonces dos meses en Caracas y realiza excursiones por los alrededores, entre otras a Galipán, un sitio cercano en las montañas que le agradó especialmente. Posteriormente una nueva beca del rey de Prusia le permite emprender un viaje a las montañas de Mérida. Humboldt había insistido mucho en que el pintor debía visitar esa región de nieves eternas a tan poca distancia del ecuador, a la que él mismo no había podido viajar. También Moritz, el naturalista, quien hasta entonces había vivido de la venta de sus colecciones botánicas y zoológicas, recibió una beca del rey de Prusia para ese viaje. Los amigos partieron por barco hacia Maracaibo en octubre de 1844, allí pasaron dos semanas disfrutando de la romántica belleza de la laguna más grande del mundo antes de comenzar el ascenso hacia Mérida, partiendo de La Ceiba. Pasó toda una semana antes de que llegaran a la ciudad, anduvieron por bosques casi impenetrables, por carreteras reblandecidas por la lluvia que a menudo no eran más que senderos resbaladizos y escarpados, por sobre los temibles páramos desiertos y helados, donde incluso el infatigable Bellermann dejó de dibujar y pintar.

En el hermoso bosque de La Ceiba, el pintor y el naturalista disfrutaron la parte agradable del viaje, pero luego, como ya se dijo, éste se tornó poco confortable, y sólo en Mérida volvió a revivir el ánimo de los dos hombres. La estadía en Mérida duró hasta el 11 de marzo de 1845, Bellermann y Moritz hicieron muchas excursiones por los alrededores, casi siempre juntos, pero a veces también por separado. Al emprender el regreso, llevaban una buena cosecha, por lo que debieron viajar con todo un convoy de animales de carga. El 26 de abril llegaron a La Guaira, y Bellermann pensaba cada vez más en el viaje de regreso a Alemania. Es cierto que se quedó todavía algún tiempo por diversas razones, pero la nostalgia lo atormentaba mucho. Por un lado, tenía la esperanza de que el director general del Museo de Berlín, Ignaz von Olfers, le informara de otra beca del rey; por otro, no se entristeció cuando esto no ocurrió. Hasta el día de la partida, el 28 de septiembre, le quedaba todavía mucho tiempo para despedirse de sus amigos y de los lugares que llegó a amar. Lamentablemente en mayo enfermó gravemente de fiebres en Galipán y se recuperó muy lentamente. Sin embargo, algunos dibujos fechados demuestran que su enfermedad no lo alejó de su trabajo. La despedida del país que llegó a amar fue muy dura para él. Cuando algunos amigos trataron de convencerlo de que viajara mejor en la próxima primavera, por las peligrosas tormentas de verano en el Atlántico, se rehusó diciendo: «puesto que ya no puedo quedarme en este país, debo abandonarlo de una vez». Lo más difícil fue la despedida de Carl Moritz, quien en esos años se había convertido en su amigo más querido; la certidumbre de que nunca volvería a verlo le oprimía el corazón.

El 28 de septiembre subió al barco en Puerto Cabello, el 15 de noviembre llegó a Hamburgo. Así terminaba un viaje que sería decisivo para todo el resto de su vida. Las ideas visuales que encontró en este viaje nunca lo abandonaron, una y otra vez concurrió a las exposiciones con cuadros de temas venezolanos y pronto adquirió la fama de ser un «pintor de selvas». Aunque podía sustentarse bien a sí mismo y a su familia, sus cuadros obtenían cada vez menor reconocimiento. Esto se debió en parte a que permaneció durante mucho tiempo aferrado a un estilo pulido y academicista y sólo en sus años tardíos, bajo la influencia del impresionismo, pintó con un estilo un poco menos rígido. Además, a partir de mediados del siglo XIX, la sencilla pintura realista dejó de ser apreciada, y el deseo de muchos artistas de renovar este arte mediante el encuentro con culturas extranjeras se dirigía más hacia los mares del sur y África que hacia Latinoamérica.

El resto de la vida de Bellermann transcurre discretamente. Hacia 1849 acepta un cargo de maestro de dibujo. Entre los años 1851 y 1852 participa en la ampliación del Nuevo Museo en Berlín con dos grandes murales para la sala de Antigüedades Nórdicas. Algunos viajes a Italia, entre 1853 y 1854 y en 1877, amplían su círculo temático sin modificarlo básicamente. En 1857 es nombrado profesor y sucesor de Schirmer como maestro de pintura paisajista en la Academia de Berlín después de que durante veinte años había sido el suplente de su venerado maestro cuando éste faltaba por enfermedad. Aunque recibió variados reconocimientos públicos —por ejemplo, algunos cuadros suyos fueron enviados a las exposiciones mundiales de París y Viena— el artista había sido totalmente olvidado para la época de su fallecimiento, el 11 de agosto de 1889. Su sueño de poder publicar una gran obra de viaje a su regreso, como lo hizo Rugendas, no llegó a hacerse realidad. Sólo en 1894 el naturalista Hermann Karsten, quien había conocido al artista en el último año de su estancia en Venezuela, pudo presentar una modesta publicación con litografías de dibujos del pintor (13).

Bellermann comparte con otros pintores, que también visitaron Sudamérica en la misma época, el destino de ser poco o apenas recordados por la crítica artística. Aunque Humboldt intercedió incansablemente por él, por Moritz Rugendas y por Eduard Hildebrandt ante el rey de Prusia, y logró también órdenes de compras y condecoraciones para ellos, el interés inicial de la opinión pública por sus trabajos se desvaneció rápidamente y al final sólo quedaron compradores privados. Las formas de expresión artística de los tres pintores son totalmente diferentes: Rugendas favorece los colores claros para sus paisajes pintados en gran escala y Hildebrandt la elegante técnica de la acuarela que tiende a la liberalidad. Sólo Bellermann se mantiene profundamente fiel a su formación realista original. Al mismo tiempo tuvo la suerte de recibir en sus últimos años, numerosos encargos de Venezuela que ejecutó con admirable brío.

Después de la muerte del pintor, pasaron casi cien años antes de que el interés en su obra comenzara a renacer visiblemente. El incentivo vino de Venezuela, donde nunca se olvidó del todo a Bellermann, como en Alemania. Durante un tiempo los intentos de realizar una exposición en Caracas no tuvieron éxito, pero motivaron la presentación de dos extensas muestras, una en Berlín en 1987 y otra en Erfurt en 1989, y finalmente la obra de Bellermann pudo ser exhibida también en la Galería de Arte Nacional de Caracas entre 1991 y 1992. El alza notable en el precio de subasta de las obras a partir de esa época prueba que nuevamente se tiene conciencia de la significación del artista, y eso vale no sólo para Venezuela, sino también, en forma algo atenuada, para Alemania. Quienes hasta ahora han valorado a Bellermann por sus reproducciones pictóricas, amorosas y precisas, de motivos venezolanos, tienen ahora la oportunidad de acompañarlo en su viaje leyendo estos diarios que aquí se ofrecen. Son observaciones francas, por más que despreocupadas, sobre una tierra y su gente que él aprendía a querer cada día más. Pero no se trata de reflexiones acríticas más o menos fundadas. Ante el lector surge un mundo perdido, con gente y sucesos fascinantes, tan vívidamente descrito que es posible verlo nítidamente con los ojos de la imaginación.

Que estos documentos hayan sobrevivido hasta nuestros días tenemos que agradecerlo a Peter R.W. Bellermann, bisnieto del pintor, quien siendo también hijo de dos culturas conservó los pequeños y modestos libros de apuntes y hojas sueltas, por los que nadie más se interesó, aunque no podía figurarse ni entender su contenido. A él, sobre todo, tiene que agradecer la transcriptora del manuscrito por su incansable apoyo.

También tengo que agradecer por su cooperación y estímulo a:

Su excelencia, embajador Dr. Erik Becker Becker, Bonn

Henrik Blohm, Caracas

Prof. Alfredo Boulton

Eleonore Braune

Johan Devroe, Haasrode, Bélgica

Jacob H. Jencquel, Caracas

Dr. Luis Miguel La Corte y Carmen Machado de La Corte

Ursula Methe

Dr. Rafael Romero D., Caracas

Dr. Peter Rohrlach, Berlín

Dr. Hermann Simon, Berlín

Sofía Vollmer Maduro, Alberto Vollmer Foundation Inc., Caracas

Prof. Dr. Gisela Zick, Colonia

Igualmente al equipo de colaboradores de las siguientes instituciones:

Academia de Ciencias, Berlín-Brandenburgo, Grupo de Trabajo Alejandro de Humboldt

Museo Estatal de Berlín-Patrimonio Cultural de Prusia, Colección de grabados y Colección de dibujos

Galería Nacional, Sección Siglo XIX y Archivo de la colección de autógrafos

Galería de Arte Nacional, Caracas

Biblioteca Nacional de Luxemburgo

Mi reconocimiento y gratitud a la traductora del manuscrito, Nora López, y a todas las personas, instituciones y empresas que hicieron posible la impresión de estos Diarios venezolanos.

Notas

1. Sobre la historia familiar cf. Gero von Wilcke. «Bellermann, der Klosteraner». En: Archiv für Sippenforschung (Archivo de investigaciones genealógicas). Jg. 43 (66) 1977.

2. Según Seubert. Künstlerlexikon. Frankfurt, 1882. El editor se remite a declaraciones del propio artista.

3. Walther Scheidig. Die Geschichte der Weimarer Malerschule 1860-1900 (Historia de la Escuela de Pintura de Weimar). Weimar, 1971, p. 13.

4. De no indicarse lo contrario, todas las obras de Bellermann que se mencionan a continuación forman parte de la colección de grabados y la colección de dibujos del Museo Nacional de Berlín, Patrimonio Cultural de Prusia.

5. Ilustración nº 86. En: Andrew Wilton. J.M.W. Turner. His Art and Life. Secaucus, N.J.O.J.

6. Johann Gottfried Schadow. Kunst-Werke und Kunst-Ansichten. Aufsätze und Briefe (Obras de arte y opiniones sobre el arte. Artículos y cartas), 1849, p. 329.

7. Lamentablemente este cuadro y los otros «dos pequeños cuadros» mencionados se encuentran desaparecidos.

8. Archivo de la colección de autógrafos. Museo Nacional de Berlín, Patrimonio Cultural de Prusia, Galería Nacional.

9. Ídem.

10. Biblioteca Municipal de Berlín. Colecciones especiales.

11. Colección privada.

12. Cita de una carta propiedad de Peter R.W. Bellermann.

13. Ferdinand Bellermann. Landschafts-und Vegetationsbilder aus den Tropen Süd-Amerikas. Nach d. Natur gez. v. Ferdinand Bellermann (Cuadros de paisajes y vegetación de los trópicos de Sudamérica. Dibujados del natural por Ferdinand Bellermann). Berlín: Hermann Karsten, 1894.

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