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Estremecido por la luz

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Metió la luz de las playas tropicales en sus lienzos. Convirtió el acto de pintar cuadros en un ritual colindante con el delirio y la magia. Incendió los lugares comunes de lo que significa ser pintor, dio la espalda a la oscuridad de galerías y museos de arte para iniciar un peregrinaje que lo llevó a Macuto. Como tratando de darle luminosidad a sus visiones pictóricas se marchó. Lo acompañaba Juanita, la musa de su alma y de sus huesos. Tuvo como sincero amigo a un mono, dijo con admirable y feroz sencillez: «Yo pinto con amarillo y mierda». Aislado y estremecido por la luz legó para las nuevas generaciones de artistas más que una obra una actitud, una manera singular de asumir el arte. Lo demás que se ha escrito sobre Armando Reverón es anécdota cultural, hablilla de estetas, palabrería de la crítica especializada para hacerlo soluble y domesticable en el mercado del arte.

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Detrás de todas esas bambalinas analíticas de la obra de Reverón, detrás de toda retórica de página cultural hay un extraordinario pintor tratando de aprehender la luz en un trazo y en esa actividad no hay misterio alguno, sólo disciplina, locura y devoción a la hora de enfrentar la tela en blanco. Detrás de todo ese documentalismo literario, poético y fílmico no hay más que un hombre poseído por el absurdo que comporta la creación artística, al margen de cánones y pautas académicas. No buscaba recompensas, ni halagos públicos o de crítica, mucho menos estuvo interesado en el alcance futuro de su trabajo, sólo buscaba vivir desde el asombro eso de pintar cuadros. Por esa razón intentó amueblar su soledad creadora con muñecas de trapo y teléfonos e instrumentos musicales de cartón. Más que un pintor dotado con mucho fulgor interior, parece uno de esos mendigos que salen en las obras de Samuel Beckett, mendigos que esperan con inútil y resignado desasosiego una respuesta a las interrogantes del existir.

La pintura de Reverón hoy nos salva del academicismo rígido, del cinetismo matemático y racionalista, del arte como vedettismo social, como perfomance y arte efímero. Su actitud desfachatada invadió nuestra juventud de luz suicida, de paisajes límpidos, de figuratismo de cuento árabe. Su pintura nos salvó del cuadro y del artista trasmutados en mercancías.

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Con su pintura Reverón supo transmitir que la luz de nuestro país es como un viento fuerte que estremece el ramaje de nuestros huesos, que nos empuja hacia la poética de la vida sin otros accesorios que la pasión de sentir la luz para mirar al mundo ya no con los ojos, sino con el corazón. Eugenio Montejo escribió con gran inteligencia poética refiriéndose a la luz de nuestro litoral: «En los ardientes mediodías, aun bajo el ala del sombrero, los ojos se pliegan hasta casi cerrarse, defendiéndose de la abrasiva claridad. Muchos hombres de nuestras costas guardan el hábito de verlo todo, aunque haya caído la noche, por una breve hendija que no deja adivinarles el color de los ojos. Ven como si durmieran. Así, por cierto, debió pintar Armando Reverón cuando en sus grandes telas de rústica materia trató de asir el testimonio de nuestra cruda intemperie marina. Así tendrían que ser vistos sus cuadros si queremos acercarnos a la vehemente luz que su pincel fielmente circunscribe. Son colores amotinados dentro de una tensión blanquecina…»

Pintar como si durmiera a pleno día ese es el legado de Reverón. Ante tanta oscuridad política y económica quien dicta las pautas de luz es un pintor nacido en Caracas en 1889, es un pintor al que hemos valorado desde lo anecdótico y lo singular; un pintor que, a pesar de la ceguera cultural, nos representa y nos afirma al pintar esa luz de la que estamos hechos; lo único malo es que no tenemos ninguna disposición para ver la vida como si durmiéramos, como si soñáramos delirios con los ojos abiertos, pues vivimos en la vigilia monocorde de nuestras inefables apetencias humanas y neoliberales.

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