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Ha muerto la literatura

Introducción

El escritor Alvin Kernan ha vaticinado la muerte de la literatura. Para sustentar su afirmación ha recurrido a Sir Walter Raleigh, que no es el corsario inglés sino un modesto profesor de letras. “Los profetas no sirven para nada; encuentran discípulos e imitadores e inician modas tontas. ¡Que Dios nos perdone a todos! Si se me acusa un día de haber enseñado literatura, diré en mi descargo que nunca creí en eso y que tenía mujer e hijos que mantener…”

Era una buena razón.

Kernan sostiene que tal como lo afirmó Nietzsche, también la literatura morirá, como le ha ocurrido a Dios. Ya vemos que todo es juego, incluso el ejercicio de las letras, y sobre todo darle rango de arte, junto a las artes plásticas, la arquitectura, la música y muchas otras actividades humanas sin las cuales el hombre pasaría el día tomando sol como los otros animales.

La anunciada extinción de la Literatura

¿Para qué el romanticismo o el modernismo? ¿Para qué Shakespeare o Cervantes? Lo que hace el escritor de hoy es una composición de palabras, para ensamblarlas en retazos y crear un collage cultural de textos. Nadie podrá indagar el origen de la creación inesperada, tallada en un cuarto cerrado y con poca luz.

Los grandes autores parecen hoy día incomprensibles. Sus obras están plagadas de sentidos infinitos o carecer de todo sentido, que pudiera ser lo mismo. El lenguaje del siglo XVI es extraño, y sólo ha podido rescatarse por el esfuerzo de eruditos y epígonos que sacan provecho de la hermenéutica.

La tesis de la caducidad literaria establece que la influencia de los poetas anteriores, los grandes creadores de la palabra, es fuente de angustia y debilidad. Pero comete un desliz esta teoría cuando afirma esto: “Cualquier sentido que puedan tener (las obras literarias del pasado) resulta meramente provisional y conferido por el lector” Aquí se revela la incongruencia de Alvin Kernan, porque toda creación del espíritu depende del espectador o el escucha: el otro que juzgará la obra a su libre entender. El lenguaje puede aparecer indeterminado o contradictorio, y sus estructuras ser malabarismos. Eso ocurre en toda actividad humana: nada tiene un sentido unívoco. La función del intérprete es justamente conferir sentido al texto literario, lo mismo que a una imagen pictórica o escultórica.

Pensadores e industriales de la comunicación han atribuido por igual a la literatura el ser elitesca y represiva. En el fondo puede advertirse una intención ideológica en defensa del poder político o la riqueza obtenida en la explotación de los medios masivos de comunicación, representados en la televisión y la transmisión electrónica.

Las ideologías no expresan ideas como tales: son el vehículo para realizarlas; pero ha de notarse que ninguna idea puede llegar a realizarse en su totalidad, porque es en sí misma un proyecto ideal. Es lo mismo que ocurre con la música: un intérprete puede ofrecer sólo algunos y determinados aspectos de la música en una única ejecución de la obra. La esencia destilada de una idea es infinita nunca puede realzarse.

El remplazo del libro impreso, como medio establecido de comunicar ideas y sentimientos y su forma idealizada en la literatura, es la intención de la nueva era. Afirma Kernan: “El alfabetismo, del que dependen los textos literarios, ha disminuido hasta el punto en que es un lugar común hablar de la ‘la crisis del analfabetismo’.” El estudio de las letras se confina a pocos ámbitos eruditos, departamentos de literatura en las universidades, y lo que se ha llamado ‘literatura seria’ está destinada al consumo de un pequeño público. Se afirma también que los autores de obras literarias han sufrido de crisis de confianza respecto de los valores tradicionales del arte literaria.

La tradición imponía la continuidad de su importancia, y las cualidades del artista y del escritor debían ser la aplicación ferviente, el amor por lo real. El patrón de las escuelas dictaba el sentido y las formas en el arte, apoyadas en el tradicionalismo en sus expresiones consagradas: la tierra natal, el orden natural. Los términos usuales eran buen gusto, belleza, instinto, oficio; y frente a estas categorías se contraponían el mal gusto, el cosmopolitismo, la decadencia, el hermetismo.

El principio fundamental era la virtud, que simbolizaba el bien, frente a las expresiones del mal que perturbaban la quietud como si fuese un complot y una condenación. El arte eterno producto de una mitología ancestral se oponía a las nuevas tendencias abstractas del arte moderno y de la literatura surgida a comienzos del siglo XX. En el fondo se veía la ideología política, y quienes adversaban las nuevas expresiones artísticas afirmaban que tales producciones pertenecían a un pequeño grupo de iniciados, mientras que la obra maestra debía alcanzar y conmover a todos los hombres, sea porque ella expresase o fuese el resumen de una civilización, o porque estimulara la apertura a una cultura nueva.

¿Hay una tradición estática? El sólo nombre implica movimiento, traslado, y no puede defenderse la permanencia de las ideas o las costumbres que retratan las letras.

El movimiento del lenguaje como atributo de la Literatura

Desde la perspectiva de los antiguos griegos, el lenguaje es el trayecto y la tentativa de explicar el sentido de las palabras. El postulado principal es la identidad entre la palabra y la cosa que ella nombra.

Es ésta la conclusión casi unánime de la concepción griega acerca del lenguaje: La rectitud de los nombres. Si puede establecerse a través del nombre una relación directa con la cosa denominada, hay allí rectitud, y el nombre es verdadero porque representa la esencia de la cosa significada.

La idea de correspondencia estable entre la palabra y la cosa que ella designa, es válida en el lenguaje común que nos sirve para comunicar lo inmediato de la existencia. El trato diario que necesita el hombre social para nombrar las cosas y satisfacer las necesidades que lo apremian.

Pero hay una rectitud de los nombres que no es necesaria, y, por el contrario, es variable y contingente: son simples atribuciones que pone el hablante, sin vínculo necesario con la cosa designada, salvo la relación accidental. Fue objeto de un estudio de primitiva lingüística por Hermógenes, discípulo de Sócrates, y denominada por él: Teoría Convencionalista. Tiene como objetivo la reducción del rigor de la norma que dirige el orden o, como también se dice, ley como imperativo y principio filosófico del lenguaje, para dar cabida a la convención o acuerdo entre personas y pueblos. Según esta teoría, el lenguaje no posee una índole absoluta y necesaria. Es la libre manifestación de opiniones, en las que se sitúa el conocimiento, la fugaz impresión sensible y el movimiento que la pasión da a la palabra y le atribuye ambigüedad y sentidos distintos.

La literatura como arte poética tiene esa cualidad de expresar con los signos del lenguaje múltiples sentidos expresivos.

La libre opinión es el dominio donde se ubican la metafísica y las disciplinas que tratan del espíritu, y también el arte. ¿Cómo explicamos con palabras a Dios si no es por lo que no es Dios; y de qué modo nos acercamos al arte si no es mediante la perplejidad que nos conduce al silencio? Lo que vemos o escuchamos, ¿está allí de verdad, de una manera definitiva? Eso que expresemos mediante la palabra, entonces, serán nuestras opiniones individuales, y el sentido que ellas tengan será el que cada uno conceda a la expresión aparentemente compartida. Y la mayoría de las veces todo ocurre de modo inconsciente.

George Steiner, en su obra: Después de Babel, trató del cambio de sentido del discurso verbal: “Todo acto de lenguaje contiene un determinante temporal. Leer de un modo completo es restaurar todo lo que uno puede de las inmediateces de valor en medio de las cuales el hablar ocurre efectivamente. Ninguna forma semántica es intemporal”.

Disquisiciones coloreadas

Afirma Kernan que la desintegración de la literatura ha traído los Best Sellers. Y lo más grave de su dicho es que se ha puesto la mirada en los autores de los grandes clásicos: Todas esas obras han sido escritas por hombres blancos muertos. Esta posición racista de quienes propugnan la pureza humana en todo ha inducido a los institutos académicos a reemplazar a escritores como Homero y Dickens con libros como El segundo sexo, de Simone Beauvoir. Se había dado un paso a la crítica social y no a la literaria: La igualdad entre las razas y los sexos, representados por obras de menor prestigio.

El problema de fondo está en el deterioro de la educación, sobre todo la de las letras. ¿Qué debemos leer para adquirir una cultura más humana y de mayor sentido espiritual y práctico?

Motivos hay suficientes para cuestionar a muchos de los llamados clásicos: lo que Dante escribió en La Comedia trata de la oposición política entre Güelfos y Gobelinos, dentro de una selección humana de los errores humanos, en un estilo poético que a los lectores de hoy parece oscuro. Shakespeare es desde siempre el modelo de la creatividad, y su lectura o compresión teatral está reservada a una élite que puede acceder a la simbología que no expone abiertamente. El relativismo ha penetrado en la formación del nuevo estudiante que no quiere oír de los grandes temas de la humanidad y elige permanecer en un espacio conocido y muchas veces sin trascendencia.

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