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Julián Padrón, activista de las letras

Julián Padrón fue un provinciano. Pero pocos provincianos se han adaptado tan pronto y tan bien a la capital, al extremo de ser mucho mejor que la mayoría de los capitalinos. Además de ser un muy buen escritor, fue un verdadero activista de la literatura, y varias de sus iniciativas aún benefician a los lectores venezolanos. Nació en San Antonio de Maturín, en el estado Monagas. El 8 de septiembre de 1910, hijo de dos primos, José Julián Padrón Vivenes y Aguasanta Padrón Vivenes. Su infancia tuvo algo de dromomaníaca, pues de San Antonio de Maturín pasó a Sabana de Piedra, entre Santa María y Caripe, el pueblo de la Cueva del Guácharo, y de allí pasó a Cumaná, la capital del estado Sucre, para rematar en Caracas, en donde estudió la secundaria en el Liceo Andrés Bello, que acababa de cambiar su antiguo nombre de Liceo Caracas, y cuyo director era Rómulo Gallegos. Se trata del liceo en el que estudiaron, entre otros, Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Jóvito Villalba y muchísimos otros venezolanos ilustres, especialmente los que poco después conformarían la Generación del 28 por su acción en pro de la democracia durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez. Padrón obtuvo allí, en 1929, el título de Bachiller en Filosofía. Luego de cursar la carrera de Derecho en la Universidad Central, en 1935, recibió los títulos de Doctor en Ciencias Políticas, otorgado por la UCV, y de Abogado de la República, otorgado por la Corte Suprema del Distrito Federal. Pero su vocación no era la de un abogado en el ejercicio. Sus inclinaciones iban por otros caminos que pronto se hicieron explícitos: siendo aún estudiante es derecho se hizo amigo de Arturo Uslar Pietri, Alfredo Boulton, Carlos Eduardo Frías y otros jóvenes intelectuales, y empezó a publicar textos en la revista Élite. En 1934 se publicó su primera novela, La Guaricha, una muy buena novela editada por Élite. Unos años después, Guillermo Meneses, en su Antología del cuento venezolano (1954), escribiría: Con la novela “La Guaricha” se asomó triunfante Julián Padrón al escenario de la literatura venezolana. Antes había hecho poesía –luminosos poemas íntimos, sentimentales, americanos– pero desde su primer libro narrativo afirmó su poder para crear un mundo campesino, donde pasan personajes sencillos y hermosos como flores, como ríos, como animales. Seguía siendo poeta –un poeta fuerte y melancólico, capaz de mirar dentro de sí, a la sombra del recuerdo, la luz de una mujer, la frescura del agua, el peso de una fruta. Padrón publicó, luego de “La Guaricha”, otra novela –“Madrugada”– donde alguien podría descubrir entre las hojas del Trópico, el eco de una voz culta que dijera serenas consideraciones de escéptica sensualidad- Una colección de cuentos, titulada “Candelas de verano” apareció entre una y otra de sus dos primeras novelas, a las que bastante más tarde se ha unido “Clamor campesino”. Etcétera. Una opinión muy calificada y desinteresada, a la que poco o nada habría que agregar. Con Pedro Sotillo, Uslar Pietri, Boulton (que firmaba con el seudónimo Bruno Pla, fue fundador en 1935 de la revista literaria el Ingenioso Hidalgo, de muy efímera vida pero que dejó huella en la vida caraqueña y venezolana. Poco después, ya graduado de abogado, fundó un diario, también de muy poca duración, llamado Unidad Nacional (1936), cuyo nombre revela que por algún tiempo se sintió tentado por la política. Algún tiempo después se convertiría en articulista permanente de El Universal, y su firma aparecería en numerosas publicaciones del país. En 1944 agregó a sus títulos académicos el de Licenciado en Diplomacia. Se había casado con una mujer extraordinaria: Carlota Toro, con quien tuvo dos hijos: Manuel y Antonio Padrón Toro (autor de una muy buena biografía de Antonio Pérez Bonalde). Fue también Presidente de la AEV (Asociación de Escritores Venezolanos), fundada por Mariano Picón Salas a su regreso de Chile, y que después cambió el nombre por Asociación de Escritores de Venezuela para poder acoger a los extranjeros residenciados en el país. Allí tuvo una de las iniciativas más felices que ha conocido la literatura venezolana, al iniciar la publicación de los “Cuadernos Literarios”, que no sólo sirvieron para difundir ampliamente los textos de autores venezolanos, sino que en muchos casos dieron a conocer a escritores noveles que se impondrían magistralmente en el tiempo. También fue director de la Comisión de Literatura del Ateneo de Caracas y director entre 1952 y 1954, de la Revista Shell, una de las publicaciones más felices que ha conocido Venezuela.
Además de La Guaricha (1934), Padrón publicó cuatro novelas: Madrugada (1939), Clamor Campesino (1945), Primavera Nocturna (1950) y Este Mundo Desolado (1954), un libro de cuentos: Candelas de verano (1937). Fue autor de una Comedia Dramática: Fogata (1938) y un sainete: Parásitas Negras (1939). También produjo una notable
Antología del Cuento Moderno Venezolano (en colaboración con Arturo Uslar Pietri, 1940), y una antología (Cuentistas Modernos, 1945).
Lamentablemente, fue víctima de una muerte prematura el 2 de agosto de 1954.
De él y su oba dijo Domino Miliani: Cabalgando entre el criollismo y las vanguardias se fue haciendo el nombre narrativo de Julián Padrón (1910-1954). Entre los más jóvenes del 28, fundó junto con Uslar Pietri, Pedro Sotillo y Alfredo Boulton, una revista de interés para aquel movimiento: El Ingenioso Hidalgo (1935). Polemizó con Carlos Eduardo Frías, atrincherado entonces en La Gaceta de América, según refiere Meneses. Fue antologista y animador de otros narradores. Inicia su obra de creación con La Guaricha (1934). Antes había publicado textos en Elite, algunos de los cuales recogerá después en Candelas de verano (1937). Enamorado de su tierra venezolana, autodidacta, asimiló de las vanguardias los recursos que imprimieron dinamismo e intensidad lírica a su escritura. Mantuvo apego a los asuntos campesinos. Fue, en tal sentido, criollista; pero consciente de los defectos que minaron la vocación de Urbaneja Achelpohl, será él quien transfigure esta corriente y la dote de fuerza y tragicidad originales, soslayada la tendencia enumerativa y estática del regionalismo anterior, incluido Gallegos, de quien aprende recursos para el detalle, pero a quien elude en la omnisciencia rígida de las construcciones simbólicas. Candelas de verano tiene la intensidad y el ritmo atlético de la mejor narrativa regional. Madrugada (1939) es novela donde culmina su obsesión de captar el alma enigmática del campesino en tránsito a la ciudad, como bien apunta Picón Salas. Después vino el declinar, la novelística que torna a repetirse en procedimientos y situaciones cuando ya se agota el material de la vivencia evocada: Primavera nocturna (1950), Este mundo desolado (1954). Padrón fue además el fundador de los Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos, donde estrenaron forma de libro innumerables narradores contemporáneos. Su Antología de Cuentistas modernos (1945) seguirá por pasos propios la tarea difusora emprendida al lado de Uslar Pietri, con quien seleccionó la Antología del cuento moderno venezolano (1940) una de las más completas que se ha ordenado hasta ahora en Venezuela. Como puede verse, hay en ese texto un sí pero no de quienes no quieren ver grandes valores en los escritores venezolanos, por estar empeñados en adular a los extranjeros, que es lo que en varios escritos he llamado el “Síndrome de Cenicienta”, que busca que a los venezolanos se nos perdone el habernos enriquecido súbitamente por el petróleo. Sin darse cuenta de que en realidad, si bien por la superficie de Venezuela ha pasado la riqueza petrolera, Venezuela no se enriqueció en absoluto. Al contrario, se ha empobrecido mucho, y lejos de buscar el “perdón” de nuestros vecinos, deberíamos exigir que se nos compense esa pérdida y se reconozca que el país ha tenido grandes valores literarios injustamente preteridos, como Julián Padrón.

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