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Klimtmanía por tierra, mar y aire

Quien haya visto el cuadro, incluso una sola vez, no ha podido olvidarlo. La obra se reconoce de inmediato, pues tiene algo especialísimo que la distingue de todas las demás, algo misterioso se diría, muy bello, extraño, único; un sabor intenso a épocas pasadas, a Bizancio con sus oros, sus piedras preciosas y ese espacio poderoso y huidizo, aparente contradicción implícita entre formas muy abstractas y muy concretas, intensidad asfixiante en medio de las capas brillantes, que se expanden y se apoderan del espacio mismo, y los cuadrados multicolores -mosaicos asombrosos- que implican un orden férreo del mundo, búsqueda ávida de la totalidad. Pocos cuadros tienen la fuerza de El beso de Gustav Klimt y tal vez por esta razón ha sido reproducido tantas veces en tantas formas diferentes, símbolo nacional, un poco como el Guernica.

Pósters, postales, cajas de música, pañuelos, imanes para el frigorífico, ceniceros, dedales, bolsos, paraguas… la abundante parafernalia -cara y barata, vulgar y refinada- que se vende en museos, aeropuertos, tiendas de recuerdos y hasta librerías recuerda en el paseo por Viena que más allá del café con nata y los sombreros tiroleses hay otro símbolo igual de popularizado para explotar y exportar. Lo atestiguan los exorbitados precios que siempre alcanzan las obras de Klimt en las subastas. En las puertas del 150º aniversario de su nacimiento, que se celebrará el año que viene -Klimt nació en 1862-, su ciudad natal se ha puesto manos a la obra y le ha tomado como estandarte para una campaña publicitaria que plantea también la fuerza que poco a poco va adquiriendo el arte -y la cultura en general- en las promociones turísticas: «Viena, ahora o nunca».

Así, la Klimtmanía se va a ir apoderando de Viena durante el próximo año y en las instituciones de la ciudad, de un modo u otro ligadas al artista, se van a organizar exposiciones del pintor, uno de los principales motores de la Secesión vienesa, vertiente austriaca del art nouveau, el estilo que inundó Europa hacia finales del XIX con su aspiración obsesiva por conciliar arte e industria. Era la respuesta a una sociedad sumergida en un cambio inevitable y que se preparaba para el proyecto moderno como lo conocería el siglo XX: funcional.

Aunque habría que matizar un poco las cosas respecto a la Secesión vienesa, que desde muchos puntos de vista se aleja de las formas recargadas del art nouveau más popular. Para la Secesión la austeridad era una fórmula necesaria en su búsqueda de la obra de arte total -concepto wagneriano que se ponía de manifiesto en las puestas en escena de sus óperas-, un mundo sin fisuras en el cual ninguna cosa desentonara con el resto.

Desde los edificios o los muebles hasta las joyas o la ropa y las pinturas o el diseño gráfico… todo formaba parte de una misma realidad que perseguía cierta renovación casi espiritual en medio del cambio drástico que la sociedad estaba viviendo. Como explica el lema del monumento de la Secesión en Viena, construido a finales del XIX por Joseph Maria Olbrich y decorado por Gustav Klimt con su conocido friso Beethoven: «A cada época su arte, a cada arte la libertad». Por esas mismas fechas se publicaba la revista Ver Sacrum, el órgano de propaganda del movimiento, que entre sus colaboradores contaba con el propio Klimt, Rainer Maria Rilke o con artistas y escritores belgas de la talla de Fernand Khopff y Maeterlink o Verhanen, con quienes los vieneses mantuvieron una relación muy productiva.

En estas relaciones se centra la primera de la serie de muestras con las que Viena quiere conmemorar el 150º aniversario del nacimiento de Klimt. En el Palacio Belvedere, cuyos impresionantes jardines son una de las visitas obligadas de la capital austriaca, se acaba de inaugurar Gustav Klimt / Joseph Hoffmann, pioneros de la modernidad, donde el espectador tiene ocasión de ver el trabajo de ambos creadores que así, confrontados, dejan clara la particularidad vienesa dentro de contexto europeo, sus relaciones con el grupo belga -entre las obras expuestas aparecen Toorop y el propio Khnopff-, la idea de la obra de arte total y el modo sobrio en el cual se planteaba el modernismo en los círculos austriacos y belgas. Cuadros raros de Klimt, como el Retrato de Barbara Flöge, la madre de Emilie, una de las muchas amantes del artista, entre las que figuró Alma Mahler, se dice; dibujos deliciosos como los animales de Jungnickle para el cuarto de los niños del Palacio Stoclet, una de las obras de Hoffmann en Bruselas; maquetas, fotos de interiores del arquitecto, dibujos de joyas, joyas, reconstrucciones de cuartos de las mansiones de los diferentes mecenas en las cuales aparecen las obras de Klimt, colocadas en su lugar original, y donde se enfatiza la idea de esa obra de arte total con el uso de colores entonados para el cuadro y las paredes, organizan esta muestra que se podrá visitar hasta marzo de 2012. El proyecto, que ha tomado como punto de partida muchas de las pinturas de la excelente colección Klimt del Belvedere, se debe completar con la visita obligada al edificio principal, donde se expone El beso.

La Albertina, el Museo Leopold, el del Teatro y el del Folklore -donde se mostrarán los trabajos de la diseñadora de moda y amante de Klimt Emilie Flöge- son algunas de las instituciones que se irán incorporando a la celebración con las diferentes propuestas a lo largo del año que viene. Sea como fuere, la oferta Klimt no acaba en las exposiciones temporales. En el propio edificio de la Secesión o en la majestuosa escalinata del Museo de Bellas Artes, que también el año próximo va a exponer los dibujos preparatorios para las pinturas de las pechinas, se puede contemplar el trabajo de Klimt. Trabajo que, por otra parte, siempre ha estado ahí y que quizás nadie ha mirado al subir deprisa en busca de los caravaggios. Quizás por eso, el joven del puesto de información del museo explica hastiado a una turista dónde están los klimt. Da las direcciones amable, pero el mensaje queda claro: «Donde siempre han estado».

De vuelta en casa, al mirar El beso en la postal, o en el imán, o en el pañuelo, regresa a la memoria la gran aventura de esa Viena fin de siglo, la de Freud y Wittgenstein, a cuya hermana el propio Klimt hacía un retrato; la Viena desbordante de vitalidad entonces, en medio de la decadencia de un imperio, el Austrohúngaro. Ahora, promocionada a través de Klimt, se desvela fascinante en la contradicción de la propia pintura del artista, donde se resume la paradoja de aquella ciudad.

La pintura de Klimt, en apariencia decorativa y agradable a la vista, está a cada paso a punto de ser trágica, producto de un fin de siglo que vivía prendido de una sensación clara: el ocaso del mundo como lo había conocido. Después vendría el otro proyecto moderno, eficaz, funcional, y las cosas no volverían jamás a ser como antes. Así que no desaprovechen la ocasión para revivir una parte al menos de ese momento luminoso de aquel fin de siglo vienés, aunque sea orquestado desde la inevitable banalidad de una campaña turística.

fuente:elpaís.com

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