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La Batalla Deleznable

La Batalla Deleznable

El extraño ejército de Castro, ahora con unos mil seiscientos hombres, pasó por Cabudare, Yaritagua, Urachiche, Boraure y Santa María. Supo que el general Rosendo Medina (padre de Isaías Medina Angarita) estaba en la región para enfrentarlo, pero había vuelto las grupas a punto de encontrarse con él. El 9 de septiembre pasó por Nirgua, cuyos fantasmas deben haber torcido la nariz al recordar a los que pasaron, también rumbo al valle de Caracas, en 1567. Allí se apoderó de buena parte del parque de Medina sin que en realidad se llegara formalmente a pelear y siguió hacia Miranda y Bejuma, por donde pasó el 10, y tres días más tarde acampó en Tocuyito.

Allí vería acción el general Antonio Paredes, que se había ofrecido como voluntario sin encontrar otra respuesta que el eco de su voz. Lo que cuenta parece la antimateria de lo que cuenta León Tolstoi. Se impuso como voluntario a pesar de la reticencia de los jefes militares del gobierno. Lo hizo cuando de manera irresponsable el encargado de llevar armas de refresco con su correspondiente escolta a las fuerzas que combatían a Castro en Tocuyito, cerca de Valencia, aceptó dejar la comisión en manos de aquel hombre que insistía en sumarse a ellas. “Cuando llegué donde llaman Mucuruparo –narra el estupefacto voluntario–, a una legua de Valencia, ya se veía un cordón de desertores casi contínuo por el camino. Al mismo tiempo podía observarse que las tropas del gobierno venían de retirada, porque los fuegos se acercaban cada vez más. (…) En ese momento ví que por una estrechura o portachuelo del camino de Nirgua, a alguna distancia hacia mi derecha, iba desembocando en la sabana un grupo de tropas bastante grueso; y creyendo que pudieran ser de las de Castro que vinieran a cortar la retirada a las que huían por acá, hice detener los carros y me preparé a resistir colocándolos contra la empalizada de un corral de ganados y situando la escolta detrás. (…) Mas como al examinar con el anteojo comprendiera que eran derrotados de las fuerzas del Gobierno, puse de nuevo los carros en movimiento con la mayor celeridad, y mandé un Ayudante a caballo que fuera a escape hasta donde encontrara a Ferrer y le dijera que yo llevaba un parque; que si él creía que en lugar de serle útil podía serle embarazoso para la retirada, me lo avisara para contramarchar con tiempo y que aquel no fuera a caer en poder del enemigo; pero que mientras él no dispusiera otra cosa yo seguiría la marcha. (…) Después de la detención a que me he referido, que había durado apenas unos minutos, había seguido yo por la sabana paralelamente al camino por ser más fácil a la marcha de los carros, y porque aquel estaba lleno de tropas en desórden que iban hacia Valencia. (…) Fernández, Terife y otros Generales pasaron hacia aquella ciudad, y cuando el primero me vió, gritó: “adiós, tocayo”…. (…) Los batallones marchaban mezclados; los Jefes a caballo en medio del tumulto parecían no inquietarse de lo que ocurría porque no hacían la menor tentativa para restablecer el orden. (…) Cuando hube andado como una milla más, no pudiendo seguir fuera del camino a causa de los matorrales que había en esa parte de la sabana, volví de nuevo a aquel que estaba casi solo por haber pasado ya el grupo mayor de derrotados y poco después me crucé con un joven, que según entiendo era Ayudante de Ferrer y al parecer iba huyendo con los otros. Al reconocerme contuvo un poco su caballo y me dijo: “vuélvase, General, si no quiere caer prisionero con ese parque”. Mas le contesté que no lo haría mientras Ferrer no me lo ordenara por medio del Ayudante que le había enviado, y nos separamos en direcciones opuestas. (…) Apenas había avanzado dos o trescientos metros cuando regresó mi comisionado, y, con señales de grande alarma me dijo: ‘el General Ferrer que contramarche, que todo está perdido.’ ”
Esa es la versión apasionada de un enemigo irreductible de Cipriano Castro, y además valenciano. Aunque es la visión de un militar, es también la de un hombre que ha visto sólo la periferia de la batalla. Llegó tarde al sitio, no estuvo en realidad en el lugar de los hechos ni quiso escuchar a quienes sí lo estuvieron. Escribe para golpear a quien quiere destruir, y casi lo logra. Un andino, aunque no tachirense sino merideño, dueño de la mejor prosa de su tiempo, Mariano Picón Salas, que no estuvo allí, describe casi cinematográficamente lo que ese día ocurrió en Tocuyito desde una óptica diferente a la de Paredes, aunque coincidente en algunos aspectos:
“Acaso en Tocuyito los soldados del gobierno que estrenaban sus piezas de artillería, fueron más valientes que los jefes. Antonio Fernández traía el lastimoso recuerdo de la derrota que Castro le infligió en Cordero. Diego bautista Ferrer fué agasajado huésped del caudillo en la casa de Bellavista el año 95, y no parecía con demasiada voluntad de exponerlo todo por la causa de Andrade. Pocas semanas después (cuando Castro entre a Caracas) aparecerá en un banquete castrista brindando por la Restauración. La batalla, sinembargo, fue excepcionalmente sangrienta. Una mala metáfora de Guerrero (Se refiere a Emilio Constantino Guerrero, que acompañó a Castro en su marcha hacia Caracas y publicó después su “Campaña Heroica”, ditirámbica y habitada por una prosa decimonónica que al gran maestro merideño le causa algo muy parecido a la grima), describe a Castro como ‘el jinete eléctrico’ y ‘como proyectil disparado de una a otra parte para mantener la actividad, la fé y el valor’. Nunca como en ese instante jugó toda su vida a la fortuna. El cañoncito de Parapara ha derribado el reducto llamado ‘Casa Fuerte’ a la entrada del pueblo, que es nido de ametralladoras y granadas enemigas. Ahora, por los paredones desgarrados, se deslizan legiones de hombres heridos, posesos de pánico. Y Cipriano va en su caballito de paso, flotante la chamarreta, repartiendo sus gentes y adelantándose a la estrategia de los generales enemigos. Miguelón Contreras vino a pedir más parque; hace ya una hora que su escuadrón está vaciando los fusiles frente a las líneas gobiernistas, y dice a su Jefe con palabras que recuerdan las del ‘Negro Primero’ en Carabobo: –‘General le digo adiós, porque me van a matar’. Pocos minutos después cae acribillado en la primera fila del combate. Castro ordena a su viejo corneta, Jesús Parra, ‘El Chavalo” que no cese de tocar carga. ‘Era mi mejor cortador’, dice el caudillo como epitafio homérico al saber la muerte de Miguelón. Ahora se le ve por la sabana, casi diabólico, con la barba negra y la chamarreta blanca, saltando vallas, empujando a los lentos y los remisos. Fué su mejor momento épico. Al dar un salto brusco, cae el jinete y sufre fuerte lujación de una pierna. Acuden los hombres a asistir a su General. Pero él está allí, apretando su dolor, asido a un matapalo y reiterando las órdenes de carga: ‘¡Avance el ‘23 de Mayo’! ¡Que entre el batallón ‘Tovar’! Ferrer y Fernández ordenan sorpresiva retirada. Afirma su victoria el ‘Ejército Restaurador’ sobre más de un millar de cadáveres. Al caer la noche, Castro hace melancólica entrada triunfal en el pueblo de Tocuyito sobre camilla de impedido. Sus oficiales cuentan los muertos y empiezan a recoger el parque.

¿Qué había pasado en realidad ese lunes 13 de septiembre de 1899? En la llanura de Tocuyito, al frente de unos dos mil hombres, se había ubicado Cipriano Castro, a quien acompañaban como oficiales de estado mayor Juan Vicente Gómez, Emilio Fernández, Manuel Antonio Pulido, Pedro María Cárdenas, José Antonio Cárdenas y “Miguelón” Contreras. Todos los expertos coinciden en que había sido un error de Castro, pues el sitio le daba la ventaja a sus contrarios, que además tenían más de cinco mil combatientes y mejor armamento. Esas fuerzas que debían defender el gobierno de Ignacio Andrade estaban bajo el doble comando del ministro de guerra, general Diego Bautista Ferrer y el general Antonio Fernández (doble comando porque Andrade no confiaba en ninguno de los dos, y optó por esa medida suicida), con un estado mayor formado por los generales Francisco Linares Alcántara, hijo (Panchito Alcántara, hijo del que fue presidente, es el primer oficial venezolano que estudió en West Point, en los Estados Unidos. Estuvo a cargo de la artillería en Tocuyito; se unió a Castro y tuvo después una pálida actuación política; murió en 1958, a los ochenta y dos años), Jesús María Arvelo, Simeón Colmenares y Candelario Mata. Ferrer y Fernández no hicieron otra cosa que pelearse entre sí. La batalla empezó como a la una del mediodía. Ferrer se empeñó en atacar a Castro por el centro, cuando los flancos estaban al descubierto, y Panchito Alcántara, con sus cañones, sólo causó bajas en su propia fuerza. Al final se corrió la voz de que estaban derrotados y en el anochecer sólo se preocupaban por huir y tratar cada quién de salvar su pellejo. Como resultado, en unas siete horas aquella montonera desordenada de Castro puso en fuga al ejército gubernamental. Castro perdió en la acción unos setecientos hombres, es decir, el 35%, mientras que sus contrarios, con pérdidas proporcionalmente mucho menores, le cedieron el terreno y dejaron totalmente indefenso al pobre presidente Ignacio Andrade que a esa hora andaba, desinformado y saboteado, por los Valles de Aragua

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