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La GAN se oxigena

Por fin, la principal institución del país dedicada a la preservación y divulgación del arte venezolano, no otra sino la Galería de Arte Nacional, se encamina a recuperar la decencia museológica. Desde el estreno de su nueva y todavía inconclusa sede en 2006 con una deplorable y costosa exposición sobre Francisco de Miranda, hasta hace poco, ninguna de las directoras designadas se distinguió en el cargo por razones de causa mayor, léase: Farruco Sesto. Sin embargo, luego de ese desfile de autoridades –desde la más capaz pero de breve paso, hasta la más inútil, también efímera–, en un momento desesperado antes de abandonar el barco, el mismo causante de tales desatinos alumbró una propuesta: poner de director a Juan Calzadilla (1931), un reconocido poeta, dibujante y crítico de arte, algo ya retirado de la escena pero muy cercano al régimen chavista. Su prestigio, como fue el caso de Francisco Dantonio en la vieja sede, podría repotenciar la institución y –¡quién sabe!– preservarla de usos non sancto. 

Una última visita a las salas de la GAN permite descubrir que uno no estaba errado en sus críticas al abuso de textos en las paredes, como si éstas fueran hojas gigantes de papel y los visitantes acudieran a un museo a leer y no a ver obras. Especialmente en los segmentos de la cultura aborigen, de la pintura colonial («arte del invasor») y del arte republicano («postcolonial») quedaba la impresión de que las obras no tenían mérito por sí mismas, sino que fungían de ilustración a los farragosos discursos que ni siquiera eran de propia elaboración sino reproducciones de largas parrafadas de textos ajenos. Ahora, por ejemplo, las vitrinas de etnografía están rodeadas con fotos de Carlos Germán Rojas sobre piezas arqueológicas pertenecientes a la institución. Felicitaciones. 

También es justo reconocer una continuidad en la lectura museográfica de una sala a otra, de un piso a otro, y no como antes que no había un recorrido sugerido, se cerraba de pronto con Reverón y al subir las escaleras se topaba uno con Otero, Soto y demás vanguardistas. Ahora, en efecto, hay un completo despliegue de las diversas expresiones artísticas hasta los años sesenta en la planta baja, para seguir en el piso superior con la fotografía, el dibujo, el grabado, elperformance, el arte conceptual, el video art y demás propuestas contemporáneas. Un discurso fluido y comprensible, con breves textos de presentación en cada segmento. 

Es justo reconocer una continuidad en la lectura museográfi ca de una sala a otra, de un piso a otro, y no como antes que no había un recorrido sugerido

 

Sólo resalta un gran vacío: la cerámica artística con Cristina Merchán, Tecla Tofano, Colette Delozanne o Nohemí Márquez. Y eso que está exhibido el gran impulsor de ese arte, Miguel Arroyo, pero con una pintura que lo representa muy mal. 

Quizá no esté conforme con la inclusión de alguna obra en una expresión o corte temporal definido, al dificultarse la evidencia de una búsqueda común. Un paisaje de Alejandro Otero, de 1944, junto a pinturas de la gente del Taller Libre de Arte; o un Virgilio Trómpiz de índole realista social camuflado de neofiguración; o una Mary Brandt lejos de los informalistas. Son sutilezas de la curaduría que en buena parte es subjetiva. Lo que no me explico es cómo se descuida la protección de algunas obras, de suyo frágiles, colocadas en pedestales sujetos a cualquier tropiezo accidental. En particular, desearía llamar la atención sobre la Bacante (1913, bronce patinado), de Andrés Pérez Mujica; la Cabeza de Medium (1914, bronce patinado), de Pedro Basalo y el Leño viejo (1961, ensamblaje, hierro, alambre y óleo sobre madera), de Jesús Soto, todas en delgados pedestales y sin cajas de acrílico que amortigüen una eventual caída. Ya un fino jarrón de porcelana de la muestra de obras del Palacio de Miraflores se hizo añicos por la misma falta de cuidado. 

Más allá del remontaje de parte de la colección, a manera de panorámica sobre la historia del arte venezolano, se exhiben dos exposiciones temporales, como debe ser en todo museo. La experiencia museológica aconseja realizar, como homenaje, una exposición antológica a un artista de larga trayectoria, y a un artista de menor jerarquía o más joven una exhibición de su obra más reciente. Empecemos por la pintora figurativa Azalea Quiñones (1951), cuya inclusión echa por la borda la nefasta política de no hacer exposiciones individuales sino colectivas. 

No estoy al tanto de las razones de la escogencia, pero como simple espectador me sobreviene una suspicacia vergonzosa al encontrarme con dos tipos de obras que si bien calzan con su trayectoria, la coincidencia aquí me resulta oportunista. Nos encontramos con obras antiguas y nuevas, éstas las más interesantes para mi gusto y que ya en parte había presentado en el Celarg. 

Entre las conocidas, su versión de la última cena (1981) con una serie de creadores entre los cuales están José Ignacio Cabrujas, Jorge Luis Borges, Salvador Garmendia, Juan Calzadilla, Armando Reverón, Oswaldo Trejo, Aquiles Nazoa, Roberto Guevara, Bárbaro Rivas y Cristóbal Rojas, con ella misma en su doble papel de Judas y de Jesús (Colección Leonardo y Linda Blasini); y un tríptico que no le conocía pero de la misma fecha, donde repite a Juan Calzadilla flanqueado por otros dos santos de la libérrima devoción de la pintora: José Gregorio Hernández (Colección Museo de Arte Contemporáneo) y Charles Chaplin, todos enfundados en trajes negros.

Más allá del remontaje de parte de la colección, a manera de panorámica sobre la historia del arte venezolano, se exhiben dos exposiciones temporales, como debe ser en todo museo

 

No es que considere improcedente retratar a un célebre crítico, pues también Luisa Ritcher y Emerio Darío Lunar lo hicieron, todos útiles para una iconografía del personaje. Pero dos retratos del Director de la institución que acoge a Azalea Quiñones suena a pleitesía o a autocomplacencia, según quién sea el responsable de la selección. Si bien se incluye, de su serie de retratos, uno grande de Bolívar (1981), me incomoda esa serie de retratos de pequeño formato en la que remeda al resto de su iconografía con la infaltable Manuelita, todos de recientísima factura (2011), cómo decir, previos a la inauguración. ¿Qué es eso? ¿Una moda política o un pago de peaje? Por otra parte, la GAN no ha podido retomar su bella y envidiable labor de publicación de catálogos pero, en este caso, prefiero que siga así. 

Para no equivocarnos de institución y del nuevo tiempo museístico que sufrimos, la otra exposición temporal es una impertinencia del Museo Bolivariano: una serie de fotografías que dan cuenta del proceso de restauración de piezas textiles, actualmente exhibidas en su sede original. 

Lo normal habría sido que los visitantes de ese museo hubieran podido apreciar estos detalles o ver el video correspondiente en su propia sede. 

Pero ya esto está más allá de las decisiones de la Galería de Arte Nacional, sometida a una pérdida de autonomía programática ante los caprichos de la Fundación de Museos Nacionales. Basta con seguir la visita hacia el Museo de Bellas Artes, que si bien pudo gritar triunfo al recuperar su edificio primigenio, el mismo está ocupado casi en un cincuenta por ciento de su espacio expositivo por sendas exposiciones ajenas. 

La primera, elucubrada por el Museo Nacional de la Historia, es una vuelta a la noria mirandina para escolares a partir de un pedazo del Leander que no han podido construir en el Parque del Este, perdón, Parque Miranda; la segunda, más de artes plásticas, una muestra de un artista autodidacta organizada por el Museo de Arte Popular, institución convertida en lastre de la GAN pues al permanecer de puertas cerradas, ni lava ni presta la batea, cuando debería exhibir en el espacio usurpado la colección que le es propia, la adquirida a Mariano Díaz. Por lo menos la temporada de vacaciones mantiene plena de escolares las salas de la GAN; ojalá que ya creciditos la visiten voluntariamente y no acarreados como ahora. 

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