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La otra cara del negocio editoreal

(%=Image(5969161,»R»)%) «Nunca he tenido una cartera muy profunda para contratar a autores caros, y por eso siempre me he visto como editor que busca, que busca nuevos valores, reforzar los valores ya formados aunque no reconocidos por la industria editorial».

México / Librusa

Las oficinas de Ediciones Colibrí están lejos de las pomposas instalaciones con las que cuentan las grandes transnacionales. Ubicadas en el primer piso de un edificio de la céntrica colonia de Santa María la Ribera, se trata de un lugar auténticamente acogedor, lejos de esas salas frías que llenas de concreto sólo tienen libros para ambientar una atmósfera.

Sandro Cohen, originario del estado norteamericano de Nueva Jersey, pero con 30 años de residencia en México, me recibe en una pequeña estancia, con una mesita de centro, en donde se encuentran diversas revistas relacionadas con el mundo literario. A nuestro alrededor hay un piano, y un par de estantes que dividen la zona de escritorios donde Cohen y su gente trabajan. Un pequeño perro –mascota de la editorial– sale a saludarme, y una ligera brisa –en México estamos en plena época de lluvias– entra por la puerta que da a un balcón en donde a veces disfruta de leer, según confiesa el también autor de libros de poesía como Los cuerpos de la furia, Línea de fuego y Corredor nocturno; y de las novelas Lejos del paraíso y Los hermanos Pastor en la corte de Moctezuma.

Sandro Cohen reconoce que ser editor no es fácil. Tras advertir que “sobrevive” gr acias a su profesión de maestro universitario, señala que editar lib ros es un albur al que apostó de lleno al fundar su propia editorial, Ediciones Colibrí, luego de pasar por firmas como Planeta y Grupo Patria. Cohen confiesa además que es alguien que está en el mundo literario porque ama los libros.

—Usted escribió sus primeros poemas a los siete años, ¿qué recuerdos tiene de este primer encuentro con la escritura?

—Me queda la sensación muy extraña y placentera de poder crear una realidad a partir de palabras. Creo que esa sensación todavía me acompaña.

—¿Qué ha sido la poesía para usted?

—La poesía es una manera de vivir el mundo, de digerir las experiencias y convertirlas en algo que no se olvida. Es el cedazo por el cual pasamos todas nuestras experiencias, para reconstruirlas en la forma en que otras personas también las pueden vivir.

—Después de varios títulos de poesía publicados, en 1995 usted incursiona en la narrativa con la novela Lejos del paraíso, ¿fue ante esa necesidad de contar a través de la narrativa eso que dicen que se queda corto en la poesía?

—Siempre me alenté en el lado de la narrativa, pero no la había practicado asiduamente sino hasta unos años antes de escribir mi primer novela, con cuentos breves. Lo hice porque me di cuenta que no podía decir todo lo que quería decir en verso. Tenía ganas de explorar otras avenidas de la creación sobre todo en áreas de política y sociedad, todo esto se puede tocar en la poesía pero de manera muy vaga. Yo quería decir algunas cosas muy específicas, y la prosa sirve mucho mejor para eso.

—Usted hace 30 años que llegó a México, hace su vida literaria en este país, ¿qué ha significado el abrazar una lengua que no es su lengua materna?

—Bueno, me tendrían que haber preguntado hace 30 años. Pues otro desafió más como muchos que hay en la vida. Dominar una lengua es de lo más difícil que hay. Hay personas que hablan con facilidad cuatro, cinco o seis idiomas. Pero no son muchas las personas que puedan escribir poesía, cuento, novela, porque el idioma es un instrumento muy delicado, muy fino, que tiene mucho que ver con cómo traducimos la infancia, y no es fácil expresar en un idioma adquirido aquello que vivimos en el idioma materno. Además las sutilizas de gramática y sintaxis casi siempre nos rebasan. Para cualquier persona es difícil escribir, en cualquier idioma. Me consta como maestro de redacción la dificultad que representa, para cualquier hablante nativo, dominar el lenguaje escrito, mucho más sino es su idioma. Pero ninguna dificultad es imposible de remontar si se tiene la pasión. Es ardua la tarea, yo apenas tengo 30 años, todavía no la acabo, pienso que nunca la voy a acabar y mientras tanto me divierto mucho.

—En su faceta de editor, ¿qué me podría decir del primer libro, qué recuerdos tiene de aquellos primeros escritores con los que trabajó?

—Yo empecé como editor en Editorial Planeta, entonces todos los primeros libros que trabajé no eran libros de autores míos. Yo entré en medio de un proceso que ya estaba funcionando. Los criterios editoriales que imperaban no eran míos. Yo debía seguir una política corporativa muy clara. Pero traje conmigo ciertas ideas que traté de aplicar en cuanto a la edición de obras literarias dentro de Planeta y pude hacer algunas cosas. Desgraciadamente yo llegué al ámbito editorial justo la víspera de su mayor descalabro, no sé en cuanto tiempo: me refiero a 1994, mediados de 1994. Después de los errores de diciembre todos los planes que habíamos trazado en Planeta se fueron al caño, y desde entonces han sido vacas y vacas. Estuve dos años allá y luego estuve dos años con Grupo Patria Cultural. Ahí sí pude tener un poco más de libertad de elección en cuanto a los autores, en proyecto; siempre con las limitaciones de las personas encargadas de ventas que siempre quieren cierto tipo de libro porque piensan que son los libros que más se venden. Todo es comprensible y muy frustrante para un editor en un país en donde –en comparación con otros países– se lee muy poco. Por bien que uno elija unos libros, o por mucha calidad que tengan es muy difícil que se conviertan en libros de mucha venta si no son escandalosos, o si no son de autores ya muy reconocidos que garanticen cierta venta. Nunca he tenido una cartera muy profunda para contratar a autores caros, y por eso siempre me he visto como editor que busca, que busca nuevos valores, reforzar los valores ya formados aunque no reconocidos por la industria editorial. Las posibilidades son muy acotadas dada la economía que vivimos y el ambiente de hostigamiento que todos sentimos tanto como editores, como consumidores, como ganadores de dinero para nuestras familias. La situación es muy difícil donde impera el pesimismo –como impera en México–, es muy difícil que la gente se salga de su carga y busque hacia fuera alicientes que no sean sus necesidades básicas para sobrevivir.

—¿Cómo concibe usted el papel del editor, dentro de esta dinámica en la que pareciera que ciertamente los editores se están moviendo desde el punto de vista meramente económico, dejando tal vez un poco del lado el literario?

—Me consta que muchos aspiramos por lo pronto a sobrevivir, a que mejore la situación, a contribuir a que mejore la situación. Porque no es lo mismo, todos esperamos a que mejore, pero también tengo muchas ganas de participar en esa situación, de participar en el proceso mediante el cual pueda mejorar la situación. Estamos hablando de concientización. Del libro como participante del diálogo entre los que toman decisiones, los que influyen en los demás. Para mí no es lo mismo publicar un libro que otro libro. Y creo que al mal clima buena cara, y por eso seguimos. Si fuera únicamente las razones económicas no habríamos pasado del segundo año. Esto yo no lo hago, no lo estoy haciendo porque deje dinero: porque no deja dinero. Estamos luchando por salir tablas en todo lo que hacemos, y muchas veces hay que hacer muchas cosas para poder pagar la renta, la luz, el teléfono. Pero lo seguimos haciendo porque sabemos que estamos haciendo una diferencia. Es mi manera de –si ustedes quieren– de hacer política, pero para mi hacer política es que la gente se dé cuenta de cual es el mundo en que vive. No hablo de política partidista, hablo de educación y para mí el libro es el mejor educador que tenemos. El gran misterio es cómo hacer que los libros no sólo lleguen a la gente, si no que la gente quiera que lleguen los libros. El Estado no tiene la menor idea, anda con quimeras. Pero como maestro sé que si la gente tiene la preparación correcta y eficiente, no necesita más que tener el dinero suficiente y la posibilidad de poder conseguir lo libros. Porque una vez enganchado, la gente no se detiene. Pero el 90 por ciento de la gente está enganchada con productos chatarra de producción masiva que sólo produce más necesidad de consumir productos chatarra, productos que no evoquen pensamiento, que no enseñan a pensar analíticamente, que no enseñan a ser críticos. Este es el problema. Yo quisiera que fuéramos más críticos, más analíticos, más entusiastas, que creyéramos más en nosotros mismos. Es muy triste ver cómo el mexicano actual en general –sobre todo del Distrito Federal– no cree en sí mismo. Piensa que su ciudad es mala, fea, que no tiene nada, ni la toma en serio y nada más la desprecia; igual a su país, igual a sus valores. Todo es comprensible, pero no deja de ser triste.

—Esta preocupación que usted muestra con respecto al libro como un motor de educación, ¿ha sido totalmente olvidada, o desplazada en las editoriales?

—No, totalmente desplazada no. El 95 por ciento sí. Hombre, el negocio editorial es eso: un negocio. Y un hombre o mujer que invierte con la idea de recibir más dinero por su inversión no va a pensar en el valor educativo de los libros, sino en cuánto le va a dejar de ganancia, esto es un negocio. Yo me inicié en la edición de libros, no para hacer dinero, sino para participar del diálogo en la cultura, un diálogo ciudadano. Para mí el éxito es recuperar lo suficiente para hacer otros libros, porque afortunadamente soy profesor universitario y con mi sueldo puedo seguir viviendo y mantener a mi familia. Esto no es un hobby, y esto ocupa el 80 por ciento de mi tiempo por decir algo, el otro 20 por ciento doy clases, investigo y trabajo doble turno. Yo no trabajo ocho horas, trabajo 14, 16 horas diarias entre la universidad, la investigación, la lectura, la escritura y la editorial, estoy trabajando 16 horas. Lo hago porque me gusta, si no me gustara no lo haría, pero me gusta mucho porque satisface la necesidad que yo tengo de incidir en la realidad, de hacer una diferencia. Y si además puedo publicar libros que van a hacer una diferencia.

—Dentro de toda esta problemática que enfrenta el mundo del libro, después de su paso por Planeta, y por Grupo Patria, ¿cómo es que usted decide formar una nueva editorial, Ediciones Colibrí?

— Precisamente porque quería –antes de que fuera demasiado tarde– seguir mi propia visión de lo que puede ser una editorial literaria, con una mezcla de narrativa, poesía, ensayo y libros de divulgación. Y es lo que he hecho. No puedo quejarme de mis jefes, he hecho lo que he podido dentro de las limitaciones que tengo, pero dentro de esas limitaciones creo que hemos podido hacer bastante.

—¿Qué criterios de publicación sigue Colibrí, con respecto a esta dinámica que ya mencionó usted, en donde se debate entre la calidad literaria y el aspecto comercial de la literatura?

—Uso el criterio que la mayoría de los editores desechan, que es el criterio propio. Yo publico aquello en que creo, porque he comprobado que con el paso de los años el gusto del público termina alcanzando el gusto de los creadores, los creadores casi siempre están bien adelantados al gusto de la gente, y es natural porque están abriendo camino. La gente está acostumbrada a leer, o escuchar en el caso de la música, o ver en el caso de la pintura, aquello que ya han leído, escuchado o visto, y buscan repetir la experiencia, sobre todo cuando ha sido grata. Entonces el artista siempre está buscando ampliar la esfera de su creación. Lo que hace el editor es tratar de sintonizarse con los creadores y promover esa visión cuando tiene valor y ahí donde entra el gusto de cada quien.

—Como editor, ¿recuerda alguno, o algunos títulos que lo hayan marcado?

—Sí cómo no, cada libro es un albur y nunca sabe uno en que va a terminar. Yo creo que el albur más grande que me jugué como editor, dentro de las transnacionales, fue con la publicación del grupo de las novelas del Crack. Al principio pues perdí el albur porque a mis jefes no les gustaron mis libros, vinieron las críticas negativas y por poco me piden la renuncia, pero no tuvieron que hacerlo porque renuncié yo solo al ver que mi apuesta no les había gustado, porque según ellos había fracasado. Poco después de mi renuncia, mi apuesta empezó a cosechar las ganancias que no se habían visto al principio. Y ahora todos ellos son los escritores mexicanos más vendidos y traducidos de la actualidad, en el mundo. Y no se trataba de novelas fáciles, todavía están hallando el gusto del público: son novelas difíciles, provocadoras, exigen al lector que piense, que sea crítico, que sea analítico, que goce con los juegos de la razón y la sinrazón. Estos son los libros que me gustan. También he hecho muchas otras apuestas, en donde todavía falta ver con el tiempo si aposté bien o mal. Pero yo me conformo con saber que he apostado con ello en que yo creo. No tomo decisiones únicamente porque me parezca que un libro puede ganar dinero.

—¿Es fácil la visión del editor?

—No, no es nada fácil. Porque uno sabe que está apostando a largo plazo y nunca sabe si va a alcanzar el tiempo para ese reivindicar.

—¿Usted es celoso como editor?, es decir ¿cree en la exclusividad de los autores como parte de una fidelidad literaria?

—Ese lujo se paga muy caro. Yo no puedo pagarme ese lujo. Y se correr el riesgo –me ha pasado– de formar un escritor para que se vaya a otra parte, me ha pasado muchas veces. Mientras yo no pueda retener a un autor con la oferta económica que él cree merecer, o merece, no hay nada que yo pueda hacer. Tendré que seguir buscando y formando más autores, o apoyando a más autores, otros autores.

—Ahora, ¿cómo compite Colibrí –si es que lo hace– contra todas estas grandes firmas que parecen abarcarlo todo de forma avasalladora en el terreno literario?

—Yo no compito contra ellas. Eso no es ni lógico ni posible. Estamos hablando de millones de dólares contra un presupuesto de 50.000 pesos mensuales. No se puede, no tiene ningún sentido. Ellos no son la competencia. La competencia es la ignorancia.

—¿Cuáles serían las apuestas de la editorial dentro de esta dinámica que señala a un país de “no lectores”?

—Trabajamos directamente con una serie de profesores en una serie de preparatorias y universidades, tratando de que ellos a su vez creen entusiasmo entre sus alumnos para que lean los libros que vamos publicando, para que los comenten con los autores que van y los visitan. Creo que poco a poco estamos creando un ambiente propicio para la lectura dentro de las posibilidades que tenemos.

—Parece ser que de repente los libros quedan fuera del alcance del lector por razones económicas, y en ese aspecto Colibrí está trabajando en ello al poner las obras al alcance de los lectores a través de libros económicos, ¿qué me dice al respecto?

—Es cierto que la economía es un factor importante, pero no es el único factor. No creo ni siquiera que sea el factor más importante. Considero que el factor más importante es el simple hecho de que la gente no tiene conciencia de que necesita leer. Porque muchísima gente tiene 100 pesos para irse a tomar unas cervezas, pero no tiene 100 pesos para irse a comprar un libro: eso es muy caro; tiene 100 pesos para ir al fútbol, pero no tiene 100 pesos para comprar un libro; tiene 100 pesos para muchísimas cosas, pero no tiene 100 pesos para comprar y leer un libro. Porque piensa que no es importante, que no le hace falta, y este es el problema real. Desde luego, si yo estoy convencido de que necesito leer y no tengo los 100 pesos, es un problema. Y si mis hijos necesitan comprar libros, y sólo tengo 100 pesos y son tres hijos, es un problema. Pero no se va a resolver el problema cobrando un poquito menos. Además, si encima vamos a cobrar IVA (impuesto) vamos en el camino equivocado. Pero esto de querer cobrar IVA sí va en ese sentido, vamos en el camino equivocado. Pero ni restaurando el 50 por ciento de estímulo fiscal, ni dejando de cobrar el IVA a los libros resuelve el problema, el problema es sistémico, es mucho más profundo. Tiene que ver con una actitud que las autoridades tienen ante el fenómeno literario, y el fenómeno intelectual en sí, que es de desconfianza, es de falta de comprensión.

—¿Cuáles podrían ser algunas alternativas?

—Enseñar a los maestros a amar la literatura, enseñar a los maestros de primaria a hacer que los niños se enamoren de los libros. Cuando los estudiantes llegan a la universidad piensan que la lectura es castigo, cuando es liberación. Es muy difícil hacer que la gente lea cuando la gente cree que es un castigo, que es lo peor que les puede pasar cuando es lo mejor que les puede pasar. ¿Cómo sucede que un niño –con un potencial infinito hacia la creatividad, el pensamiento, el análisis, la crítica, la capacidad de cambiar su mundo– se convierte en un cero a la izquierda? ¿Cómo le hacen? No lo sé. ¿Cuál es la política educativa que siguen para apagar a los niños en lugar de prenderlos? No lo sé. Para mí que tomen sus programas de bibliotecas de aula y su demagogia y que se la lleven a otra parte, lo importante aquí es hacer que los niños desde primaria se enamoren de los libros. Que vean el momento de leer en clase, como el apogeo de su día, la parte culminante mejor que el recreo; la parte donde liberan sus angustias y tensiones, la parte donde ellos pueden irse a los lugares más hermosos de mayor aventura de éxtasis, si ellos quieren. Donde puedan viajar a donde ellos gusten. Esa es la aventura, donde ellos puedan hacer las preguntas que ellos siempre han querido hacer, porque esas preguntas las pueden contestar los libros, mucho mejor que sus propios maestros. Para eso sirve el maestro: ¿quieres saber esto?, aquí está la respuesta, o aquí hay una posible respuesta y ésta te va a llevar a otra, y otra, y otra; es una cadena, este es el diálogo al cual me refiero. Todos los seres humanos nos podemos comunicar, entre nosotros, a través de los libros. Yo puedo dialogar con Aristóteles, con Platón, con Cicerón, con Propercio, igual que con Octavio Paz, Efraín Huerta, Carlos Pellicer o Gilberto Owen. Los libros hacen que eso sea posible, por alguna razón nuestro sistema educativo logra hacer que esta actividad que debe ser la más gozosa de todas, sea la más opaca, y aburrida, y espantosa. Este es el enemigo. No son las transnacionales que hacen lo que pueden igual que nosotros.

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