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La primera novelista venezolana

En el siglo XIX venezolano, en una sociedad que la mujer ocupaba un lugar subalterno y secundario, es extraordinario que apareciera de repente una escritora, como fue el caso de Lina López de Aramburu, que usó el seudónimo “Zulima”, posiblemente para protegerse de las críticas ácidas que despertaría su audacia. “Zulima” es un nombre de origen semita que significa “mujer pacífica”, lo que podría implicar mucho en su caso. Y no publicó una sola novela, sino tres: “El Medallón” (1885), “Un crimen misterioso” (1889) y “Blanca; o consecuencias de la vanidad” (1896). Es, pues, la primera novelista venezolana, la primera en abrir un camino que después recorrerían Teresa de la Parra, Trina Larralde, Antonia Palacios, Lucila Palacios, Antonieta Madrid, Laura Antillano, Ana Teresa Torres, Margarita Belandria y muchas otras escritoras exitosas y de gran valía. Pero hay que subrayar que Lina López de Aramburu, la primera mujer novelista del país, no fue, ni mucho menos, defensora de la mujer y sus derechos. De ella se sabe muy poco, o nada. Tuvo por lo menos un hijo, por la dedicatoria contenida en el prefacio escrito de su novela “Blanca; o consecuencias de la vanidad”, que dice así: “A mi hijo Eduardo (…) A quién sino a tí puedo dedicar esta última producción de mi intelecto;… Acéptala, pues, para que más tarde se la hagas leer a tus hijos, para que recojan en parte, la simiente que he procurado cultivar en el corazón de los míos…” En el “Primer Libro Venezolano de Literatura, Ciencias y Bellas Artes” (Caracas, 1895), Manuel Landaeta Rosales la menciona como poeta y novelista caraqueña. De resto, no hay información sobre su vida. Sí se encuentra información, en cambio, sobre sus novelas, las primeras escritas por una mujer en Venezuela. O, si se quiere, las primeras publicadas por una mujer en Venezuela.

En sus tres novelas, publicadas en un plazo de once años, “Zulima” se centra en lo moralizador y, sobre todo, en el papel de la mujer en la sociedad, pero, repito, no se trata en absoluto de una defensa de los derechos femeninos, sino casi todo lo contrario. La mujer debe ser sumisa, obediente, dedicada la maternidad, fiel hasta la muerte, y esas condiciones deben llegarle a través de la educación, en la que no debe haber demasiada cultura (Berta en “Un crimen misterioso”). En las tres hay una clara diferenciación entre los “buenos” y los “malos”, pero también aparece como elemento central la redención de los “malos” por el arrepentimiento, y, sobre todo, la defensa del derecho a arrepentirse que asiste a los “malos”. En “El medallón”, Agricio Coenta, (¿“Agricio” por agrio?) del bando de los “malos”, es elogiado por estar “arrepentido y lleno de arrepentimiento y de dolor”. En “Un crimen misterioso” tanto Berta como su marido, Santelmo, que han actuado mal, terminan plenamente redimidos por la contrición. Y lo mismo ocurre con Blanca, la protagonista de “Blanca; o consecuencias de la vanidad”, la mimada que llega a la degradación de la locura y es finalmente perdonada y redimida. Para “Zulima” el papel de la mujer en la sociedad está definido por Berta en el capítulo I (“Berta de Santelmo”), cuando en un parlamento la protagonista dice “Querido Esteban –le decía Berta–, la verdadera felicidad se encuentra en el hogar doméstico, las alegrías fuera de él, siempre ofrecen al fin penas y desagrados porque el verdadero afecto lo dan la esposa, la madre y los hijos”. En general se acepta que “Un crimen misterioso” es la mejor de las tres obras de López de Aramburu. Se inicia con un “Prólogo” que está absolutamente de más, pues no aporta nada a la narración, ni siquiera suspenso. Sus primeros párrafos son los siguientes: “Una mañana del mes de enero del año 1861, los vecinos de los alrededores de la Matanza Real, fueron sorprendidos por un acontecimiento bastante raro en la ciudad de Caracas. (…) La Matanza Real como se llamaba entonces, era un edificio derruido donde no se beneficiaba y sólo servía de refugio a familias paupérrimas. (…) Este antiguo edificio, convertido hoy por nuestro Regenerador en elegante matadero, estaba circuido por incultas vegas que servían de camino a aquellos pobres vecinos para ir a surtirse de agua en el río Guaire. (…) En esa mañana que era fría y neblinosa y en la vega limítrofe a dicho río, se veían agrupados los vecinos, llenos de sorpresa. (…) Era la causa, que había amanecido en dicho lugar la ropa blanca y algo del mobiliario de la casa que revelaba ser de una familia acomodada; allí había trajes de señora, de ricas telas, desde la pieza interior hasta las joyas de oro. (…) La sorpresa era general, pero tras el asombro se alzó la codicia y aquellas gentes empezaron a cargar con todo para sus hogares y en poco tiempo todo fue llevado de allí; pero cuando ya iban a terminar, una anciana se inclinó para tomar un colchón que estaba arrollado, pero al cogerlo, éste se desenvolvió, y un grito unánime se escapó de todos los presentes. (…) Al abrirse el colchón, salió de él y cayó al suelo una cortina de damasco desgarrada y toda ensangrentada. (…) En el colchón había una charca de sangre congelada y en dos partes estaba atravesado por dos puñaladas.” Lo curioso es que ese hallazgo no desata investigación alguna, y la el contenido del “Prólogo” no genera en realidad curiosidad, ni siquiera cuando la novelista aplica un recurso que será absolutamente común en las novelas del siglo siguiente: el flash back, y pasa a contar en forma lineal la historia que la motiva, que no es otra que la del asesinato de una joven esposa por su marido, el oficial centralista Pablo Querales, que quiere casarse con Alicia Santelmo, hija de Berta Osorio de Santelmo y su marido, Esteban de Santelmo (que al principio de la obra parecen ser los protagonistas únicos, pero esa función luego se disuelve entre varios personajes). A mi juicio tampoco se justifica la narración de la vida de Berta, que recibe una educación nada común, y al casarse con Santelmo la deja de lado para convertirse en la perfecta casada, ni la historia secundaria en la que cuenta que Santelmo la desprecia con el hecho de tener queridas y aventuras por doquier. La verdadera historia central de la novela es otra. A lo largo del texto el lector descubrirá que Querales, varios años antes, asesinó a su esposa y a su cuñado, oficial federalista, por un equívoco terrible, y creyó matar también al único testigo del crimen, su ordenanza, que se salvó por casualidad y será el instrumento para que, cuando Querales trate de casarse con Alicia Santelmo, sea descubierto y se sepa hasta que se cambió de bando, de paecista a federalista, para encubrir su crimen. La novela se resuelve con el suicidio del perverso Querales y, tres años después, el feliz matrimonio de Alicia con otro pretendiente (Arturo Montiel) que no tiene esa espantosa carga criminal en su pasado. Y todo termina con un edulcorado “Epílogo”, un happy end de película no muy intelectual.

No deja de ser una novela interesante, a pesar de sus muchos defectos, entre los que destaca, además de los ya señalados, el excesivo uso de diálogos con guiones (muy de esa época y de la técnica folletinesca) y el uso de expresiones forzadas, que ya no se utilizaban en el tiempo de la acción.

De “Blanca; o consecuencias de la vanidad” (1896) puede decirse más o menos lo mismo que de “Un crimen…”. Su argumento es algo más simple: gira sobre Blanca Villamizar, niña muy linda y manipuladora que fue malcriada por su padre y creció sin verdaderos valores, y que tiene como contraparte a Julia Urquiza. Blanca, para demostrar que es mejor que Julia (que se va a casar con Roberto Montijo), se casa con el ricachón y poco agraciado Jacinto Salinas. Tiempo después, Blanca, ya señora de Salinas, tiene un flirt con Julián Rovira, empleado de Salinas, el marido cree que ella le ha sido infiel y la arroja de su casa para irse con sus hijos a Europa. Blanca se niega a apelar a su familia y se vuelve loca. Tiempo después hay una acción secundaria protagonizada por Oliver, el hermano de Blanca, que pretende a una joven que lo rechaza a causa de un secreto. Por casualidad y para hacer el cuento corto, Julia encuentra un día a Blanca, convertida en “la loca de Tacagua”, y la rescata para que un médico la trate y la cure, y le haga creer que lo que sufrió fue un sueño. Casualmente el marido de Blanca descubre que no le fue infiel. Blanca recupera la cordura y hasta tiene otros dos hijos. Todos terminan “radiantes de felicidad” por haber redimido a Blanca. Colorín colorado… Hay varias maneras de interpretar esa trama, una se desprende de algo que cita la autora, atribuyéndoselo a un escritor que no quiere nombrar: “si hacemos mujeres sabias, se acabarán las madres de familia”, pero que en su disquisición ella misma casi anula al decir: “La mujer verdaderamente instruida, debe por razón natural formar con más facilidad una familia, sin que su vasta ilustración coarte en nada los santos y sublimes deberes de la maternidad; por el contrario, eso sería luchar con la ley divina, sería menoscabar ella misma su gran misión en la tierra”. Y la otra parte de la misma disquisición, pero un poco más arriba, que dice: “¡Pobres hombres! –¿Qué sería de vosotros sin la mujer? Os creéis omnipotentes y nada sois sin ellas; os creéis poderosos y nada podéis si ella no os ayuda en vuestro poderío. ¿Por qué, pues, le negáis una educación igual a la vuestra? ¿Por qué las condenáis a esa mediocridad que las ata cortándoles el vuelo a su intelecto a su espíritu? ¿Por qué? decid ¿por qué?”, en lo que, sin duda, hay una cierta resonancia de las famosas “Redondillas” de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, o sea, Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), que dicen: “Hombres necios que acusáis / a la mujer, sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis”, con la clara diferencia de que las palabras de la mexicana son de altiva protesta y las de la venezolana implican una cierta sumisión, a pesar del reclamo relacionado con la educación, puesto que supone que la educación de la mujer depende del capricho del varón. ¿O no?

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