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La travesía de Mauricio Walerstein

Cumpliendo con la tarea que me fue asignada por este prestigioso diario, fui a verTravesía del desierto al día siguiente de su estreno en las salas caraqueñas, es decir, el sábado 22 de octubre. El primer problema surgió al revisar la cartelera cinematográfica y constatar que la película sólo se estrenó en 6 salas: El Recreo, Concresa, El Marqués, Líder, una del eje Guarenas-Guatire y otra que ya no recuerdo. Todas salas que, dada la actual situación de inseguridad ciudadana no son las que suelo frecuentar (San Ignacio, Millenium, Tolón y Centro Plaza principalmente). Por razones de horario decidí acudir a la función nocturna en el Concresa, a las 9:20 p.m. El Centro Comercial Concresa a esa hora está tan vacío como un cementerio: tiendas cerradas, feria cerrada, sala de cine desierta. Al llegar, recordé que había sido precisamente en esa sala donde hace meses hubo un «incidente», es decir, un atraco. A la salida de la función, los pocos asistentes (quizás unas 12 personas) salimos despavoridos en busca de la taquilla para pagar el estacionamiento. No fue una experiencia grata. Reflexiono entonces: programar el film de Walerstein, una coproducción entre México y Venezuela, en salas como el Concresa durante su primera semana en cartelera, ¿es una forma de garantizar el acceso del público al cine venezolano en igualdad de condiciones con respecto a otras cinematografías? Junto con Román Chalbaud ­cuya obra entró en franca decadencia toda vez que pasó de mantener posiciones críticas sobre el país y sus dirigentes a exaltar los valores del militarismo imperante a través de la reescritura de nuestra historia de acuerdo con los intereses del partido de gobierno­ Mauricio Walerstein fue el cineasta con la trayectoria más constante en nuestra cinematografía, a lo largo de tres décadas. Fue precisamente Walerstein, en 1973, quien dio inicio a ese interés del público por el cine venezolano gracias al éxito de Cuando quiero llorar no lloro, su primer largometraje hecho en Venezuela. Independientemente de lo que pensemos hoy en día de sus películas de la década de 1970 y principios de los 80 (Crónica de un subversivo latinoamericano, La empresa perdona un momento de locura, Eva, Julia, Perla La máxima felicidad), está claro que a partir de Macho y hembra (1985) Walerstein se lanzó por un despeñadero, con la excusa del «intimismo». Esta caída libre se manifiesta en De mujer a mujer(1986), Con el corazón en la mano (1988) y Móvil pasional (1993), cuyos argumentos fueron tomados, con mayor o menor libertad, de célebres casos criminales registrados en las páginas de sucesos de nuestra prensa. Luego, en 2000, estrenó Juegos bajo la luna, basada en una novela de Carlos Noguera, que mantiene el apego a la visceralidad de sus filmes de crónica roja pero reintroduce la excusa de la temática política como mero pretexto narrativo. Y ahora Walerstein regresa, desde su México natal, con esta Travesía del desierto, tan mala como su predecesora, aunque con más producción y mayor presupuesto. 

En Travesía del desierto el pretexto narrativo combina elementos mágico-indígenas con un supuesto discurso contra el poder, algo así como una exaltación de aquello que en los 60 solía llamarse «amor libre» mezclado con referencias banales al tema del narco y su penetración en todas las esferas de la vida mexicana. Puro pretexto, pues lo que realmente le interesa a Walerstein, como siempre, es mostrar tantos coitos como sea posible (en esta oportunidad matizados con abundantes prótesis mamarias y otras intervenciones sobre el cuerpo de las actrices femeninas de todas las edades), abundantes monólogos en que los personajes narran pasadas experiencias sexuales y/o traumas afectivos, disparos, sangre, persecuciones y toda una galería de personajes que podrían encajar en el calificativo de freaks. Por lo que acabo de decir, podría pensarse erróneamente queTravesía del desierto es un film de acción, pero nada más lejos de la realidad. Walerstein se centra en los coitos, los delirios de los personajes, los interminables monólogos en los que exponen sus traumas y su vida sexual y en la descripción del paisaje. La narración avanza a paso de morrocoy y con esto se lleva al límite la paciencia del espectador. 

Llueve, entonces, sobre mojado. El más reciente film de Walerstein es más o menos la misma mala película que ha venido haciendo durante los últimos 25 años. Esto, sin embargo, no puede impedir que alcemos la voz por la desventajosa exhibición que recibió en la Gran Caracas. Las bondades o no de una película, su éxito o su fracaso, deben depender del público y para que éste decida, los circuitos exhibidores

fuente:talcualdigital

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