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La valorización de la música para Aristóteles

Todos los tiempos han demostrado el acierto de educar a la juventud en aquellos aspectos que sumados conforman la existencia humana.

La cultura es el elemento diferenciador de los pueblos y un pueblo también es culto, gracias al desarrollo de la buena educación desde la niñez. Además, ello es posible si el señalado objetivo subyace en el espíritu del legislador que desea lo mejor para sus semejantes, algo poco común entre los hombres usurpadores del gobierno y muy frecuente entre los talentosos y célebres.

No obstante, y así las cosas en cuanto a la música, llegado el caso del nacido en Estágira de Tracia, todo se tornó diferente. Abordó esta cuestión desde su obra “La Política” con suma estrategia, de cara a la vida, respetó la coherencia de todo sistema político (que debe adaptarse a cada gobierno y a sus costumbres e idiosincrasia), y recordó que las costumbres más puras son las que conllevan al mejor gobierno.

La política, como arte de lo posible, se integró con las demás manifestaciones de la cultura, porque al decir de (%=Link(«http://www.monografias.com/trabajos5/aristo/aristo.shtml»,»Aristóteles»)%), “… en cada clase de facultades o de artes, existen un número de cosas que es necesario aprenderlas previamente y costumbres que es preciso adquirir para estar en condiciones de ejecutar los trabajos; así que, evidentemente, lo mismo ha de ocurrir para con las acciones virtuosas. Pero como para la ciudad no hay más que un solo fin, se deduce que la educación debe ser necesariamente única, la misma parta todos, bajo una dirección común y no abandonada a la discreción de cada particular”.

Debía, debe y deberá tenerse presente aquello que engloba la educación y la necesidad de su dirección.

Miremos el pasado, en aquel momento, no había acuerdo ni sobre los hechos, ni en las materias que debían ser enseñadas para alcanzar la virtud y la vida más perfecta. No se sabía con certeza sobre la conveniencia de cultivar la inteligencia o anteponer las cualidades morales.

Aristóteles, hizo hincapié en que no se veía con nitidez la elección preferente en la enseñanza de las artes útiles en la vida práctica, los preceptos de la virtud o las ciencias de puro adorno.

En rigor de verdad, es preciso conocer entre el cúmulo de las cosas útiles, aquellas que sí son de suprema necesidad, aunque no deban enseñarse todas a la vez, pues hay algunas de uso liberal y otras que no son para hombres libres. El sentido de lo apuntado es la comunicación a los mozos de aquellos conocimientos que no les impongan un género de vida sórdido y mecánico, entendido éste último como “Todo arte que haga al hombre incapaz de los ejercicios y acciones de la virtud, que incapacite los cuerpos de los hombres libres, o sus armas o sus inteligencias”. Además llamó mecánico “Todos los oficios, todas las artes que alteran las disposiciones naturales del cuerpo, como también todas las obras mercenarias, pues le quitan al pensamiento libertad y elevación”.

Al tiempo del “Peripatético”, la educación comprendía cuatro partes: la gramática, la gimnástica y la música, agregando a veces el dibujo. La gramática y el dibujo se consideraban de suma utilidad y de frecuente uso, por su parte, la gimnástica se miraba para formar el valor (Ver: (%=Link(«http://analitica.com/va/deportes/opinion/9723523.asp»,»Aristóteles y la gimnástica»)%). En lo atinente a la música, se dudaba sobre la utilidad de su enseñanza aunque a la época, ya no se veía como un arte de adorno, porque “el movimiento que comunica al espíritu la distracción equivale a calmarlo por el placer que le ocasiona”.

Conforme lo expresa Aristóteles en La Política (Libro Quinto, Capítulo II) “Parece que hay en el ocio una especie de placer, un encanto más que aumenta el gozo de vivir, pero esto sólo lo vemos en los hombres exentos de trabajo, libres de toda ocupación, pues ocuparse en algo es trabajar, es perseguir un fin que no se ha logrado; y en la opinión de todos, la felicidad es el logro del objeto perseguido en el que se descansa sin pena en el seno del placer. Claro que el placer no puede ser el mismo para todos; cada uno lo entiende a su manera, según su temperamento. El hombre más perfecto concibe y logra la felicidad perfecta, compuesta de las virtudes más puras. De donde evidentemente se deduce que para saber emplear los ocios de la vida liberal es menester que se aprendan ciertas cosas, que se les conozca bien, y que su estudio tenga por objeto la persona misma que goza de tales ocios, pues el trabajo aplicado a las cosas necesarias más particularmente a los demás que a uno mismo. Esto nos explica el por qué los antiguos no contaron a la música entre las materias de educación a título de cosa necesaria, pues desde luego no constituye una necesidad, como las letras para el comercio, para la economía, para el estudio, para casi todos los actos de la vida civil, ni como en dibujo para juzgar con acierto las obras de los artistas, ni como la gimnástica para la fuerza y la salud, pues bien se ve que ninguna de estas ventajas se consigue con la música”.

Así las cosas, la música resultaba útil para los momentos de ocio, y por esa predisposición se la había incorporado como parte de la educación, en parte entretenimiento y en parte distracción de los hombres libres.

Homero vertió su expresión sobre los festines solemnes y la calidad de voz de los cantores, al par de Ulises que sostuvo que: “… la música es el más grato de los pasatiempos cuando los hombres se dan a la alegría”.

Aristóteles ofreció el escenario para que cada actor, incursionara con su investigación, en la obra de la música. Dejó muy abierta la puerta de la comprensión del “fenómeno musical”, tan abierta como para que sigamos creciendo en el entendimiento de la música como “idioma universal”. También dudó en la decisión sobre la incidencia y el modo de cultivar el hábito musical, ya sea: como pasatiempo; recreo; deleite o descanso. En su oportunidad, referenció a Eurípides (en Las Vacantes) cuando sostuvo: “El mismo uso, más o menos, se hace de las tres cosas: el vino, el sueño y la música; en rigor, bien pudiéramos añadir el baile”.

La música se orientaba a la exaltación de la virtud, todo ello al mejorar el carácter de acostumbrar al ser humano a los “placeres honestos”. ¿Se hablaba en aquella época de la música como modo de diversión o como medio para la instrucción?
Sabemos que no se la entendía como medio para mejorar las costumbres. Se preguntaba Aristóteles: ¿Para qué aprenderla cada uno, en vez de saborearla escuchando a los otros? Asimismo se contestaba: “Esto es lo que se hace en Lacedemonia. Sin aprender la música los lacedemonios, dícese, pueden juzgar muy bien de las bellezas y de las faltas de la armonía. El mismo razonamiento podemos hacer si la música se considera como pasatiempo de los hombres libres, pues no hay necesidad de que la estudie cada uno, si se puede gozar del talento de los otros”.

Seguramente, la única manera de entender todo el andamiaje predispuesto por Aristóteles al respecto, es con una lectura entre líneas, puesto que es así como se puede apreciar el fino trasfondo del tema. En una oportunidad, acudió a la comparación entre la poesía; Júpiter; el buen canto y la música. Aún así, se requería despertar las ganas (actividad volitiva) para hacerlo.

La importancia de la cuestión musical, motivó a nuestro filósofo a estudiar su cabida o no dentro del esquema de la educación. El ámbito de la música era un tema que se debatía a partir de saber si la misma era ciencia; diversión o pasatiempo de distracción. No obstante admitirse que tiene características de las tres, la música es también considerada en la época pasada como un remedio para la fatiga provocada por el trabajo (mental o físico/material).

Se incorporó a la música en la nómina de los “placeres honestos”.

Sea divertimento o distracción, el objetivo de felicidad experimentada al escuchar música instrumental o seguida de acompañamientos corales, se alcanzaba de uno u otro modo, porque generalmente, ayer y hoy, lo que recrea es agradable y este goce se dice: en nada perjudica.

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