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Las travesuras de niña de mi nona

A ver, comencemos aclarando el punto: los tachirenses decimos nono y nona (así, con una sola “n”) en lugar de abuelo y abuela. Y si de algo me puedo jactar –y no porque sea su nieto– es que mi nonita, conocida como Rosa Parra –aunque su verdadero nombre es María Ramona– es una de las personas más peculiares y divertidas que conozco.

Ella es de las que apenas ve una cámara digital, saca el sombrero y el poncho andino y asume, con todas las de la ley, que esa es la vestimenta típica de la zona; o de las que aunque le duelan “las patas”, como ella misma dice, no puede enterarse de que están velando a alguien porque en seguida está en el funeral; y por supuesto, mi nona es de las que apenas sabe que algún turista está de visita, corre a preparar los famosos pastelitos andinos, “porque usted no se puede ir de acá sin probarlos”, comenta.

Soy de La Grita, un pueblo ubicado en la zona norte del estado Táchira, pero vivo en Caracas desde 2009. Claro está que al menos una vez al año dispongo de un tiempo para viajar a mi tierra y reencontrarme con la familia y amigos de mi infancia. Pero una de las principales razones que alegran mis viajes a la “Atenas del Táchira”, como se le conoce a este lugar, es poder compartir con mi nona.

Como digna representante de la generación octogenaria, con ella siempre me recreo hablando sobre la época de antaño, esa en la que las calles eran empedradas y la gente destilaba humildad e inocencia. Aún se vislumbran rasgos de esa época, pero, bueno, a estas alturas del siglo XXI es difícil que algo haya escapado de la globalización, ¿no?

Por eso, una de las cosas que más disfruto hacer cuando voy de vacaciones es acompañarla a Babuquena, aldea ubicada en las afueras de La Grita y el lugar en el que ella creció.

La zona está llena de sembradíos de papa, zanahoria, tomate de árbol…realmente allí hay de todo. En ese caserío mi nona es una mujer bastante popular, y en todas las casas es bien recibida.

“Doña Rosa, ¿cómo está usted?”, “Doña Rosa, ¡tanto tiempo! Pase adelante”, “Doña Rosa, coma un poquito de arepita de maíz con cuajada”, “Doña Rosa, llévese esta bolsa de papas”, “Doña Rosa, Doña Rosa, Doña Rosa…” ella sabe que es querida y lo disfruta. Yo por mi parte, me recreo probando todo lo que le dan y escuchando los cuentos de su infancia:

“¿Usted sabe lo que se ponen las vendedoras en la cabeza? Bueno, mis hermanos y yo salíanos con una vaina así montada arriba que iba llenita de comida para los obreros. Por adá bajábanos y luego teníanos que subir toda esa montaña para llegar a la finca. Pasábanos todo el día de una montaña a la otra. Les traíanos el desayuno, después el almuerzo y al final el puntal (la merienda de la tarde). Cómo nos reíanos cuando le hacíanos nudos al monte pa’ que la gente se cayera. Un día se me olvidó que habíanos puesto la trampa, me caí y me di en la geta por toche”, cuenta entre risas.

Ese es solo uno de sus miles de cuentos, todos cargados de buen humor. Yo me gozo en su vida y siempre lo doy gracias a Dios por ser su nieto. Y pensando en el amor que tanto yo como el resto de mi familia sentimos por ella, me resulta difícil comprender que haya hogares en los que el abuso a los ancianos sea, prácticamente, un requisito sine qua non para que esa casa funcione “con normalidad”.

Este 15 de junio es el Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez. Si bien es un tema tabú, la verdad es que esta realidad ha comenzado a ganar visibilidad a lo largo y ancho del planeta, a pesar de ser uno de los tipos de violencia menos tratados en los estudios que se llevan a cabo a nivel nacional y de los menos abordados en los planes de acción.

Y quizá muchos se conformarán con saber que no golpean a sus abuelos ni les gritan, pero justamente la campaña de este año se centra en la importancia de prevenir la explotación financiera de las que nuestros ancianos son víctimas, porque… sí, en eso también hay maltrato.

Pero volviendo al tema de mi nona, yo por ahora cuento las semanas para volver a viajar a La Grita y escuchar las historias que ella tiene preparadas para contarme. Todo, por su puesto, acompañado de su peculiar forma de hablar y su gran sentido del humor. Digan lo que digan, mi nonita es la mejor.

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