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Leonardo Dávalos: Mi primer viaje a la India

Es mayo, y en Miami aún el clima es generoso y la brisa del mar llega suavemente mientras releo la invitación en el laptop: Diageo Reserve nos invita para acompañarlos como testigos de excepción al World Class 2011 Raising the Bar.

Una vez más, tendríamos el placer de ser parte de uno de los eventos más emocionantes del mundo de la coctelería, en el cual se elige al mejor bartender del planeta cada año. Y claro, leo con mucho cuidado todos los detalles y veo nuevamente en dónde dice el lugar: Nueva Delhi, India.

Y aquí -antes de continuar- debo confesarles que toda la vida habíamos soñado desde lo más profundo de nuestros deseos en realizar un viaje a La India, pero nunca nos imaginamos que ese momento llegaría. Pero todo en la vida aparece en su momento. La confesión ampliada implica narrar lo imposible de entender, el sentir emociones encontradas antes de partir.Tanta gente ha contado tanto sobre la India, malas impresiones, relatos tantas veces repetidos que se van convirtiendo en realidad en nuestras mentes. Temores con fundamento o algunos sin razón. Polvo, miseria, exceso de picante, superpoblación, contaminación, basura, y aquel olor espantoso que no te abandona.

Ya en el avión que nos llevaría a Londres en escala a Delhi, rescato de mi memoria las sabias palabras del, escritor y poeta británico nacido en la India y Premio Nóbel de literatura, Rudyard Kipling: “La primera condición para poder entender un país extranjero es olerlo”.

Luego de Londres, y ya en el vuelo a Delhi, sentimos que la India viene hacia nosotros en cada gesto y en cada minuto que pasa. Entre las azafatas hay varias hindúes, y el menú contempla muchas opciones de platillos que van acercando la visita a nuestro destino. Cenamos y dormimos, pues el vuelo es casi eterno y nos espera un largo día al aterrizar. Afortunadamente, la cama de British Airways me permite soñar con la nobleza y sencillez de Mahatma Ghandi y aquellas palabras que marcaron mi vida: “Casi todo lo que hagas será insignificante, pero es muy importante que lo hagas”, parecen salir de los labios de la azafata cuando me despierta con el desayuno. Esto significa que ya estamos muy cerca de nuestro destino.

Delhi y Nueva Delhi, las dos caras  de una misma moneda

Nos llaman la atención, aún en nuestro estado, las extremas medidas de seguridad que son tomadas desde nuestra llegada. Incluso para acceder al hotel inspeccionan el vehículo con un detector de explosivos, y accedemos al lobby a través de un detector de metales, luego de disfrutar una elegante bienvenida realizada por un grupo de porteros, ataviados con todo el lujo de la India Imperial.

El Hotel Imperial, es uno de los más lujosos edificios de la ciudad. En sus espacios el Emperador Jorge VI firmó la Independencia de la India en 1947. Su extensa galería de retratos, ilustraciones y fotografías de la época, nos hace recorrer la historia del país en el camino a nuestras habitaciones.

Con dolor en todo el cuerpo, como si un tanque de guerra hubiese pasado por encima de nosotros, el mareo y el jet lag nos piden cama. El reparador descanso se extiende hasta entrada la noche. Una cena ligera y el Blue Label on the rocks me ofrecen una gentil invitación a dormir plácidamente. Igual cuento con mi arsenal farmacéutico, hombre precavido vale por tres.

Al bañarnos debemos recordar lo que nos advirtieron la noche anterior: “No abran la boca mientras se duchan ni se cepillen los dientes con el agua del grifo. Utilicen unicamente agua embotellada durante todo el viaje”. Adoptamos con inmediata paranoia las debidas precauciones.  Durante el lujoso y delicioso desayuno del hotel obtenemos una de las primeras experiencias imperiales, tanto por el espacio dónde es servido como por los uniformes de los camareros. Mientras comienzo a medio adaptarme al horario y a que me abandone el dolor de cuerpo, escuchamos las experiencias de aquellos que llegaron antes que nosotros e hicieron caso omiso a las advertencias. No queremos describir aquí todo lo que experimentaron, pero ya  se lo pueden imaginar: malestar estomacal, dolor de cabeza, y un largo etc. de dolencias e incovenientes. De manera natural se comienzan a repartir pastillas, medicamentos y recomendaciones de remedios entre los allí presentes. Empezamos a intuir con algo de temor que esa será la constante de esta visita.

Salimos de paseo por la ciudad con un sol radiante y un calor inclemente. Es verano y sabemos por la humedad que danza en el aire que el monzón nos pisa los talones. Naturalmente, no mientras estamos en la van que nos conduce por la zona de la Avenida Rajpath o Camino de los Reyes que se extiende desde la Puerta de la India hasta el Palacio Presidencial. Muy cerca se encuentran las embajadas más importantes, al igual como sucede en Brasilia. Grandes avenidas, plazas, verdes jardines, y edificaciones de color rojizo plenan el paisaje urbano de Nueva Delhi. Es la ciudad capital planificada y fundada por los ingleses en 1911, cuándo trasladaron la sede del gobierno desde Calcuta hasta el sur de la antigua ciudad de Delhi.

En Nueva Delhi no se puede adivinar jamás lo que nos depara el otro lado de la ciudad. En el centro de Delhi, al lado de la mezquita Jama Masjid, se emplaza el área urbana original. Allí reina el caos, el ruido incesante de cientos de miles de bocinas de carros, camiones, tractores, motos, los rickshaws (coche para dos personas arrastrado por un ciclista) y los tuk tuk (la versión motorizada de los rickshaws), que transitan indiscriminadamente en todas las direcciones sin importar ningún tiempo ni espacio. Paramos en la mezquita, nos despojamos de nuestros zapatos y somos cubiertos por telas multicolores, muy especialmente las mujeres del grupo.

A la salida, decidimos aventurarnos en un tour en un rickshaw. Esta experiencia cinematográfica es como un golpe, una explosión de miles de emociones. Paseamos entre la mugre que impregna las estrechas calles, abarrotadas de todo lo inimaginable: centenares de centenares de personas, carros, vacas, camellos arrastrando pesadas cargas, burros, mulas, y más gente que sale de todas partes y se sienta y come en esas calles, donde venden comida, pasamanería, telas, adornos, collares, frutas tropicales, souvenirs, y aquella multitud de mujeres y niños que piden dinero, nos miran como si fuéramos estrellas de Hollywood. Y a veces me hacen sentir así; nos toman fotos mientras nosotros se las tomamos a ellos.

El ruido, el sucio, la falta de orden de ningún tipo, me causan vértigo. Pensamos que vamos a atropellar a alguien o que nuestro conductor caerá en una alcantarilla abierta. Vivimos con agitación el riesgo de sentirnos parte de ese caos que lo devora todo. Miro hacia arriba y veo zamuros que vuelan por todas partes y cables de alta tensión que cuelgan por miles encima de nosotros. Calles que siguen desbordando ruido, vacas, monos, gente, olores a comida y especies, mujeres vestidas de mil colores, mendigos, todo entre un laberinto de estrechísimas vías, en las cuáles no terminamos de entender cómo cabemos todos. El paseo llega a su fin. Respiro, estamos con vida, no lo puedo creer. Me siento triunfante, todo ha sido exitoso y me creo Indiana Jones en Cazadores del Arca Perdida al salir airoso de la aventura.

El recorrido continua y admiramos la tumba de Humayun, el palacio presidencial Rashtrapati Bhavan, la Puerta de la India, el Fuerte Rojo… ya hemos tenido suficiente por un día. Regresamos al hotel y definitivamente necesitamos un masaje que nos ayude a relajar cada nervio, tendón y músculo de nuestra humanidad. Para ello, nada mejor que un tratamiento en el fantástico spa del Hotel Imperial. Es un verdadero lujo asiático.

Tomo un masaje ayurvédico de pot. Un masaje medicinal que comienzo sentado en una silla, mientras mi masajista ora y pide bendiciones para mí.

Prosigue masajeándome con un tipo de aceite la cabeza y luego todo el cuerpo, para finalizar con golpes suaves de una bolsa caliente con hierbas medicinales, que es el famoso pot. Me sentí absolutamente relajado; no estoy seguro si por las yerbas, el aceite o porque quizás nunca antes había necesitado tanto uno, pero aquel fue el mejor masaje del mundo.

 

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