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Los muros siguen en pie

Se cumplieron 50 años del día en que se comenzó a levantar el muro de Berlín, un 13 de agosto de 1961.  Fue derribado 28 años después, en 1989.

 Ante la novedad Kennedy sintetizó su posición así: «Si Khruschev hubiera querido ocupar en serio el Berlín Oeste, no habría construido un muro. Si dispone de la ciudad entera, no necesita un muro… No es una solución cómoda pero, diablos, es mejor que una guerra».

¿Cuántos muros se han levantado desde entonces? ¿Cuántas fronteras imaginarias e invisibles han contribuido a fragmentar dividir, coaccionar al hombre?

Se nos hace creer que los muros se derriban porque caen las piedras de las que están hechos.  Y que una muralla es un mal menor, ante la tenacidad de la guerra. Se obvia que los muros son negociaciones de una guerra permanente, tanto cuando están de pie como cuando caen.

En verdad, nunca como hoy el hombre ha estado más amurallado, más cercado, más sujeto a toda violencia que lo divide, fragmenta y quiebra conformando a un ser exiliad en su propia tierra, desterrado de sí mismo, expropiado en sus pensamientos, su acción y sus anhelos.

Los muros de hoy no se miden por su altura sino por la eficacia que tienen las políticas mundiales dirigidas a convertir la humanidad en una manada de reses camino al exterminio.

Así, en este planeta, cada segundo, cada instante en alguna parte un hombre se despierta ante un muro gigantesco que le impide el acceso a los alimentos, al agua, al aire, a un hogar, una familia, una sociedad.

Y sin duda estos muros son mucho más difíciles de tumbar, porque son invisibles y amurallan sin que siquiera nos demos cuenta. Hoy se libran otras formas de la misma guerra y la historia sigue diciendo nuevas mentiras sobre la misma tragedia.

En vez de avanzar hacia un mundo sin muros, cada día más escindimos el espacio y la vida. Es el inverso de la globalización que lo promueve.

Es esa acción global, que ejercen las minorías, con acceso a la totalidad del planeta, la que impone la masacre al detal, los odios locales, las confrontaciones creadas.

Pero no para liberar a las sociedades de las guerras, ni al hombre de los muros que lo sepultan, sino para que siga con vida la fábrica de armas, la colectivización de las drogas, la violencia en todas sus expresiones y la acumulación indetenible de un capital inútil que se hunde en los mercados bursátiles, o busca romper los techos de deudas impagables.

Y por ello de lo que se trata es de crear conciencia de que hemos vivido y vivimos en la era de los muros y que sólo será posible pasar a una nueva etapa del vivir, cuando la globalización la emprendan los colectivos del planeta.

Cuando más allá de falsas ideologías, de credos demagógicos, el hombre pueda encontrarse con el otro en la tarea creadora de fundar una humanidad formada, como quería Juan Ramón Jiménez, por una comunidad de hermanos, de hombres completos individuales, en todo el esplendor de su poder de creación, de libertad y de alegría compartidos.

 

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