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Mario Vargas Llosa en mi biblioteca

Mi ejemplar de “La ciudad y los perros” es  muy modesto.  Es de segunda mano, tiene papel carrasposo, ya amarillento, editado por Suramericana con letra muy pequeña y con el sello húmedo de la Librería Selecta (“Apartado 111-Mérida-Venezuela”). Pero no lo compré en la tienda del señor Canales que quedaba frente al Rectorado, pues la fecha de la edición es 1969 y de ocho años de edad yo, al contrario de otros lectores, no visitaba librerías.  No recuerdo, entonces, donde lo compré. Luego lo mande a encuadernar en la Don Bosco.

Lo que sí no he olvidado son las peripecias de sus personajes. Tampoco la profunda y mordaz crítica a la vida cuartelaría de la educación militar y la descripción de la camaradería juvenil. Recuerdo cómo aplazaba el estudio de alguna materia  para imbuirme en el liceo Leoncio Prado de Lima.

Después me reí mucho con “Pantaleón y las visitadoras”. Lo compré como parte de la colección CLUB (Colección de Literatura Universal Bruguera). Cada semana estaba a la venta un título por veinte bolívares de aquellos. También amarillean sus páginas pero no la burla  contra el militarismo ni las anécdotas del servicio de prostitutas que coordinaba el capitán Pantoja.

“La Tía Julia y el escribidor” se conserva mejor porque es de calidad superior (Seix Barral, 1977), aunque leí la novela en un ejemplar que le regalé a un primo por su cumpleaños.  Son dos novelas en una. La primera narra el romance de Marito con la cuñada de su tío Lucho, Julia Urquidi, que ameritó que esta escribiera una respuesta, “Lo que Varguitas no dijo” (libro que también compré e irremediablemente he perdido por prestarlo). La otra es la historia del libretista de radionovelas Pedro Camacho,  quien termina enredando sus argumentos.

Un libro que nunca pude comprar y que Vargas Llosa no ha permitido su reedición es “García Márquez: Historia de un deicidio”. Lo pude leer gracias a que el poeta Adelis León se lo prestó a una amiga para que yo pudiera fotocopiarlo. Es un ensayo esclarecedor sobre la obra  de su ex amigo Gabo, donde Vargas Llosa explaya sus aptitudes como crítico.

También me miran desde la biblioteca “Los jefes y los cachorros”, “La casa verde” (premiada en 1967 con el Rómulo Gallegos), “Conversación en La Catedral”, “La guerra del fin del mundo”, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, “La verdad de las mentiras”, “Elogio de la madrastra”, ”Los cuadernos de don Rigoberto”,  “Lituma en Los Andes”, “Historia de Mayta” , “La fiesta del Chivo” y “El Paraíso en la otra esquina”. No tengo “El hablador” porque también se perdió en el agujero negro de los préstamos a amigos. Y nunca he comprado “La orgía perpetua” (que me ha prometido  Pipo Paredes) ni su libro sobre Tirant lo Blanc ni el último sobre la obra de Onetti.

El que más he releído y por eso está en pésimas condiciones (además de que ya casi se desaparece en manos de un bisoño político) es “El pez en el agua”, descarnado recuento de su incursión en la política partidista como candidato presidencial en el Perú de 1990, acompañado de revelaciones autobiográficas conmovedoras y excelentemente contadas.

Su triunfo es el de nosotros, sus lectores. Y le pido a los colegas que me devuelvan los libros.

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