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Martin Scorsese y su homenaje a Meliés, pionero del cine

AFP – El estadounidense Martin Scorsese se alejó de las calles de Nueva York y se sumió en París de los años ’30, para rendir homenaje en «Hugo Cabret» a uno de los pioneros del cine, el francés Georges Meliés.

Hermosamente filmada y utilizando toda la tecnología de la tercera dimensión, la última película de Scorsese es una fábula llena del encanto y la magia que transmiten aún las películas de Meliés (1861-1938), que es el verdadero héroe de esta película.

Basada en el libro «The Invention of Hugo Cabret», de Brian Selznick, la película – la primera en 3D de Scorsese, que ha confesado ser un enamorado de esta técnica -sume al espectador en el París de la primera postguerra, que recorre junto a Hugo, un melancólico huérfano de 12 años (Asa Butterfield).

Hugo vive solo en el interior de una estación de tren, rodeado de relojes, de un automatón roto y de un cuaderno con instrucciones para repararlo, que es lo único que le quedó de su padre (Judd Law), que murió en un incendio.

Para darle vida a ese gran muñeco automático, Hugo necesita una llave, que encuentra en una tienda de juguetes mecánicos propiedad de un hombre amargado (Ben Kingsley), bajo el que se esconde Meliés, un mago de profesión que se convirtió en pionero del cine desde que vio en París una de las primeras proyecciones de filmes de los hermanos Lumière.

Pero todas las aventuras que vive Hugo, acompañado de su nueva amiga, Isabelle (Chloe Grace Moretz), ahijada de Meliès, parecen sobre todo una excusa para que el realizador de «Taxidriver» «Goodfellas» y «Raging Bull» filme una carta de amor al cine y a toda la maquinaria inventada para capturar imágenes en movimiento y proyectarlas en pantallas.

Así como Meliés -que convirtió su teatro en un palacio de cristal, donde filmó sus sueños, antes de sumirse en la bancarrota, y en el olvido-, Scorsese fusiona en «Hugo Cabret», magia, sueños, y vida, dándole además un toque de película de detectives.

Desde la primera imagen -los techos de París-, la película es también un homenaje enamorado a la Ciudad Luz, que fue recreada por Scorsese en los estudios Shepperton, en las afueras de Londres, donde se reconstruyó una estación de tren parisina, similar a la Gare du Nord, a la Gare du Lyon y a la Gare Montparnasse, ya desaparecida.

El realizador de «New York, New York» -que tiene como muy pocos realizadores un gran conocimiento y amor por la historia del cine, que ha abordado en una serie de magistrales documentales, además de abogar y ayudar a la restauración y preservación de películas- se apoyó para la fotografía en Robert Richardson.

El resultado es un filme lleno de fantasía y ensueño, donde la tercera dimensión está al servicio de contar una historia, en vez de ser la principal razón de hacer y vender una película, una tendencia dominante en el cine de Hollywood.

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