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Memoria de Lucila Velásquez

(%=Image(4003433,»R»)%) La muerte en Caracas (Septiembre 28, 2009) de nuestra poeta Lucila Velásquez resta a las letras venezolanas y a la Venezuela cívica de una de sus figuras más altas y pierde la mujer venezolana a una de las féminas a través de la cual se hizo presente la feminidad en nuestro vivir contemporáneo, literario, político y diplomático.

Lucila Velásquez fue el seudónimo con el cual Olga Lucila Carmona Borjas firmó toda su obra literaria. Ella era llanera, vio la luz en San Fernando de Apure, Apure (marzo 24, 1928), bajo el signo de Aries, el propio de los que luchan sin tregua, de aquellos que si para pasar de un lado al otro deben tumbar una pared con la cabeza lo hacen pese a que sangren.

Deja Lucila Velásquez todo el esplendor de su obra de creación poética, la cual se puede seguir muy bien hoy en día tanto a través de su “Antología poética,1949-1989”. (Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1990. 401 p.) como por medio del volumen “Lucila Velásquez: 50 años de creatividad de la palabra, poesía 1949-1999” (Caracas: Fundarte, 1998. 255 p.) publicado este último en el dintel del desbarrancadero nacional. Si seguimos su largo trabajo creador la hallamos amorosa en sus primeros poemas; más tarde en vela angustiada por la patria en Poesía resiste (México: Cuadernos Americanos, 1955. 126 p.) y luego agobiada, en sus composiciones más densas, como “El árbol de Chernobyl”. (Caracas: Monte Avila Editores, 1989. 235 p.), por la carrera atómica y armamentista, por las formas como el hombre destruye el medio en el cual vive y a sí mismo. Esa conjugación de ciencia y poesía llena buena parte de su trabajo poético último. Este denso poemario, testimonio de una ardua hora, fue publicado primero en edición bilingüe castellano-inglesa y luego traducido al alemán, y extensamente comentado fuera de nuestras fronteras.

Ahora, al decirle adiós a persona siempre tan estimulante, con la que trabajamos tantas horas a favor de la cultura venezolana, debemos detenernos al evocarla en algunos singulares momentos de su trayectoria humana, siempre a partir de decir que la esencia existencial de ella fue siempre la poesía, la palabra, que es lo único que los escritores poseen. Y ello pese a lo que pensaba Ludwig Wittegestein (1889-1951), el mayor filósofo del siglo XX, que éstas son resbaladizas, inestables, ambiguas y traicioneras, como lo indica su biógrafo el británico Paul Johnson (“Héroes”. Barcelona: Ediciones B, 2009,p.207). Porque estas son, como lo escribió Winston Churchill (1874-1965), no solo notable político, el mas grande de la centuria pasada, sino gran intelectual, “Las palabras son lo único para dura para siempre”. Las palabras siempre permanecen más allá que cualquier otra cosa. Y ella lo supo y practicó desde “Color de tu recuerdo” (Caracas: Ávila Gráfica, 1949. 23 p.), su poemario inicial hasta “Se hace la luz”, (Caracas: Círculo de Escritores de Venezuela, 2004) en donde están los últimos pálpitos de su alma.

Tan honda fue su conciencia de las palabras que fue precisamente el desastre nuclear de la ciudad entonces soviética de Chenobyl la que le llevó a crear su canto más dramático, trágico y lúcido en “El árbol de Chenobyl”, producto del sentir la terrible explosión nuclear de aquella ciudad de Ucrania (Abril 26,1986). Lucila Velásquez era en aquel momento nuestra embajadora de Dinamarca y quedó afectada para siempre, psicológica y fisiológicamente, por aquel detonador cataclismo. De allí brotaron sus palabras. Y su estremecedor poemario colocó a su poesía, y a la venezolana, en el ámbito universal. Se convirtió así Lucila Velásquez en una poeta intensamente escuchada a lo largo de las naciones. Tal el eco de su llanto por aquellas víctimas, una de las cuales era ella misma. En estas décadas sólo ella logró un hondo eco mundial en el escribir de la poesía. Lucila Velásquez lo obtuvo, con el hondo acento, porque en “El árbol de Chernobyl” se conjugaban poesía y lamento, dolor y evocación. Y, recordemos, sólo se evoca a los muertos.

Tal es lo que define a esta parte de su obra poética. Su angustia por la carrera nuclear, iniciada el 6 de Agosto de 1945 cuando el Enola Gay dejó caer su bomba, bautizada sarcásticamente Litle boy, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, que ello estuvo presente siempre en su poesía, comenzada a publicar cuatro años después del suceso de asiático. Esto lo documentó plenamente el crítico Oscar Sambrano Urdaneta en las páginas que leyó la noche de la presentación en Caracas de “El árbol de Chenobyl”, que su editor puso al frente de la “Antología poética” de nuestra aeda (p.9-17).

Este es un punto. El otro, que hay que señalar al hablar hoy ante los despojos yertos de Lucila Velásquez, es el relativo a la ciudadana demócrata que hubo en ella. Fue unas de las valientes mujeres que encabezó la lucha contra la tiranía de Marcos Pérez Jiménez (1914-2001). Esto lo llevó a concebir aquel gran alegato, de hondo coraje cívico, que es su poemario Poesía resiste, ayer y hoy pregonero de la lucha venezolana por la libertad y por los derechos de las personas.

Ese aspecto cívico de Lucila Velásquez puede ser seguido en el último libro que publicó en vida, su ““Memoria de mis días””, (Prólogo: Juan Carlos Zapata. Caracas: Grijalbo, 2008. 539 p.) que tiene varios valores como testimonio histórico. Este al cual nos referimos, que nos parece la esencia de esta obra, es su relato de sus los sucesos de años cincuenta, su lucha contra la autocracia de aquella hora, sus valientes acciones en Caracas, su persecución, su exilio en México. Para esa historia esta “Memoria de mis días” es fundamental, lo cual avala además los numerosos documentos de primera mano que copia allí su autora.

Pero esta “Memoria de mis días” es también un testimonio latinoamericano de aquella hora. Y esto hay que subrayarlo también. Es un testimonio hispanoamericano de la búsqueda por instaurar la democracia, cosa que logramos los venezolanos en 1958 y la presencia de la otra posición, la marxista, encabezada por dos queridos e íntimos amigos de Lucila Velásquez: Fidel Castro Rus y Ernesto Guevara de La Serna (1928-1967) a quienes conoció y trató hondamente en Ciudad de México y cuya amistad cultivó siempre pese a los antagonismos políticos, a los puntos de vista de cada uno de ellos: ella demócrata, ellos dos creadores de una dictadura stalinista.

Tan fiel y leal fue Lucila Velásquez a estos afectos, a todo lo largo de su vivir, que resultó impactante la necrología de Guevara que publicó en El Nacional, “Aquel amigo Ernesto Guevara”, a las pocas semanas de su deceso en Bolivia (Octubre 9,1967). Todavía permanece en el recuerdo aquella gallarda despedida, aquellos recuerdos. Y escrita en aquella hora, en aquel año, no dejó de ser un acto de valentía, sobre todo hecho por una adeca raigal que como fue siempre Lucila Velásquez. Tanto que dentro de Acción Democrática fue hondamente criticada por sus compañeros pese a ser aquel suyo un acto de hidalguía y la confesión pública que no hay forma de amor más alta que la amistad, que sin ella los humanos, hombres y mujeres, no podemos vivir. No entendimos porque ella no reprodujo este artículo en sus memorias, aunque el capítulo sobre Guevara que allí leemos está trazado sobre las ideas en aquella hora expuesta.

Con el tiempo los dirigentes de Acción Democrática lograron que Lucila Velásquez no pudiera dar otro testimonio de compañerismo pleno al impedirle escribiera el prólogo a las memorias, Testigo de excepción, de Jorge Dáger, su compañero en la clandestinidad y la resistencia. Quedan hoy, al llorarla, estos dos testimonios suyos de honda amistad, inalterable, como esta debe ser.

Hubo sin embargo, Lucila Velásquez no las refiere en su “Memoria de mis días”, un momento de grande actividad cultural durante las elecciones de 1988 cuando convocó a un nutrido grupo de intelectuales de todas las tendencias, para elaborar, bajo su dirección, un programa cultural de gobierno para el candidato de Acción Democrática, Carlos Andrés Pérez. Más allá de todo lo sucedido después, el engaño de que fuimos objeto muchos de los que estuvimos allí presentes en creerle a Pérez que ya no deseaba otra cosa sino la historia, que había cambiando, que pondría fin a la corrupción: nada de lo cual cumplió. Perdió al poder. Los hados que siempre lo cuidaron le dieron la espalda, la suerte lo abandonó.

Pero más allá de ello: la participación de cuantos estuvimos allí fue muy amplia, incluso de varios social cristianos quienes habían quedado liberados por su líder Rafael Caldera de votar por Eduardo Fernández. Por ello varios estuvieron allí porque Acción Democrática, por la que votaron, era un partido democrático.

Y en aquellos meses, dirigidos por Lucila Velásquez, casi sin recursos económicos, fuera de la oficina del arquitecto Sigfrido Riber, ella convocó a los más granado del arte y las letras venezolanas para elaborar aquel programa, tan hondo que replanteaba desde sus raíces el proceso de la cultura nacional. Fue tan importante lo hecho en aquellos meses que nosotros le propusimos a Lucila Velásquez que debía buscar la forma de editar todo aquel texto dado que era mucho más que un simple esquema de acción. Es lástima que no se haya hecho. Toda la parte relativa al libro, a las bibliotecas y al manejo editorial de la nación fue nuestra contribución.

Tal aquella empeñosa mujer, quien siempre trabajó, ayer como hasta anteayer, por alumbrar un nuevo destino para la nación venezolana, y siempre lo hizo ilustrando su acción “con el agua de la gracia poética, Gracia de Dios en la palabra, y cuya clarideces me han acompañado desde que tuve uso de razón de ser poeta” (“Memoria de mis días”, p.21). Por ello hizo verdad, y hay que citarlo al echar las paletadas de tierra sobre sus huesos y piel, lo que expresó su amado Andrés Eloy Blanco (1896-1955) al escribir: “Para vivir sin pausa, para morir sin prisa, vivir es desvivirse por lo justo y lo bello”. Así lo hizo Lucila Velásquez. Y en ello estriba su legado.

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