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Milagros Socorro:El enterrador de museos

Francisco Sesto, el llamado zar de la cultura en Venezuela, tiene un blog. Desde allí desmiente a periodistas, se desdice a sí mismo, elude asuntos de su responsabilidad, evidencia nulo talento para escribir y “capturar” notas aduladoras que sus amigos le envían para que el poderoso dé su opinión acerca de las lisonjas que le prodigan.

Hay muchos asuntos sobre los que Sesto tiene que dar cuentas al país. Uno de ellos es por qué no usó ese espacio para difundir Dibujos con la cabeza en otra parte, un libro de 600 páginas, con 10 “poemas” de inverosímil mediocridad, y centenares de dibujos que él sube de categoría al calificarlos de “intrascendentes”. En vez de eso, el funcionario dio orden de que ese atado de tonterías fuera editado en la Imprenta Nacional, con cargo a la República. No se puede percibir con claridad la figura de Sesto hasta evaluar el monumento a la vanidad, el adocenamiento y el dispendio de los recursos del Estado que es ese libro de borrones. En el prólogo queda dicho que “en sus tiempos de Facultad de Arquitectura, todos forcejeaban por robarse sus garabatos”. Eso no se ha dicho ni de los bocetos de Michelena.

Hace una semana, Francisco Sesto Novás, ministro de la Cultura y presidente de la Fundación Museos Nacionales, convocó una reunión con los trabajadores “para descifrar las razones por las cuales los museos no estaban bien”. Según reseñó Dubraska Falcón, en El Universal, el funcionario no sólo no aceptó su propia responsabilidad por la crisis de estas instituciones, sino que la atribuyó a una tradición que lo antecede y, todavía más grave, ratificó que “las colecciones de los diferentes museos pasarán a una bóveda a cargo de la fundación”.

Dado que una vez aparecidas las notas de Dubraska, el zar actualizó su blog para corregirla, nos atendremos a su propia versión de aquel encuentro con los trabajadores.

En su acostumbrada cháchara de vaguedades, no se molesta el funcionario en explicar el proceso de destrucción de los museos nacionales que él ha comandado. Un trapiche obrado al borrar los perfiles de los museos; al despojarlos de sus patrimonios, esto es, de sus colecciones y líneas de investigación; liquidar las fundaciones de Estado que habían configurado unas instituciones de las que algunos nos sentíamos orgullosos; y, muy principalmente, al atropellar sistemáticamente a los trabajadores.

En vez de eso, Sesto, como es la marca del régimen al que sirve, se zafó el bulto diciendo que “los museos siempre estuvieron en crisis y siguen porque son ajenos al pueblo venezolano, siempre lo fueron”.

Admitió que eran un orgullo pero sólo “para un sector de la población, un sector elitesco, pero tenían su orgullo, se pagaban y se daban el vuelto, entonces tenían sus cosas, tenían su público, hacían sus cócteles de inauguración de las exposiciones y por lo menos había un pedacito de la élite que era la que gobernaba, que estaba satisfecho, pero injustamente satisfecho”.

No nos detengamos en el caos del discernimiento del ministro de Cultura Salgamos al paso de sólo dos asuntos expuestos en su declaración. Lo primero, el aislamiento actual de los museos. No es cierto que esto siempre fuera así. Antes de que Sesto se comprometiera con el desmantelamiento de los museos, estos tenían su público. Los venezolanos que teníamos el hábito de ir los domingos con nuestros hijos a la GAN, al Bellas Artes, al Museo de Sofía, al de Alejandro y al Museo de Ciencias, no íbamos atraídos por cocteles ni formábamos parte de una élite gobernante. No acudíamos a ver las exposiciones porque estuviéramos satisfechos de nuestras motos BMW ni de los familiares enchufados en las nóminas públicas, sino por curiosidad y avidez de conocer nuestro patrimonio.

La autocracia corrupta ha hecho un gran daño a los museos de Venezuela. Y si estos no tienen visitantes es porque también fue asestado un tajo sangriento a la educación, a los valores y a la seguridad ciudadana.

Con respecto al segundo punto: el experto en pagar y darse el vuelto es Sesto. Porque no sólo emborrona papeles y se hace publicar una antología de “su poesía”. Esa es la calderilla. Lo jugoso son los contratos que ha desviado hacia su firma de arquitectura y su socio, Lucas Ignacio Pou, con quien campaneó cocteles al cobrar los cheques por los proyectos de la Villa del Cine, de la culminación de la Galería de Arte Nacional y del Cardiológico Infantil, entre otras intrascendencias.

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