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Oscar Machado:De la in-trascendente lentejuela y de su dimensión imaginaria…

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Algunas obras de arte son capaces de producir permanentes intercambios entre el aquí de la materia física y el allá de la imaginación lanzada fuera de todo receptáculo. De esa naturaleza parece ser la obra de Oscar Machado. Ella nos va llevando a una condición óptica y anímica: estamos en la sala de la galería, frente a formas y redes producidas en el taller, pero es como si estuviéramos inmersos en un universo sideral. Llamados a imaginar, trascendemos este recinto, nuestros cuerpos e incluso al planeta mismo para ubicarnos en alguna galaxia lejana.

Pero si bien una de las instalaciones se titula “Recinto estelar” u “Observatorio” no se trata de convocar la mirada a la manera científico-didáctica de algún Planetarium en que el Siglo XX reúna las urgencias del saber humano y la industria del tiempo libre. Nada más lejos que la obra de Machado de la explicación directa o el deslumbramiento tecnológico. Ella revela otro deslumbramiento posible: que un artista puede rozar el universo con su mano, y con su mano literalmente en su dedicación concentrada al artesanado -incluso de lo muy nimio-, cuando está animado con la intuición sensible de que el acto creativo es capaz de convocar alguna inmensidad (interestelar o espiritual) que se extienda más allá de sí mismo.

Salirse hacia los temas extraartísticos
“El súbito advenimiento de la era cósmica (…) verdadero estallido transplanetario, (…) ha sido también una expansión de la noosfera: es decir, un hecho evolutivo de la propia razón humana y, por lo tanto, de la conciencia”. Arturo Ardao

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El arte moderno y contemporáneo se fue nutriendo de la multiplicidad de saberes extra-artísticos que le ha ofrecido su época. Se interesó en las ciencias naturales, la biología, la química, la física, la astrofísica. Y, a partir de un fragmento (de una idea) de la ciencia, el artista desarrolló su propio universo en el arte.

Cuando un creador como Machado se abre a la dimensión del Cosmos lo hace manteniéndose pero a la vez saliéndose del espacio canónico del arte. Como quien busca ver más lejos, “a los confines oscuros del universo, persiguiendo la luz de la razón”, focaliza en la investigación aeroespacial que desde los años 60 inauguró para la humanidad la llegada del astronauta a la luna y el lanzamiento de instrumentos para indagar más allá de lo que vemos. No es el primero en traer al arte este tipo de inquietud. Alejandro Otero con sus Esculturas Cívicas quería hacer que el hombre urbano, al contemplar sus diagonales alzadas hacia lo alto, mirara al espacio exterior y al futuro posible. Antes Leonardo Da Vinci, con su doble condición de astrónomo y artista, hizo su aporte al imaginario celeste; o Johannes Vermeer, en El Astrónomo, pintó las constelaciones –Osa Mayor, Dragón, Hércules, Lira- en el globo celeste que recibía la luz de la ventana.

La obra de Machado deja abiertas interesantes reflexiones sobre el encuentro que se da a veces en el arte de nuestro tiempo entre realidad y abstracción. Llama con su obra nuestra atención sobre la finitud del universo a pesar de su aparente infinitud, y sobre la necesidad humana de espacio y ubicación, en medio de la real fragilidad y desadecuación.

Mantenerse en territorio del arte
Si la humanidad vive desde mediados del Siglo XX su Era Espacial, en rigor los artistas habitan desde siempre una dimensión espacial propia e ineludible, que surge con el inicio mismo del arte aunque es en la modernidad cuando se hace más autoconsciente. Pues el problema esencial de la creación artística es la invención de ese espacio que aún no existe, o, visto de otro modo, que sólo llegará a existir por el acto –fundador de lugar- que es la creación de la obra.

Si dijimos que Machado se abre a los saberes extraartísticos, también es verdad que se mantiene plenamente en territorio del arte, pues no es el suyo un caso en que la fuerza del tema (¡y qué fuerza la de este tema!) coarte el esplendor de la forma. Él transita ágilmente entre distintas percepciones espaciales: entre infinito-exterior y finito-cercano, entre Cosmos y taller. Y por mucho que vuele con lo imaginario, se mantiene en la acotada condición productiva y artesana de la obra, en sus afanes de artista para poner a dialogar el punto y la luz. Y esos brillos irradiantes en las redes extendidas, esos colores y tonalidades que él zonifica irregularmente, aceleran la condición -plástica- del viaje, del constante movimiento, de los estados cambiantes de la materia, de claridades fugaces que iluminan con certeza-e-incerteza alguna zona oscura de un mundo aún por mirar.

El trabajo más reciente de Machado no sólo asume la espacialidad sideral en tanto temática, sino también en tanto estructura. Y esto se materializa en la condición –precisamente estructural- de unas instalaciones que son a la vez fuertes en sus uniones y en la resistencia del acero inoxidable, y sutiles para mostrar las transfiguraciones poéticas del reflejo, del brillo, de las conexiones interestelares dentro de sus personales mapas celestes. La apertura del universo por la ciencia moderna tuvo su correlato en la apertura de los espacios del arte, y Machado hace su aporte tanto a la producción como a la reflexión sobre un arte contemporáneo así doblemente permeado. Y mantiene su artisticidad concentrada (en este aquí, ahora y adentro de la sala) incluso cuando da rienda a la proyección de su obra abierta.

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Hay que recordar que, desde las cerradas formas de bulto en las esculturas clásicas, hasta las aireadas instalaciones de nuestro tiempo, el arte fue quitándose peso, abriéndose a la vibración, el espacio y la luz, produciendo multiplicidad de focos de atención y, complementariamente, atomizando las formas. Tal estallamiento del espacio en la modernidad muestra la multipolaridad, la multifocalidad, el des-centramiento de cualquier núcleo principal de visión como se daba en el arte de siglos anteriores. La siguiente idea, que Arturo Ardao refiere esencialmente al espacio científico y filosófico de la Era Espacial, puede adscribirse también al arte, y a éste de Machado claramente. Dice el filósofo que la gran novedad ontológica para la vida, la psiquis y la evolución de la materia reside en que “estallan las estructuras esféricas buscando nuevo equilibrio en otros círculos espaciales”.

En nuestro artista se agregan además otros afanes. La búsqueda de transparencia –en sentido físico y espiritual- entre ellos, lo que comparte en distintos matices con numerosos creadores venezolanos.

Aligerar
Si para ir al espacio sideral verdadero no necesariamente son leves las astronaves sino potentes sus propulsores, para ir al espacio y lo espacial en el arte una levedad material es requerida: aquí un ir alto sí exige un ser leve.

Machado parece estar cada vez más decidido a crear un arte desmaterializado, pero sin dejar de trabajar con sus manos sobre la materia, pues no se trata en su caso de la desmaterialización tecnológica que ofrecen hoy a los artistas el video o la imagen virtual. Así es posible notar, por ejemplo, frente a la instalación “Colisión” -con sus cinco metros de red extendida y colgante desde el cielorraso- las sugerencias a la materia gaseosa de alguna nebulosa y, a la vez, el nivel de detalle artesanal que ha debido desplegar el artista para convencer al ojo humano, precisamente, de esa gaseosa imprecisión. Cabe recordar que muchos creadores contemporáneos, aun aquellos que hacen énfasis en la preeminencia de la idea en su búsqueda de una obra casi inmaterial, requieren del progresivo dominio de la dimensión física y del tacto sutil en su trato con ella.

Machado se enfrenta en todo caso al difícil problema de lo inaprensible. Ya en los años noventa había comenzado a neutralizar la fuerza volumétrica de las duras superficies de cemento de sus Esferas, haciéndolas en suaves grises para atenuar su consistencia objetual, aligerando (para entonces por la de-coloración) la rotunda presencia de esculturas como piedras lunares caídas en los jardines. Su camino al despojamiento se fue profundizando luego en este nuevo siglo, en el afán por alcanzar al espacio mismo.

Aunque la transparencia es ardua (técnica, metafórica y espiritualmente) Machado la busca -la simula, la produce- cada vez con mayor claridad y temple anímico, mientras aligera sus recursos hasta la iridiscencia fugaz de la lentejuela. La transparencia en él no es recorrido metafísico hacia la nada, sino modo de abordar el universo a través de lo que hace la mano… tejiendo estrechamente lo de un espacio y lo del otro, y haciendo surgir -en ese tránsito de ida y vuelta entre arte y mundo- el aura de la obra, esa zona tangible e intangible en que se reúnen la mayor cercanía y la mayor lejanía, como hiciera ver Walter Benjamin penetrantemente.

Oscar Machado ha ido pasando desde lo térreo hasta el aire, de la obra cerrada a la obra abierta, de lo pesado a lo alígero, y desde la opacidad hasta esta transparencia con la que ahora parece querer envolvernos.

1. Arturo Ardao. Espacio e inteligencia. Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar. Caracas, s/f. Pág. 113


2. Oscar Machado, en correspondencia dirigida a María Elena Ramos, 26-05-08.


3.Otero unió las pasiones que desde niño le animaron hacia el cielo estrellado y la extensión planetaria, con sus estudios en el Massachusetts Institute of Technology, MIT, donde a inicios de los años 70 compartió con diseñadores de naves espaciales.


4.Arturo Ardao. Obra citada. Pág. 115


5.En 1988 realicé la curaduría de la exposición “La imaginación de la transparencia” (Museo de Bellas Artes, Caracas) en la que puse énfasis en la reiterada atención que muchos creadores venezolanos han dado, en distintas épocas, a una espacialidad leve en la constitución de sus imágenes. Fueron presentadas 83 obras de tendencias y géneros muy variados, que o bien permitían ver literalmente a su través en estructuras abiertas, o que materializaban preponderantemente aspectos afines como el brillo, la luminosidad, la cristalinidad y el reflejo, dejando ver, de muy distintas maneras, un espíritu de ligereza, de apertura visual y consistencia “aérea” frecuente en los creadores plásticos del país.


6. Cabe recordar que ya desde los años 70 Machado utilizaba lentejuelas, recubriendo piedras que le recordaban el brillo sobre las rocas húmedas en el atardecer marino. Pero para entonces se trataba aún de formas volumétricas y de sus espejeantes superficies, mientras ahora la lentejuela liberada hace más perceptible la condición lábil del destello en las redes abiertas. Lentejuela y destello colaboran, más aún, a conformar la obra en lo que ella tiene precisamente de abierta.

María Elena Ramos (Mayo/Junio 2008)

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