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Oswaldo Trejo perdido en el océano

Oswaldo Trejo (1924-1996) fue uno de los que pudo disfrutar de la breve apertura de la crítica literaria en las décadas de 1960 y 1970, pero a la larga su destino ha sido el mismo que el de los que no pudieron disfrutarla: el silencio. Su memoria se conserva apenas en los cofres arcanos de las escuelas de letras, y el gran público lo ignora. Es muy difícil conseguir información sobre su vida. Yo lo traté cotidianamente entre 197l y 1974, cuando ambos trabajábamos en la Dirección de Política Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde él era Ministro Consejero, Sub-director a cargo de las relaciones bilaterales, y yo era Primer Secretario en el Departamento de asuntos interamericanos, ambos en la Dirección de Política Internacional. El hecho de ser escritores nos acercó mucho y nos permitió hacernos amigos. Luego nos veíamos con alguna frecuencia en Sabana Grande, en torno al Gran Café, y a veces conversábamos de todo y para todo. Sé que nació en Ejido, a un paso de Mérida, en 1924. Murió, tal como Mariano Picón Salas, en Caracas y de noche. En una noche entre dos años, 1996 y 1997. Antes de encontrarnos en la Cancillería lo conocí en 1956, en aquellos tiempos en que unos jóvenes, entre ellos María Antonia Frías, Beatriz Gerbasi, María Elena Coronil, Alonso Palacios, Antonio Padrón, yo y otros soñadores, nos reuníamos a oír música clásica y a hablar de literatura o de pintura o de filosofía, casi siempre en la casa de los Frías, en El Rosal. Pared por medio, se reunía el grupo de intelectuales y artistas que presidía Antonia Palacios, la madre de María Antonia, y uno de ellos era Oswaldo. Cuando nos vimos de nuevo, a comienzos de 1971, al regresar yo a Caracas después de haber pasado cuatro años en Argentina y tres en Dinamarca, me reconoció en el acto, y recordó que desde adolescente yo había tenido vocación de escritor. Oswaldo ya era un narrador consagrado. Para muchos, Andén lejano (cuyo título proviene de una frase de Antonia) era su obra más importante, pero seguía en una búsqueda que lo llevó a un experimentalismo que muchos califican de estéril. Cuando dirigía los talleres del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), llamó a Antonia para que dirigiera uno de narrativa, y de allí nació, en la casa de la escritora, “Calicanto”, taller y movimiento en el que desde entonces participó Trejo. Hasta el fin de sus días. Había entrado a la Cancillería en 1958 como Secretario de embajada en Colombia, y luego, en el Servicio Interno, fue el jefe de la diplomacia bilateral en la Dirección de Política Exterior, y lo hacía con gran profesionalismo. Era, además de muy culto, un gran conversador. En nuestros días cancillerescos hicimos ambos un experimento, el de escribir algo a partir de un expediente judicial que recibimos de Colombia. Se trataba de la matanza de los indios cuhibas, y de allí salieron su novela Textos de un texto con Teresas y varios fragmentos de algunas de mis novelas, especialmente de El arca de Daniel. Oswaldo era negado para las matemáticas, y cuando quiso que sus Teresas se reprodujeran no encontraba cómo. Me pidió que lo ayudara. Era una simple progresión aritmética y se la hice, y para mi gran sorpresa, la publicó tal como se la escribí, de modo que en su novela hay una página o dos que son mías. Siempre hablaba de su “tía Josefita”, que en realidad era un personaje de Mariano Picón Salas, y de tres tías solteronas que llamaba “las Trejo Díaz”. Y, por desgracia, también de él se puede decir que al morir no pasó nada. Publicaron una breve noticia, quizás con foto. Pero más nada. Venezuela no quiere conciencia. Esa es otra de las consecuencias de la corrupción petrolera. Tristemente, hasta podría afirmarse que sólo lo lloraron los habitués del Gran Café, en Sabana Grande.

Su obra comprende los libros de cuentos Los cuatro pies (1948), Escuchando al idiota (1949), Cuentos de la primera esquina (1952), Aspasia tiene nombre de corneta (1953), Depósito de seres (1966), así como las novelas También los hombres son ciudades (1962) Andén lejano (1967). Textos de un texto con Teresa (1975), Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo (1980), Metástasis del verbo (1990) y Mientras octubre afuera (1996)
De él dice Miliani: Oswaldo Trejo (1928) vino también de Mérida, (como) Márquez Salas. Traía una melancólica forma de añorar magias de montañas y nieblas para extraerles una historia y lanzarla contra un discurso, por el final o el comienzo, en un malabarismo técnico sostenido a través de libros como Los cuatro pies (1948), Escuchando al idiota (1952), Cuentos de la primera esquina (1952) -uno de sus más bellos libros-, Aspasia tenía nombre de corneta (1953). De un surrealismo bien incorporado, llega al relato de penetración psicológica en Depósito de seres (1965) hasta llegar a una decantada maestría en la novela También los hombres son ciudades (1965). Luego ha emprendido, con muy relativo éxito el camino experimental: Andén lejano (1968).

Sin duda que el afán de Trejo de experimentar lo alejó de sus posibles lectores. Lo que no significa que no haya tenido logros importantísimos en su escritura que debería revisarse con muchísima atención.
Julio Ortega escribió sobre él lo siguiente: La obra narrativa de Oswaldo Trejo (Mérida, 1924) configura, después de medio siglo de exploraciones, una suerte de tercera orilla del idioma literario latinoamericano. Ocurre al margen y de modo procesal, recomenzando, inconclusiva; fiel a su radicalismo, ensaya sin concesiones rutas tan rigurosas como imaginativas, tan laboriosas como humorísticas. Por lo mismo, se trata de un margen virtual, promediado entre las tendencias narrativas más fluidas y concurridas. Este casi secreto territorio se caracteriza por sus puentes salvados, paisaje del recomienzo, y foresta simbólica de clave lúdica. Solitaria, esta obra se sitúa, sin embargo, en el escenario del cambio literario desencadenado por las rupturas del gran modernismo (Joyce, Proust), las exploraciones de la vanguardia y la puesta en crisis de la representación promovida por el abstraccionismo. En ese sistema literario de por si asistemático, el proyecto de Trejo es una versión marginal e irónica del repertorio rupturista. Pero preside, a su modo libre, el proceso constitutivo de un narrar postmoderno venezolano, dentro del correlato exploratorio del desnarrar hispanoamericano promovido por el “boom” de la narrativa de los años 60 y 70. Dialogando paródicamente con sus precursores, a los que en vez de inventarlos puntualmente refuta (con gesto inculcado por Duchamp); Trejo se adelanta a las cristalizaciones de la novela latinoamericana con la pulsión poética de su obra maestra, Andén lejano, y aunque su proyecto a veces parece hermético y hasta abstruso, dada su voluntad de dejarlo todo al proceso aleatorio de la escritura, no hay duda de que la fuerza de su empresa apuntala y reformula la variante venezolana del gesto fundador: empezar todo de nuevo en cada texto, reinventar el relato de lo nuevo. Tanto, que se podría asegurar que el relato característico de esta narrativa venezolana seria aquel en que un novelista empieza a escribir su primera novela sobre un mundo joven en una ciudad reciente y con un lenguaje nuevo. En estos escritores y exploradores no sólo la literatura recomienza, también América Latina vuelve a empezar.
Es una opinión que hay que tomar muy en cuenta a la hora de evaluar la obra de Trejo.

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