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Otilio Galíndez

Otilio Galíndez viene de la región de Venezuela cargada de un mayor hechizo y de la más poderosa fuerza mágica: Uadabacoa, esto es el nombre primigenio del viejo Yaracuy, que se tiende sobre sus dos valles sembrados de pequeñas aldehuelas, solitarios caseríos y soñolientos villorrios, entre serrijones, picachos y arroyuelos. Con sus pequeñas iglesias de sonoros campanarios y altas espadañas blancas. En esos valles vivían los jirajaras y los caquetíos, hijos que los caribes fueron dejando a su paso hacia las tierras de occidente. Nicolás Federmann, el conquistador alemán de la barba roja, atravesó esas tierras en el año de 1513 con un ejército de 150 hombres, fue él quien llamó a esa región “el valle de las damas” porqué allí vio sonreír a las mujeres más bellas, entonces registró en su diario de viajes en alemán esa expresión, como una traducción literal de la palabra “bararira” con la cual los nativos denominaban esa región. Ahí mismo, los españoles fundaron a Nirgua que se llamó originalmente “Nuestra Señora de las Victorias del Prado de Talavera”, un nombre que es por si solo todo un poema. Así es el Yaracuy, una región cargada con una atmósfera de inquietante misterio, un juego entre lo bello y lo real, que no puede prescindir de historias y leyendas: de María Lionza, completamente desnuda, con su larga cabellera de azabache y sus ojos verdes y enigmáticos; del sambo Andresote, con su inmenso torso de bronce, desaparecido con los primeros rayos de luz en una aurora de libertad; y de Faustino Parra, quien según el decir de los más viejos tenía todo negro, hasta la mala intención. También por allí pasó con su corte de abalorios el Rey Miguel de Minas de Buría, que constituye con los dos antes nombrados el tercer negro de la baraja yaracuyana.

Otilio Galíndez, nacido en Yaritagua el 13 de diciembre de 1935, es el más celebrado de los compositores de la región y el que ha tenido mayor aceptación a nivel nacional e internacional. Se le puede conceptuar como el más firme exponente de los nuevos músicos venezolanos, de esa generación muy creativa que esta siempre a la búsqueda de una nueva expresión, que arranca de los elementos propios que genera la emoción local. No obstante, ellos no quieren quedarse en eso solamente y parten con decisión al encuentro de sonidos y realidades diferentes- a veces tomadas en lugares muy distantes, otras a un costado de su propio mundo- pero sin lugar a dudas, lo que ellos persiguen es un modo de expresión que se pone de manifiesto como la modernidad de lo tradicional.

Galíndez es el creador de una música fina, que juega con el secreto de la palabra y la energía envolvente de los ritmos. Sus piezas tienen casi siempre una sutil intención social, es el poeta que clama por quienes están tristes, por los niños indefensos y por los pobres. Recordemos, por ejemplo, la melancólica canción Pueblos tristes. Siente también un profundo amor por la navidad, con toda la contagiosa alegría que encierra esta festividad religiosa. Por esa razón gran parte de su mundo musical se ubica en el mes de diciembre, al lado de los aguinaldos y parrandas: Luna decembrina, El Niño Jesús de ahora, Pentagrama navideño, El poncho andino, Dime si es pascua, Ya María, y De Belén campanas.

Otilio Galíndez tiene una nueva forma de decir la música tradicional venezolana. Recoge la poesía de las cosas sencillas y la vuelca sobre emotivas melodías cargadas de nostalgia y de tristeza. Un buen ejemplo es su canción de cuna Mi tripón o su canción infantil El niño y la sombra. Igualmente, la serenata De madrugada y la tonada Flor de mayo. Pero, también la raíz folclórica de su música aflora en composiciones de alegres ritmos sincopados, con cortes, paradas y contratiempos, son sus danzas y merengues, como De una tarde al alba, Suelo buscarte, Es la primavera, Mi bella dama, y El Bongocito. Así mismo, el merengue oriental Vienes cual luna, el merengue Mariana y la parranda oriental ¡Vaya un pecado!

Finalmente, en lo personal, lo que más me gusta de este notable músico es que siempre se presenta, en cualquier ocasión, en actitud poética, que no es otra cosa que la búsqueda del equilibrio entre lo real y lo bello. Esto lo logra usualmente en sus valses, muchos de ellos de neta inspiración yaracuyana: Ahora, Son Chispitas, Candelaria, En silencio, Sin tu mirada, Allá en la tierra.

En ocasión de su muerte, acaecida el 13 de junio de 2009, Alberto Hernández, uno de los poetas guariqueños de más elevado espíritu, escribió sobre su arte el siguiente texto, que refleja de todo corazón lo que sentimos los amigos de Otilio al escuchar su música:
“La música de Otilio nos descubre, nos hace evidentes por lo complejo de su sencillez, por la poesía que contiene y seduce. La tierra y su gente, los pequeños milagros, la lluvia y el sol, los ríos y los pájaros que pueblan árboles gigantes, la mata frutal que revienta a diario en un patio, el niño que nos mira desde su inocencia y hambres, la muchacha que pila las ilusiones, el hombre bajo un sombrero y en cuyos ojos lleva a una dama. La dulzura de su trabajo artístico, sin dejar de lado el compromiso con él mismo y con su mundo, nos mantienen en constante avidez por saber qué otras creaciones nos entregará, porque este señor siempre está inventando, tanto es así que en este momento tiene entre las cejas el tempo y la armonía de una obra que está a punto de brotar en colores, alegrías, ensueños y pasiones, sólo posibles en alguien que jamás ha olvidado su origen. Se marcha Otilio cargado de afectos, de amores regados por el mundo. Nos deja uno de los legados más hermosos que hombre alguno haya creado: sus canciones, su bondad, su inteligencia, sus bromas, su bohemia que tanto hicimos nuestra en su casa y en todas partes”.

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