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Pedagogía de la liberación

(%=Image(9536442 ,»L»)%) A diez años del fallecimiento de Paulo Freire, el autor de La Educación como Práctica de la Libertad, Pedagogía del Oprimido y Pedagogía de la Esperanza —textos indispensables para entender los debates en torno a la educación latinoamericana en las últimas décadas— conviene repensar su ideario en torno a la autonomía, la democracia, el respeto mutuo y sobre todo la transformación social en el marco de los cambios en nuestros sistemas educativos. Al respecto, detengámonos un instante en la reciente entrevista que hiciera Rosa María Torres, pedagoga ecuatoriana, ex Ministra de Educación del Ecuador, al pedagogo brasileño Frei Betto, compañero de Paulo Freire.

Para Betto las reformas, los cambios educativos de la región enfatizan demasiado en las nuevas tecnologías, en la educación tecnocientífica, restringiendo el espacio de los paradigmas, los valores, la ética. Como decir, si todo proyecto ético ha de sustentarse en la libertad, con mayor razón el proyecto educativo ha de fincarse en los valores de la libertad, la justicia, la equidad. Es ahí donde Betto advierte el verdadero desafío de la educación popular: “Conseguir organizar a la sociedad civil, sobre todo los sectores populares, y movilizarla en función de otro mundo posible”.

Frei Betto no teme en afirmar que “no habría la actual primavera democrática en América Latina sin Paulo Freire. Lula, Hugo Chávez y Evo Morales se explican también gracias a su metodología. Fue quien inculcó la autoestima en los oprimidos, enseñando que no hay nadie más culto que otro, sino que hay culturas distintas y socialmente complementarias”.

Considera que es preciso a partir del método de Paulo Freire rescatar la pedagogía del oprimido, intensificando el trabajo de base, la educación política de trabajadores, estudiantes, amas de casa, es decir, favoreciendo el empoderamiento popular de la sociedad civil, el que dará legitimidad y estabilidad a los gobiernos populares. Categóricamente sostiene que la pedagogía de la liberación es más necesaria y urgente que nunca y que de no adoptarla, los gobiernos corren el riesgo de quedarse sin bases populares.

Definitivamente, la educación así entendida debe ayudar a construir el futuro de nuestra sociedad, poniéndose al servicio de las fuerzas que respondan por el nuevo orden social. Dentro de los parámetros de liberación y vinculación con la praxis revolucionaria liberadora de un auténtico humanismo, nuestra educación debe estar en condiciones de encontrarse consigo a partir de una desinidvidualización o cocreación social a través de una efectiva cooperación liderizadora. Nuestra educación, en aras de un retorno del sujeto y de un sinérgico colectivo, ha de decidir entre perpetuar la neurosis social colectiva o explorar lo posible a la medida de un frente social consciente de sí mismo en concomitancia con una real praxis liberadora. Es ahí donde la visión del mundo de Paulo Freire se transforma en postulado impostergable para la militancia histórica del magisterio nacional y latinoamericano.

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